domingo, 17 de agosto de 2008

La vida en unos segundos...



En esta oportunidad haré una excepción a toda regla y compartiré con todos vosotros un hecho que, por suerte, y porque el destino así lo quiso, puedo contarlo.

Resulta que uno siempre piensa que es inmune a ciertas cosas, quizás es algo que creemos porque somos poco obstinados por naturaleza y, como un dicho bíblico así lo atestigua, "Dios nos creó a su imagen y semejanza". ¿Será por esto que siempre que vemos algún trágico desenlace en la televisión, por inercia pensamos "a mí no me va a pasar"?

Pues, hasta hace muy poco yo pensaba de igual modo. Y sí, he dicho "hasta hace muy poco", porque este verano tuve la dicha de presenciar en primera persona estos vuelcos de la vida. Primero, hace dos meses. Me alquilo un bote, a 10 euros la hora, para dar un paseo por la costa mediterránea junto a mi familia y cuando nos habíamos alejado lo suficiente de la orilla, vemos a tan solo unos metros de distancia, a un hombre que se estaba ahogando y gritaba, como podréis imaginar: "¡Socorro, me ahogo!"

Allí salimos dando pedal - el bote en el que íbamos mi tío y yo era a pedal - a evitar que aquel pobre hombre, ya en sus cincuenta pasados, se ahogara. Ahora bien, fueron momentos de mucha tensión porque el caballero estaba muy alterado, pero por suerte logró subirse al bote y lo llevamos a la orilla. Según comentó cuando le sacamos del agua, se había ido a lo hondo y de repente se percató de que no daba pie y le entró un calambre muscular. Lo triste del caso es que, habiendo tanta gente como había en ese momento, nadie se hubiera dado cuenta de aquello y, lo que es aún peor de toda la situación, es que los salvavidas ni siquiera dieran señal de vida ni acto de presencia. ¿Os imagináis lo que hubiera ocurrido de no haber estado allí presente en ese momento? Ese señor aún debe estar dándole gracias a Dios - o al destino - de que justo se nos hubiera ocurrido pasar por allí.

Ahora bien, cambiando drásticamente de rumbo, esta misma tarde, en mi camino hacia Andorra, en la rotonda del pueblo donde vivo, un coche con matrícula francesa nos dio de lleno por detrás. Mi padre, que conducía el automóvil en el que además iban mis dos hermanos, mi madre y yo, había decidido hacer caso a la señal y paró en la rotonda para que los otros coches, que tenían preferencia, siguieran el curso normal de su trayecto. Pues, cuando frenamos el coche, el señor que venía detrás nuestro, también acompañado de quien presumo eran sus cuatro hijos, lo hacía con tanta prisa que nos embistió de tal forma que mis pulmones dieron un ligero revés y juraría que por unos instantes perdía el aire. El impacto, que destrozó el maletero, arrastró el coche unos cinco o seis metros, además de que nos provocó una serie de moratones que, por suerte, no pasó a mayores.

El entendimiento con este señor, que no hablaba ni inglés ni español - ni nosotros francés - fue caótico. Al principio, se oían sus maldiciones, su enfado y su incomprensión. Lo cierto es que, con policías y un seguro de por medio, se llegó a un acuerdo, luego de más de media hora, y cada uno siguió su camino. La bronca de nosotros, como podréis deducir, era incluso mucho peor. Mis padres, que iban adelante, no sintieron al 100% el estruendo que provocó el choque. Debo aclarar que no es la primera vez que sufro un posible siniestro en carreteras, ya que hace nueve años impactamos contra un galgo en medio de la ruta. Ahora, habida cuenta de la curva peligrosa, donde como las flores y las ofrendas lo demuestran, mueren anualmente varias personas, no puedo más que estar agradecido de poder contarlo con letras y, obviando alguna herida pasajera y el susto que aún mantengo, estoy - estamos - bien y, lo más importante de todo, ¡vivos!

Son estos sucesos los que te hacen valorar la vida a cada instante, porque nunca se sabe cuando ésta se pueda escapar en un respiro, en un suspiro, en el agua, en el aire o, como en este último caso, en la carretera.

  • Mi consejo: Llevar cinturón de seguridad, por favor. Es cierto que yo soy de esos que si pueden prescindir de él mejor, pero su uso es fundamental. Curiosamente hoy tuve la ocurrencia de llevarlo ajustado al salir de casa.

5 comentarios:

Thor dijo...

Estando de acuerdo con las cosas que dices, yo me atreveré a ir un poco más allá: Ni mucho menos estamos hechos de la misma materia que los dioses particulares de cada uno y, como bien dices, todos estamos expuestos a sufrir accidentes, ya sea al volante o en cualquier otro lugar. Yo mismo he sufrido accidentes (concretamente un alcance como el que relatas que me tuvo más de un mes de baja por "latigazo cervical"), e incluso así, tengo que dar las gracias (mi ateismo no me permite dárselas a Dios, así que se las daré a la "suerte") de no haber sufrido nada peor.
Sin embargo, en cuanto a conducir, siempre tengo que hablar como el replicante Roy: "Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. He visto adelantar camiones en cambio de rasante. He visto coches en llamas estrellados contra la mediana de la autovía..." Sin cachondeo. En veinte años que llevo conduciendo he visto de todo, y casi siempre los desastres están producidos por la inconsciencia de los conductores.
Buen consejo ese que das sobre el cinturón. Yo añadiré: velocidad moderada. No se es mejor conductor por circular más rápido, sino al contrario. Si la señal de tráfico dice 80, esa es la velocidad ideal. Además, ahorra uno mucho dinero en gasolina y multas. No conducir ni con dos copas ni con una. El alcohol y el coche son totalmente incompatibles, y el que diga "yo controlo" podéis estar seguro que lo único que controla es su propia estupidez.

Saludos y, en este caso, un recuerdo a Luis, al que la carretera la ha robado un amigo.

Manuel Trujillo Berges dijo...

Me alegro de que todo quedase en un susto, Gus...

Un abrazo,

cucoalmeria dijo...

Saludos, gracias por tu visita. Muy bonito Andorra y tu pueblo no será puigcerda. Es precioso. Saludos y nos iremos viendo.

www.cucoalmeria.net

Santi dijo...

Vaya dos sustos, menos mal que se quedaron en eso... Un abrazo.

Morza dijo...

Pues menos mal que no paso nada. Y la verdad es que tu accidente es el mejor ejemplo del peligro de la carretera: depende de que los demás conduzcan bien, no sólo de ti mismo.

Yo no he conducido nunca y ni siquiera he vivivo veinte años pero he visto hacer unas cosas al volante que si que dan miedo. Gente borracha o drogada no sólo conduciendo si no que directamente haciendo carreras a la entrada de los pueblos, trompos de todo tipo, idiotas que se han roto los brazos por querer saltar pequeños barrancos con motos de competición (ilegales por otro parte)... En fin, un verdadero asco ser de mi generación y ya varios amigos han pagado caro tanto puto coche.