martes, 16 de febrero de 2010

Estupefacto

Hablaba del tiempo con mi amiga Zuléima, una encantadora chica nicaragüense, siempre con una sonrisa en la boca, ¿A que soy original?

El caso es que comentábamos los efectos del último temporal, la madera derribada en los montes y aún sin recoger, las líneas eléctricas a medio reparar y estas cosas, cuando le dije que en su tierra estaban servidos de líos, con los terremotos, los huracanes, la guerra.

Bueno, de la guerra te defiendes, me dijo con toda tranquilidad. No os podéis imaginar la cara de pasmo que me quedó. Quizá porque soy muy fatalista y los desastres naturales los veo como algo inevitable de lo que no te puedes preocupar, ya que no tienes ningún control sobre ellos. Pero la guerra, algo perfectamente evitable en casi todos los casos, tiendo a considerarla como un horror de primera división.

Me temo que desde este lado del charco no nos damos cuenta del calvario que han pasado algunos de estos países para considerar la guerra como un mal menor, al lado de otras cosas que son inevitables. Porque ella me lo decía en el mismo tono con el que comentábamos si llovía o hacía sol, con la tranquilidad de quien no considera la guerra como algo excepcional, sino como una parte del paisaje. Esto puede ser fruto de su edad, se tuvo que comer la revolución sandinista, la contra y la recontra, con las alegrías que podéis suponer. O no. Creo que no las podemos suponer. Sobre todo cuando empecé a pensar que las cicatrices que tiene en los brazos no son de un accidente en moto, sino fruto de esta guerra que con tanta tranquilidad recordaba. La verdad es que no me atreví a preguntárselo.

1 comentario:

Góngora dijo...

La guerra...es el cáncer de la humanidad, una lacra que siempre busca justificación en una u otra causa, a favor o en contra de una ideología.

Ya decía Shakespeare, hacia 1605, en pleno Renacimiento, y en concreto en su obra Rey Lear: "tendemos a culpar a los astros de nuestra desgracia como si fuésemos malos por necesidad".