jueves, 25 de febrero de 2010

Olas

Me pareció que la ola no era tan grande.

Por eso no le di importancia y seguí recogiendo percebes. Pero cuando me quise dar cuenta, estaba en el agua. Aislado en los acantilados de Mera, no tenía quien me echara un cabo, nunca mejor dicho. La succión del mar en retirada me había llevado lejos de las rocas, lo que en principio me había salvado la vida. Pero esto no duraría mucho si dejaba que la siguiente ola me estampara contra ellas. Sabía lo suficiente del mar como para no ignorar que la mayor parte de las muertes de los percebeiros no se deben a ahogamientos, sino a los golpes que la marejada te da contra las piedras. Tanto si son profesionales como furtivos en busca de unos euros.

Así que intenté nadar alejándome de la costa, luchando a la vez por desprenderme de las botas, que llenas de agua tiraban de mí hacia el fondo y dificultaban enormemente mis precarios intentos de mantenerme a flote. Pataleé furiosamente para sacármelas y en cuanto lo logré, nadé desesperado mientras me arrancaba el chubasquero. La siguiente de las Tres Marías me levantó en su enorme mole de agua e intenté avanzar hacia su cresta, solo sí conseguía atravesarla evitaría ser arrastrado por ella. Al pasar por dentro de la montaña de espuma, con la cabeza funcionando a cien, no podía dejar de pensar si ésta era la tercera o si detrás vendría su hermana.

Estas inmensas olas de mar de fondo suelen venir de tres en tres.

Aproveché el punto más alto del monstruo salado para echar una mirada entre la espuma que me cegaba. Murphy tiene razón. Detrás venía su compañera, amenazando con las huellas de su paso por los arrecifes. Estaba cansado, la forma física hacía tiempo que era un recuerdo y el frío me cortaba la respiración mientras nadaba intentando alejarme de las rocas y acercándome a la parca en forma de onda. Tenía que pasar por encima.

Si lo conseguía, habría un período de calma relativa antes de que se volvieran a formar las olas de fondo. Después sólo tendría que luchar contra la hipotermia y sesgar por la costa hasta encontrar un sitio por donde subir a tierra. Si lo conseguía.

No lo conseguí.

Los cientos de toneladas de agua me envolvieron antes de que pudiera superarla y me llevaron ensordecido por su rugido contra las rocas. Es curioso lo despacio que parece que pasa el tiempo en esos momentos, las cosas suceden en cámara lenta. Así, pude ver en primer plano cómo el agua se retiraba para dejar sitio a la ola que venía, fijarme en los pequeños mejillones adheridos a las peñas, en los percebes que iba a buscar, en las algas lacrimosas, justo antes de que la ola me matara contra ellas.

Por favor, decirles que me saquen de aquí, no sabía que el infierno era tan húmedo.

2 comentarios:

Góngora dijo...

Vaya. Perdona la indiscreción pero, ¿es realidad o ficción? Al leerlo me dio pánico, no me imagino lo duro que debe ser vivirlo en primera persona.

Ensada dijo...

Es ficción, ya le puse la etiqueta de relatos, todavía estoy vivo XD

Claro que para otros ha sido realidad, tan dura como las rocas, repetida casi todos los años. Cadáveres perdidos en el mar incluidos, por aquí la costa es muy traidora, no en vano se llama Costa da Morte.