domingo, 28 de febrero de 2010

Pescando

El motor Perkins del racú nos adormecía con su rítmico golpeteo mientras nos dirigíamos a media máquina hacia las planchas de Ares. Eramos tres en el pequeño barquito de madera, los de siempre, que pretendíamos largar unos trasmallos en nuestros caladeros habituales de la boca de la ría. Paco aprovechaba para llevar un par de curricanes danzando en la estela, que eran completamente inútiles a la velocidad a la que avanzábamos, pero que siempre dejaba flotar a popa al grito de «nunca se sabe». En su descargo hay que admitir que a veces habíamos matado algún róbalo grande, de estos que se vendían en los restaurantes a muy buen precio.

Nuestro barco pertenecía a lo que la administración llama «flota artesanal», que flotar, flotaba, y artesanos eramos, aunque solo fuera en artes de pesca. Y en el arte de la supervivencia de nuestras familias, que vivían de lo que malamente pescábamos; sobre todo en invierno, en el que a la mala mar se unía la falta de peixe. Lo que no impedía que siguiéramos intentándolo todos los días en que el mar y la Consellería de Pesca nos lo permitía.

Al llegar al sitio en que Manolo, el patrón, juzgó conveniente, largamos el aparejo para dejarlo fondeado por los plomos que lleva en su parte inferior, mientras que los corchos de la superior lo mantenían flotando entre dos aguas. Nuestra intención era dejarlo calado y dirigirnos hacia donde habíamos dejado fondeadas unas nasas unos días atrás, ya que los trasmallos funcionan siguiendo el principio de liar en sus finos hilos al pescado y marisco que tuviera la mala suerte de pasar por allí. Muchas esperanzas en las nasas no teníamos, sobre todo porque el temporal nos había impedido salir y el mar de fondo las habría envuelto y retorcido, así que ya esperábamos que al voltearse hubieran dejado escapar el marisco que teóricamente hubieran podido pescar. Aunque podríamos darnos cun canto nos dentes si no se hubiera roto la mayor parte. Desde hacía unos años ya no usábamos las tradicionales nasas de madera y red, sino las nuevas de plástico que se abren por la mitad y que tan cómodas son para cebarlas y retirar lo que pescan, pero que si se rompen no tienen arreglo.

Así que dejamos la red bien estirada y pusimos proa hacia las nasas, que muy lejos no estaban, buscando la enfilada que nos permitiera encontrar la botella vacía de lejía que flotaba marcando el sitio. Esto de dejar una pequeña botella de plástico es un truco para encontrar los lugares de fondeo de las artes y para evitar que una boya mayor pueda ser avistada por otro barco. Porque como la vieran, seguro que te limpiaban el marisco, según la costumbre habitual entre nuestros queridos compañeros de pesca, que no tenían escrúpulo alguno en levantar las nasas de los demás. Claro que nosotros tampoco, para qué vamos a mentir. De punta a punta. Pero esta vez la puñetera botella no aparecía, el temporal la debía haber arrancado del cabo que la unía con la cuerda principal. Esto no es mucho problema, siempre puedes localizar el sitio por las enfiladas que has tomado de la costa, pero te obliga a arrastrar un gancho por el fondo hasta enlazar las nasas y a subirlas por donde sea que las hayas cogido.

En vista del éxito, nos dispusimos a hacer esto mismo y largamos por la borda un cabo con un rizón que ya teníamos preparado desde siempre en el barco. Dimos avance poco hasta notar cómo se enganchaba y a pulso nos pusimos a subirlas a bordo. A intentarlo, más bien, porque pesaban como un muerto. Mucha pesca tenían que tener para que pesaran tanto. Demasiado. No podían ser nuestras nasas, teníamos que haber enganchado otra cosa. No eramos capaces de subirlas a mano, así que le dimos una vuelta al cabo en el maquinillo y empezamos a halar lo que venía, con el escalofrío que siempre te pasa por la espalda en estos casos. Puede ser que estés subiendo los restos de un compañero perdido, la ría guarda más de uno y de dos. Aunque estos suelen pesar bastante menos, a no ser que sean recientes, y ya hacía un par de meses que había desaparecido el último y en ese tiempo es raro que el mar deje algo más que los huesos. Las centollas y las nécoras también tienen que comer.

Tiramos, tiramos y en esto surgió el cabo que enganchaba, un completo lío de cuerdas, redes viejas y algas, que estuvimos a punto de cortar y devolver al fondo, cuando el primer fardo apareció flotando, envuelto en tela de saco con dos cruces rojas por marca. La superficie aparecía llena de mejillones, lapas y otros bichitos marinos, por lo que nos fue fácil deducir que llevaba tiempo fondeado. Lo que no tuvimos que deducir fue su contenido, hace mucho que ya no entra tabaco de contrabando, así que solo podía ser droga. Cocaína, hachís, algo de eso. Veneno empaquetado bajo tres capas de material aislante para protegerlo del agua salada, mucha miseria ensacada, mucho dinero para cualquiera.

Me gustaría decir que fue la honradez acrisolada lo que movió nuestros actos, pero no quiero ponernos medallas que no nos corresponden. Aunque la antigüedad del saco nos indicaba que los contrabandistas debían haberlo dado por perdido, intentar venderlo sería como poner un anuncio en La Voz de Galicia, sus dueños se enterarían inmediatamente porque en esos mundos las noticias vuelan a mayor velocidad que la luz. Sin contar con que si te pillaba la policía, al juez le iba dar igual que te los hubieras encontrado o los hubieras traído personalmente de Colombia, de la condena por delito contra la salud pública no te iba a librar ni a Virxe do Carme.

Así que con el hormigueo de los muchos millones que podían valer, de lo que podíamos hacer con ellos, de los chalets, los Mercedes y las vacaciones en las Seychelles, abrimos el canal de emergencia y llamamos a la patrullera de la Guardia Civil del Mar, buena gente mientras que no se te ocurriera llevar mallas antirreglamentarias o pescar con dinamita, a la vez que atábamos una boya con banderita y todo, para que no se perdiera la localización del alijo. Mientras veíamos llegar la potente embarcación verde, de proa afilada como un cuchillo, construíamos castillos en el aire con los millones de euros que flotaban apenas a un metro del costado.

La benemérita se portó muy bien con nosotros, después de felicitarnos y agradecernos el aviso. Incluso nos perdonaron algún pecadillo pretérito y nos dijeron que nos iban a proponer para una medalla. El patrón les dijo muy finamente que no nos tocaran los cojones, que a ver si aún nos íbamos a meter en algún lío con los legítimos dueños y que disimularan en lo posible nuestra participación en el asunto, cosa complicada porque toda la frecuencia debía haber escuchado el mensaje. Tuvimos que ir a declarar a la Comandancia de La Coruña, donde nos dijeron que el contenido de los cuatro sacos que al final rescataron era coca, posible parte de un alijo que habían interceptado el año pasado. Fardos de 30 kilos, en su mayor parte arruinados por el tiempo pasado sumergidos. Claro que eso a nosotros nos dio igual, lo único que queríamos es que nos dejaran en paz y poder volver a salir en busca de las cuatro sardinas que nos dieran de comer.

Que somos pobres, pero honrados. Las desgracias nunca vienen solas.

2 comentarios:

Góngora dijo...

Sólo tengo una palabra: ¡Brillante! Me he sentido como si estuviera viéndolo. El poder de la narrativa y los recursos utilizados son exquisitos y el argumento me ha conmovido. Enhorabuena.

Ensada dijo...

Mil millones de gracias. Al final me vais a convencer de que escribo bien.