lunes, 15 de febrero de 2010

¿Un mal día?

Dicen que un mal día lo tiene cualquiera, pero yo no creo ni en los viernes/martes 13 ni en eso de pasar por debajo de las escaleras o al lado de un gato negro. No voy a negar que a veces me puede la superstición pero, en líneas generales, soy bastante escéptico.

Bien, a lo que iba. En esta entrada no reflejaré necesariamente un caso real pero sí con tintes verídicos. El otro día, cuando me disponía a reflexionar sobre hasta qué punto somos herederos de acontecimientos pasados, me vino a la mente una historia sobre un chico (chaval, le dicen aquí en España) que tenía un examen muy importante a primera hora de la mañana y había programado el despertador para las 7 am. Hasta aquí bien. El hecho es que el dichoso despertador no sonó y, cuando se quiso acordar, se le había hecho demasiado tarde aunque aún estaba a tiempo de llegar. Claro, tuvo que privarse del típico café de las mañanas y se vistió tan rápido como pudo, sin siquiera poder ir al aseo. Pobre chico, ¿no?

Bien, la cuestión es que a medio camino se da cuenta de que se había dejado el documento - condición sine qua non para hacer el examen - en casa. Así que, como no tenía alternativa, dio marcha atrás y regresó a su casa a buscar el dichoso DNI. Bien, llega, busca entre el majestuoso desorden de su piso y, para su asombro, lo encuentra donde menos se lo esperaba, en la nevera. Lo recoge, va a toda prisa y decide ir en coche para acortar tiempo. Era demasiado tarde para ir a pie y muy pronto para el siguiente metro. Una vez había salido, se percata de que al dar el portazo, y con las prisas, se había dejado la llave dentro de casa y, en ella, el abrigo. Fuera hacía lo menos 0º C. Pero bueno, ya no podía perder más tiempo, así que decidió trasladarse tan rápido como pudo hasta el coche cuando nota que el permiso de aparcamiento le había caducado hacía media hora y ya le habían multado.

Una vez en el coche, lo enciende y pone rumbo a la universidad. El examen había comenzado haría diez minutos. A mitad de camino encuentra que en la carretera se habían desplomado unas piedras de las montañas vecinas. Evidentemente, el tráfico estaba cortado y ahora sí que no parecía cambiar para bien la situación. Conforme pasaban los minutos, comenzaba a perder más y más la paciencia. Intenta llamar a su amiga, que por estar haciendo el examen tenía el móvil apagado, y, como era de esperarse, ésta no le contesta. Este chico, por consiguiente, y ya de muy mala leche, se baja del coche y al asegurarse de que la situación no tenía pinta de cambiar a corto plazo, aparca el vehículo contra un borde de la autovía.

Acto seguido, se baja y, como ya había pasado media hora y el examen duraba 120 minutos, poco podía hacer. Una pena, porque era la asignatura que mejor preparada tenía y ahora tendría que esperarse seis meses. Si a esto le sumas que se puso a nevar, lo tuvo más crudo todavía.

Ahora bien, hasta aquí podríamos concluir que más que levantarse con el pie izquierdo alguien le había hecho un maleficio. Pero no. Resulta que tras estar toda la mañana renegando de su suerte, al llegar a su piso y tirar la puerta abajo (ni se esperó al cerrajero), encuentra un mensaje en el contestador. En éste podía escucharse: Hola cariño...soy tu madre, dim..dime que por favor te encuentras bien, contesta, por favor, no coges el móvil, estoy preocupada.

El joven, sin percatarse de lo que trascendía, llamó a su madre. Tras hablar con ella, enciende el televisor y se lleva la desagradable sorpresa de que precisamente en su universidad, en su clase y en la hora en la que tendría que haber estado dando el examen, hubo una fuga de gas y no se encontraron supervivientes.

Tras esto, ¿se podría concluir que el dicho tradicional de que no hay mal que por bien no venga aplica en este caso? ¿Puede esto significar el final de la ley de Murphy? ¿Tuvo tan mala suerte como pensaba o, por el contrario, fue el hombre más afortunado del planeta? ¿Perdió un examen o aprobó el seguir viviendo? ¿Qué pensáis? ¿Conocéis de algún caso parecido?

5 comentarios:

Ensada dijo...

Caso parecido no, pero hay un relato de Álvaro de la Iglesia de este estilo. La cosa era al revés, prisas y líos por coger un avión que al final se estrella y el Ángel de la Guarda quejándose de que así no había forma. Era un crack del cinismo, a pesar de escribir en la España de Franco.

Góngora dijo...

Es curioso. Yo recuerdo casos en tragedias que marcaron un antes y un después. En el trágico accidente aéreo de Barajas, por ejemplo, no faltó quien dijo que por X o por Y había perdido el fatídico vuelo.

Otro caso que me desconcertó fue el que tuvo que ver con otra tragedia aeronáutica, esta vez, como recordarás, en un vuelo que iba de Brasil a Francia. Una señora italiana que no cogió el vuelo para el que no hubo ningún superviviente, perdió la vida de todas maneras una semana después en un accidente de coche.

Sobre estos temas el cine tiene para dar y regalar. Destino Final (Final Destination), en sus cuatro filmes, es un ejemplo de ello.

Ensada dijo...

Si, hay incluso una rama esotérica que se dedica a recopilar estas cosas, con su teoría pseudocientífica incluida.

Mira, esto está dentro de los fenómenos estadísticos: hay un tanto por ciento que perdió el avión, otro que lo cogió y, dentro de este, otro que lo pilló por los pelos. Pero en este avión y en todos los demás. Que este se estrellara y los demás no, o que la señora entrara en las estadísticas de muertos en accidentes de tráfico en vez de en las de accidentes de aviación, ya entra en otra estadística mas general: en la del fatalismo de que si está para ti, no te libra nadie.

No se si me explico...

Ensada dijo...

Y por cierto, es Álvaro de Laiglesia, así, todo junto, que estoy tonto.

Góngora dijo...

Así es, existe tanto la posibilidad de haber perdido un vuelo bueno como uno malo, pero la única diferencia es que estos últimos son los que salen en las noticias y en las portadas amarillistas.

A nadie le interesa, por lógica, cuando no hay sangre ni accidentes fatales.