sábado, 13 de marzo de 2010

Butano

Repartir bombonas de butano no es el trabajo mas divertido del mundo, debe ser el más penoso. Por lo menos es lo que me parece a mi, que llevo unos años haciéndolo. Las malditas botellas de acero pesan como muertos y uno sólo se da cuenta de cuantos edificios no tienen ascensor si se dedica a este curro. Además a esto hay que sumarle el espeso tráfico del centro de la ciudad, que es la zona que tengo asignada, y que convierte la conducción del camión de reparto en una pesadilla. Pero nada de esto le importa a Mohamed, mi ayudante desde hace unos meses. Mohamed es un estupendo chaval senegalés, negro como el carbón, al que en los primeros días hablaba en francés porque no entendía ni jota de español. Yo me manejaba con el idioma, había estado emigrado en Lyon trabajando en una empresa de recauchutados, así que me lo habían puesto de ayudante. Hacía años que había vuelto de Francia, bastantes, más de veinte, pero la lengua no se me había olvidado por completo y la práctica con mi compa moreno había hecho que volviera a soltarme en él.

Como os decía, a Mohamed todo esto le traía sin cuidado. Después de haber llegado andando hasta la costa y de haber atravesado el estrecho en una patera, hacinado con otros 30 compañeros en un barquito que ni siquiera merecía este nombre, subir unas bombonas a un quinto piso le parecía un juego de niños. De su sueldo y de las propinas que nos daban, mi negrísimo compañero mantenía en su tierra a toda su familia, que por lo que contaba, era más numerosa que la de cualquier miembro del Opus. Con la cicatriz en la cara que marcaba la pertenencia a su clan, Mohamed cargaba una bombona en cada mano como si estuvieran hechas de papel de fumar y ya empezaba a defenderse en castellano lo suficiente como para llamar a los timbres de las casas. Los primeros días las marujas se asustaban ante la vista del hombretón que les traía el gas, pero ahora ya lo reconocían cuando caminaba por el barrio con los envases naranjas y lo saludaban con cariño.

Porque el senegalés era una excelente persona, amable y servicial, siempre dispuesto a echar una mano a cualquiera que se lo pidiera y aun a hacerlo sin que nadie le dijera nada. Más de una vez le había tenido que apurar para que viniera a ayudarme, ya que se había quedado cruzando la calle a una anciana o ayudando a cargar otro camión o subiendo un carrito de la compra a cualquiera. Lo único que nuestro amigo no entendía era la falta de solidaridad con los vecinos que exhibíamos más de una vez. No podía comprender como la gente no se ayudaba más.

En mi país, decía, no tenemos nada, pero lo poco que tenemos, lo compartimos. La gente se ayuda sin esperar nada a cambio, por el mero hecho de ser vecinos y dentro de nuestra pobreza, somos todo lo felices que se puede ser, sin buscarnos más problemas que los que ya nos vienen dados por la vida. Aquí, todo el mundo está siempre enfadado y prefieren tirar las cosas que no necesitan antes de dárselas a otro al que le puedan ser útiles, decía meneando la cabeza totalmente incrédulo. Estos comentarios de mi compañero siempre me llenaban de vergüenza, porque sabía que en el fondo tenía toda la razón.

En nuestra zona de reparto hay una cafetería que es el punto de encuentro de los niños pijos de la ciudad. El bar es uno de nuestros clientes y cuando entregábamos el butano, Mohamed siempre tenía que soportar estúpidos comentarios por parte de los niños de papá, que mataban el tiempo en sus mesas haciendo que estudiaban o que repasaban apuntes. Él siempre fingía que no les entendía, pero yo ya había tenido más de un encontronazo con ellos por defender a mi amigo. El dueño del local nos apreciaba, pero ya me había advertido que no me enfrentara con ellos, que él tenía que mirar por su negocio. Con lo que tomaba ejemplo de mi compañero y los ignoraba olímpicamente.

Cierto día, un grupo de estos niñatos se dedicaban a charlar apoyados en los coches que estaban estacionados en la calle. Entre risas, se dedicaban a darse empujones, intentando en broma arrojarse los unos a los otros al tráfico que circulaba por la calle. Nosotros andábamos por allí, ocupados como siempre en descargar bombonas y colocar las vacías en la caja, cuando de uno de estos corrillos salió despedida una de las chicas, como resultado de un empujón que la había hecho tropezar con la defensa de un coche aparcado. La muchacha cayó hacia la carretera, justo en el momento en que un autobús pasaba. El conductor freno inmediatamente, pero estaba claro ante los ojos de los aterrorizados viandantes que no conseguiría detenerse a tiempo para evitar el atropello. En ese momento, entre los angustiados chillidos de los peatones, como surgida de la nada, la poderosa mano de Mohamed la agarró por un tobillo y de un violento tirón, la levantó del suelo arrojándola sin miramientos sobre la acera, totalmente como si fuera una muñeca de trapo. La calle estalló en un clamor de alivio y los aplausos surgieron espontaneamente de los espectadores. El conductor del bús bajó a abrazarse a mi compa temblando como una vara verde, mientras que la chica, incapaz de levantarse, sollozaba desahogando el temor padecido.

Como ninguna buena acción queda sin castigo, al volver al camión descubrimos que nos habían multado por superar el tiempo máximo permitido de estacionamiento en la zona de carga y descarga. Por lo menos, los pijitos nunca más le volvieron a decir nada a Mohamed.

¡Butano! ¡Suba otra!

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