viernes, 12 de marzo de 2010

Comida de tarro

Vaya asco de mundo en el que vivimos. Cuando te paras a pensar en que somos una mísera mota de polvo flotando en el increíble y vastísimo universo que hay a nuestro alrededor, la poca moral que tengas se te puede caer al averno.

Y si miras a los millones de estrellas, a los millones de galaxias, no puedes dejar de pensar si la sociedad en que vivimos será siquiera remotamente parecida a otras. Porque otros mundos no solo son posibles, sino que son inevitables, aunque solo sea por estadística. Es imposible que todo lo demás esté vacío, de vida, se entiende.

¿Será igual de miserable la vida en otros planetas? ¿La lucha por la supervivencia, que desde nuestra corta estadística parece inevitable, forjará también seres inteligentes y agresivos, como aquí? ¿O, en una suerte de Murphy cósmico, nos habrá tocado a nosotros ser la oveja negra del universo?

Porque lo de aquí es de pena. Es una especie de farsa planetaria en la que avanzamos ¿hacia donde? Las generaciones se suceden, matándose unas a otras, enfermando, sufriendo ¿para que?

¿Será distinto en otros lugares? ¿Habrá planetas en que la evolución haya llevado a la creación de una cultura pacífica y avanzada, donde las relaciones de sus componentes no estén basadas en la despiadada selección natural? Y si esto ha sido/es/será así ¿cambia algo? Es decir, aunque esta hipotética sociedad sea practicamente perfecta ¿tendría por ello algún sentido?

¿Lo tendría? ¿Lo tenemos? Para mi, no. Ni aquí ni en ningún presunto planeta por descubrir. Es un juego del que desconocemos las reglas, ni como se lleva la puntuación. Pero sin embargo nos vemos forzados a jugarlo. No es de extrañar que perdamos siempre.

Pero, ¿quién gana?

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