martes, 2 de marzo de 2010

En ruta

El camión se calentaba un poco mientras subía Piedrafita. Las 22 toneladas de leche en polvo, repartidas en otros tantos palets por la caja del remolque, eran peso bastante para el antiguo Pegaso Troner. Pero ni hablar de pararse para dejarlo enfriar. La mercancía tenía que estar en Madrid antes de las siete de la mañana y esa hora ya era tarde. Más que nada porque el tráfico endiablado de la capital convertía en imposibles los accesos a los polígonos a partir de ese momento. Y aún antes.

De todas maneras, ya tenía pensado hacer una parada en el centro de transportes de Benavente, que tenía la ventaja de tener aparcamiento vigilado gratuito. Y una cafetería que lo mismo te servía un desayuno a las tres de la tarde, que la cena a las cinco de la mañana. Benavente es uno de los centros de distribución de la península y su centro de transportes está en permanente actividad las 24 horas del día. La mayor parte de las agencias de transporte tienen naves en él, tanto para distribuir la mercancía como para intercambiar los conductores, que de esta forma burlan las limitaciones del tacógrafo por el simple sistema de cambiarse de vehículo.

Además, allí siempre te encontrabas algún amigo. Los muchos kilómetros de ruta con la única compañía de la radio hacen echar de menos algo de calor humano. Y aunque siempre llevas conectada la emisora en el canal 19, no es lo mismo. Encima está el aliciente de que las camareras están muy ricas y te tratan con el familiar desparpajo de quienes ven entrar y salir mil camioneros al día.

Pero para llegar allí aún quedaban 200 kms. de aburridísima autopista, así que no quedaba más remedio que seguir dándole a la rosca. Una vez coronado el puerto pude engranar velocidades más largas y aliviar las penas del motor, que ya tenía entre pecho y espalda millón y medio de kilómetros y estaba pidiendo a gritos un rectificado. Más bien lo que pedía era la jubilación, pero no estaban los tiempos para cambiar de tractora.

Al empezar a descender el puerto podía ver los camiones que subían por la otra vertiente, gruñendo con el esfuerzo de empujar sus toneladas contra la cuesta y a los turismos que los adelantaban. En esto, un pequeño Opel Corsa que bajaba a toda pastilla me rebasó como una bala y cuando volvía a su carril, le reventó una rueda. La velocidad que llevaba no permitió al conductor controlar el coche y fue a chocar contra el quitamiedos, saliendo rebotado en medio de un mar de chispas y humo.

Me faltaron manos para meter frenos y desviarme de su trayectoria. El coche hacía trompos por medio de los carriles, dejando un reguero de piezas rotas que salían disparadas en todas direcciones. De pura chiripa evité el golpe y lo pasé por la derecha, mientras que el corsita volvía a chocar, esta vez contra el lado contrario. Pero en ese momento me reventó una de las ruedas de la dirección, sin duda al pisar uno de los restos metálicos que soltaba el turismo accidentado. La unión de la rueda reventada, sumado con el bloqueo de las del remolque (de resultas del violento frenazo a que me había obligado el accidente), hizo que perdiera por completo el control.

El tiempo pasaba lentamente mientras veía sin poder evitarlo como el remolque hacía tijera. Aferrado al volante, apretando desaforadamente el pedal del freno, rezaba para que se desprendiera la gabarra y no me arrastrara con ella al fondo del precipicio que se abría al lado del asfalto. El ruido de los frenos al rojo, de las ruedas derrapando bloqueadas, de las bocinas de los demás vehículos, formaban una cacofonía en mi cerebro que no me dejaba pensar. Aunque por mucho que pensara, ya no podía hacer nada. Por suerte, el remolque se soltó de la cabeza y llevándose por delante las protecciones, hizo un bonito salto del ángel por el barranco dejando una blanca estela de leche en su caída. Otro coche para el garaje.

Desafortunadamente, al quedar libre del peso que la lastraba, la cabeza salió disparada hacia los carriles de subida. Con la dirección loca, los frenos en fading y sin ningún control sobre ella, la tractora chocó contra la mediana, saltando por encima de ella y, para mi suerte, quedándose encajada entre las barreras de los dos lados, por las que aún avanzó un buen trecho hasta quedarse por fin detenida. Me quedé quieto un buen rato, sin poder soltar el volante ni dejar de pisar el freno, con todos los nervios negándose a dar por terminado el incidente, los oídos sordos, los nudillos blancos, los dientes apretados. Tenía el cuerpo molido por los golpes que los tumbos me habían dado contra la chapa, me sangraba una ceja que algo me había cortado y poco más. O eso creía, porque cuando al fin fui capaz de soltar el volante, descubrí que estaba encajado y no podía salir. Aunque lo primero que pensé es que me había roto la espalda y estaba paralítico. Con cuidado, moví los dedos de los pies dentro de los zapatos y al lograrlo, una sensación de inmenso alivio descendió sobre mi, solamente empañada porque solo conseguía mover los de uno.

La gente ya se arremolinaba alrededor de los hierros retorcidos de mi pobre camión, tirando de la portezuela para sacarme de allí, pero estaba tan encajada que tuve que esperar a que los bomberos la cortaran con sus enormes cizallas. El dolor que el shock había disimulado me recorrió todo el cuerpo al extraerme de los restos y los sanitarios de la ambulancia descubrieron que me había roto una pierna y posteriores radiografías en el hospital, que también había roto un dedo de la mano, sin lugar a dudas como resultado del apretón desesperado contra el volante. El conductor del Corsa tuvo peor suerte, antes de que me sacaran de allí entre aullidos de sirena, escuché el comentario de uno de los agentes de tráfico diciendo que había muerto instantáneamente, con el cuello roto por uno de los golpes. También que las ruedas del cochecito estaban completamente lisas y que ésta era sin duda la causa del pinchazo que había provocado el accidente. Morir por ahorrarse unos euros.

Por lo menos, el seguro del turismo estaba en regla y pude cobrar sin problemas la indemnización y el valor del trailer. Pero no me compré otro, la ruta se ha terminado para mí. Todavía más de una noche me despierto bañado en sudor, escuchando en sueños el escalofriante chirrido del metal destrozado.

2 comentarios:

Góngora dijo...

Muy profundo y dramático. :)

Ensada dijo...

Bueno, el siguiente va a ser más divertido, o eso espero.