viernes, 19 de marzo de 2010

Fútbol

El partido de fútbol de regional preferente estaba a punto de acabar cuando el balón salió fuera del campo, propulsado por el tremendo patadón que Cholo, delantero centro del Mataburras F.C., le había propinado. En su trayectoria se perdió en medio de los pinares que rodeaban el terreno de juego y el arbitro del partido decidió que se sacará una nueva pelota, en vez de esperar a que apareciera la perdida. De buscarla nos encargamos los chavales del pueblo, a los que el partido ya no nos interesaba porque el equipo local, el Bestiaspardas C.F., ganaba por 6 a 1.

Toda la troupe juvenil se esparció entre los árboles, revolviendo las pocas xestas que los pinos dejaban crecer. Pirri, Suso y yo nos desentendimos pronto de la búsqueda y vagamos por el bosquecillo sin objeto. Como siempre, Pirri se dedicaba a lanzar a los árboles un pequeño cortaplumas que habitualmente llevaba encima, con la intención de clavarlo a la media vuelta, cosa que rara vez lograba. En uno de estos lances fallidos, la navaja ni siquiera rozó el pino al que iba destinada y se perdió en la pinaza que recubría el suelo. La navaja era la posesión más preciada de nuestro amigo, así que al no encontrarla a la primera nos llamó para que le ayudáramos. Nos pusimos en cuclillas para hacerlo, mientras que revolvíamos las hojas hasta dar con ella.

Pero no fue lo único que encontramos. Semienterrada entre los restos del bosque, con pinta de llevar tiempo perdida, encontré una cartera vieja. Era un objeto extraño en medio del monte, o quizás no tanto, ya que los pinares eran frecuentados en las noches de verano por más de una pareja en busca de un lugar tranquilo donde arrullarse. Nosotros no eramos tan tontos como para no saberlo, mas de una vez nos habían corrido de allí cuando con nuestra juvenil curiosidad íbamos a espiar a las parejitas que se estaban dando el lote. Así que después de echar una mirada a nuestro alrededor, para ver si alguno de los otros chicos nos observaba, nos pusimos a revolver el contenido de nuestro tesoro. Como esperábamos, no había un duro en ella, pero había algo que nos llamó más la atención. En uno de los compartimentos, entre papeles viejos y arruinados por la humedad, había un condón. No es que esto fuera una novedad para nosotros, pero éste estaba fuera de su estuche protector y envolvía una llave.

La llave no nos decía nada, pero el hecho de su extraña envoltura nos llamó la atención y nos dedicamos a elucubrar que podía abrir para que estuviera guardada con tanto cuidado. Después de imaginar mil historias inverosímiles, se nos encendió una lucecita en el cerebro. La llave tenía que ser de la caseta del campo, era el único motivo que se nos ocurría para que no estuviera en un llavero junto con alguna de sus hermanas. Esta llave pasaba de mano en mano por el pueblo, ya que los distintos equipos y peñas se la dejaban unos a otros para poder acceder a los vestuarios. Con esta idea implantada en nuestras cabezas, resolvimos esperar a que se fueran los jugadores para probarla y ver de curiosear en la pequeña chabola. Pero nuestros padres nos estaban llamando para irnos, así que resolvimos dejarlo para otro día.

Al día siguiente, después del colegio, nos citamos en el campo de fútbol para probar suerte. Durante la semana era raro que hubiera partido, ni siquiera de entrenamiento, por lo que teníamos manga ancha para probar lo que nos diera la gana. Aunque oxidada, la llave abrió la puerta a la primera, con lo que tuvimos la íntima satisfacción de haber acertado con su utilidad. Pero no nos esperábamos el espectáculo que nos encontramos al abrir la puerta. Con unas bragas por sombrero, totalmente ajeno a nuestra presencia, el entrenador del equipo se dedicaba a «entrenar» a la mujer del alcalde, que por los gemidos que profería, disfrutaba lo suyo del ejercicio gimnástico.

Nos quedamos de piedra, sin acertar a reaccionar, hasta que la alcaldesa abrió los ojos y nos vio allí paralizados. El chillido que profirió nos hizo recuperar las facultades y salimos de allí disparados, perseguidos por los gritos del mister. Una vez a una prudente distancia, nos dedicamos a comentar entre risas el culo peludo del caballerete, las bragas volanderas de la jefa, los cuernos del señor alcalde y la bronca que se podía liar si se enteraba. Después nos dimos cuenta de que la cartera encontrada era de mujer, con lo que la llave debía ser de la alcaldesa, que la habría perdido en algún otro encuentro furtivo. Nos conjuramos para no decir nada a nadie, primero por la que se podía montar; segundo, por la que nos iban a montar a nosotros y después porque tendríamos que dar explicaciones de la posesión de la puñetera llave.

Los días siguientes el entrenador no nos miraba precisamente bien, pero ante la falta de consecuencias palpables, la función se fue olvidando.

Pero, aunque lo intentamos, la llave no volvió a abrir la puerta.

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