domingo, 14 de marzo de 2010

Hipermercado

Como todos los días, la playa de descarga del hipermercado era una casa de locos. Al trasiego habitual de camiones con perecederos, que entregaban su mercancía todos los días, había que sumar los cinco trailers de aceite que venían para que tuviéramos material bastante para cubrir la oferta que comenzaba la semana siguiente. Desde encima de la carretilla elevadora que manejaba, contemplaba el caos organizado por las entregas mientras esperaba que me dejaran pasar a las estanterías con el palet que había sacado del primero. Ya estaba resignado a que para descargar un camión, que en anteriores trabajos me podía llevar media horilla, en esta empresa me llevaba una hora completa, con suerte. El diseño del almacén de descarga, o mejor dicho, la falta de él, hacia que casi no pudiéramos pasar entre los camiones descargando, las furgonetas de reparto y la mercancía amontonada en cualquier esquina. Así que tenía para todo el día. Bueno, a mi me pagaban lo mismo tardara lo que tardara, era problema de los encargados y ejecutivos encorbatados, que mientras que hubiera producto en la tienda, lo demás les daba igual. Los clientes no veían como se trataba las cosas que adquirían, si lo hicieran no comprarían la mitad de ellas.

Cuando al fin me dejaron pasar, entré al interior de la nave con mi palet de auténtico zumo de aceituna. O eso decían la etiqueta, aunque nunca podía dejar de pensar que estas botellas la llenaban con lo primero que encontraban los proveedores, ya que los precios eran escandalosamente bajos para que fuera auténtico. Pero vete tu a saber. La verdad es que es mejor no pensar. Cuando había trabajado una temporada en un almacén manipulador de pescado había dejado de comerlo, lo que allí vi me había curado para siempre de su consumo.

Sin embargo, el día tenía el aliciente de que estaban entrenando a un nuevo grupo de demostradoras, que pululaban por allí con sus uniformes nuevos. Si no te fijabas mucho en los logos estampados, parecían azafatas. Bueno, es que lo eran, aunque nunca hubieran subido a un avión. Azafatas de supermercado a sueldo de miseria, que estas grandes superficies nunca se han distinguido por sus enormes emolumentos. Más bien lo contrario. Lo justito para que no huyeras en la entrevista.

Toque la bocina para que se separara de mi camino un grupo de ellas, que con cara de susto me dejaron sitio, juntándose en grupitos a mi paso. Según avanzaba podía oír las risitas de sus comentarios, que unían el nerviosismo del primer día con esa deliciosa desvergüenza que tienen las mujeres cuando están en grupo. Al volver después de dejar el palet subido en su estantería, puede ver que me estaban esperando en un lado.

.-¿Nos llevas a dar un paseo?, me preguntó una morena de escándalo, mientras sus compañeras se reían sin disimulo.

.-Claro, pero hay poco sitio, tendrás que arrimarte.

.-Eso no es problema, contestó con una sonrisa encantadora, mientras se acercaba al torito.

.-¡Señoritas, por aquí!, llamó su encargada con la cara de malas pulgas que tenía de nacimiento, a la vez que me asesinaba con la mirada. Un encanto, la jefa.

.-Luego te veo, me dijo la morenaza.

.-No dejes de hacerlo, Chelo, le contesté fijándome en la chapa que llevaba prendida en la pechera de la camisa, adonde mi vista se había dirigido sin necesidad de orden alguna.

Quizás el día no sería malo de todo.

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