jueves, 4 de marzo de 2010

Inmejorables vistas

Subir al andamio siempre es una lata. Aunque a veces tiene sus compensaciones. A las ocho de la mañana, con un frío que pela, tocar los tubos de hierro es un martirio. Pero no quedaba más remedio que empezar la jornada y ponerse a pintar la obra. Aquel día, el encargado me puso en el último piso, dispuesto a que bajara dando la primera mano que cubriría la fachada. Con toda la parafernalia de estos casos, casco, arneses, botes de pintura, pistola de aire, brochas, disolventes y demás, me instalé lo más cómodamente posible y me dispuse a cargar el depósito de la pistola con pintura especial para exteriores.

Mientra lo hacía, dirigía la vista distraídamente hacia las casas de enfrente, edificios nuevos ya terminados y que empezaban a llenarse de habitantes. Su reciente ocupación se notaba en la falta de muebles y cortinas en las habitaciones, expuestas a mi vista desde las alturas. A través de una de estas ventanas desprotegidas, pude ver a una chica que se afanaba en ordenar la habitación. Llevaba puesto un pijama de colores, que al agacharse para hacer la cama, marcaba unas hermosas caderas. Alegría para los ojos. Medio atontado por las vistas, tuve que forzarme a atender lo que tenía entre manos, porque la pintura ya empezaba a rebosar del deposito. Cuando volví a levantar la mirada, la joven, ajena a mi presencia, se disponía a vestirse, arrojando a un lado el pijama y descubriendo un hermosísimo cuerpo ante mis ojos, que se me salían de las órbitas al contemplar el desnudo de la linda muchacha, mientras se ponía un conjunto de lencería juvenil que ya me gustaría a mí ver más de cerca.

En ese instante, el sexto sentido que tienen las mujeres cuando son observadas le hizo levantar la vista y me descubrió mirándola con ojos que supongo lascivos. Pero en vez del grito que esperaba, unido al acto de dejar caer la persiana o abandonar el cuarto, la chica me sonrió pícaramente mientras me tiraba un beso con los dedos. Si ya estaba alelado, el gesto me dejó completamente imbécil. Los tubos ya no me parecían tan fríos mientras se acababa de vestir y diciéndome adiós con la mano, salía del dormitorio.

Creo que batí todos los récords del mundo de descenso de andamios e ignorando las preguntas del capataz, crucé la calle dispuesto a esperar a la diosa entrevista por estos ojitos pecadores. A través de los cristales del portal, miraba ansiosamente la puerta del ascensor, esperando la salida de la moza y la continuación de la promesa que sus labios me habían arrojado. El ascensor abrió sus puertas al fin y la muchacha salió de él, mucho más hermosa vista de cerca, aunque mucho más vestida.

Sonriéndome dulcemente, salió a la calle y se dirigió directamente a mí, que ya me relamía con una tonta sonrisa en la boca. Cuando estuvo a mi altura, sin perder el paso, me propinó tal bofetada que casi me derriba, continuando su camino sin volver la vista atrás.

No se porqué, creo que no va a haber plan.

No hay comentarios: