miércoles, 24 de marzo de 2010

Siempre pescando

Las nasas venían llenas de centolla, con lo que la tripulación halaba el cabo con mejor disposición de la acostumbrada. En la cabeza de todos saltaban chispas con forma de $, mientras cada uno hacía cuentas de la parte que le correspondería. Era una lástima que no fuera verano, porque entonces conseguiríamos mejor precio en la subasta. Pero en esta época del año no había turistas dispuestos a soltar la pasta, así que nos tendríamos que conformar. La verdad es que cuando llegan los visitantes la mayor parte del marisco está en veda, con lo que los que hacen negocio son las cetáreas y los furtivos.

Sin embargo en las cuentas de mi cabeza lo que se formaban eran facturas de gasoil, aceite de motor, plazos del banco, artes reparadas y mil y un pequeños gastos que se comían poco a poco los beneficios obtenidos. Si ya es difícil luchar con el mar, luchar contra la bancarrota es aún más difícil. Pero esta captura me iba a permitir saldar algunas deudas así que meditaba la conveniencia de aprovechar el dinero logrado en calafatear y pintar el barco, que lo estaba pidiendo a gritos. Ya practicamente no se leía el nombre pintado en la popa. Y eso que era el de ella.

Por otra parte, la abundancia de la captura me impelía a continuar la pesca en los próximos días, para ver de aprovechar la racha de buena suerte. Bueno, siempre podía continuar navegando mientras pudiera y esperar a que las capturas flojearan un poco para varar el barco unos días y realizar el mantenimiento que llevaba tiempo esperando.
Esto es así en este negocio y en otro cualquiera, siempre tapando huecos, siempre desnudando un santo para vestir a otro. Todo salpicado con la suerte que tuvieras en la ruleta rusa del mar, que hace que al riesgo inherente a los negocios se uniera el del golpe de mar, del temporal traidor o del oculto tronco o contenedor flotando entre dos aguas que te abre sin avisar una vía de agua y te manda al fondo de golpe, a hacerle compañía a los crustáceos que intentábamos pescar.

La posibilidad de acabar sirviendo de comida de aquellos que veníamos a pescar era una de las variables que regaba de incertidumbre el oficio. El cazador cazado, el pescador pescado. Bueno, eran riesgos asumidos por los marineros y por el patrón y peor asumidos por nuestra familias, mujeres que en tiempos aguardaban en el muelle y que ahora lo hacen en sus trabajos. Como cambia la vida. Ya pasaron los tiempos de las sufridas mujeres que mariscaban en tierra esperando a que sus hombres trajeran el pescado, los de los pañuelos negros en las cabezas de las viudas que malvivían de la caridad de los compañeros de sus maridos ahogados. No es que ahora no nos ahoguemos, aunque en menor medida que en los tiempos en los que se iba al Gran Sol con barcos de madera de propulsión a vapor. Pero por lo menos nuestras familias cobraban las pensiones de viudedad y orfandad.

Lo único que no cambia es el mar. Así que acabada la recogida de las nasas, pusimos proa al puerto sin perder de vista las nubes que se iban formando sobre el horizonte y que no presagiaban nada bueno. Mientras caía la noche, los marineros escogían por tamaños la captura y en la costa las luces se iban encendiendo como pequeñas vagalumes perdidas.

Ojalá que hoy me esté esperando.

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