jueves, 25 de marzo de 2010

Suspense

Buscó la navaja en su bolsillo y la abrió con los dientes. Mientras la sujetaba, de un solo golpe le cortó el cuello.

La botella quedó así preparada para servir de embudo y encajar en la boca del depósito. Con cuidado, vertió poco a poco el combustible en el interior de la maquina y se dispuso a cebar la bomba, que al quedarse seca se había vaciado. No podía echarle la culpa a nadie, el despiste era enteramente suyo. Y justo en este momento.

Cómo aún se retorcía por el suelo, le dio un par de patadas. Calzaba unas pesadas botas de trabajo de puntera y suela forradas de acero, con las que podía partir un cráneo sin esfuerzo. Cuanto más encajar la manguera en su sitio, aunque tuvo que pisotearla un poco. Pero tenía algo más que hacer antes de poner en marcha la pesada maquinaria.

Debía colocarlas juntas, para cortar todas las cabezas de una pasada, así que levantó las cuchillas a su altura y añadió dientes entre los que ya tenía instalados. Así cortarían mejor y más rápido. Arrancó por fin el motor, haciéndolos estremecer a todos. Se quedaron paralizados viendo venir las afiladas cuchillas a su encuentro, que cortaban sin piedad todo a su paso.

Por fin, cuando estaban a punto de triturarles, el bando de estorninos levantó el vuelo y la segadora continuó cortando espigas. Había que darse prisa, antes que descargara la tormenta que se anunciaba en el horizonte.

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