domingo, 21 de marzo de 2010

Temporal

La ría se pone el traje gris del invierno cuando el temporal envía sus respetos. Las gaviotas hunden la cabeza entre las alas y sufren indiferentes los chorros de agua fría que el viento empuja sin cesar. Los patos ya no se bañan entre las algas y cambiaron su lento flotar entre las olas por los cañaverales de la marisma que se hunde en la tierra.

Las golondrinas de mar, ajenas al aguacero, continúan su deambular entre la hierba del paseo, gusano va, gusano viene. A los mirlos no les gusta el agua, se han perdido en el bosque y ya no vienen a buscar las postreras uvas sin recoger de la parra de La Terraza. O a escuchar las últimas notas de jazz que se demoran formando globos entre las ramas, nunca se sabe.

El cielo ceniza, sin solución de continuidad, no sabemos si pasa incesante o es que se ha aposentado encima del mar. Con su monótono color, su cadencioso sonido, las olas rompen perezosas sobre la playa, sin turbar a los cuervos que buscan entre los restos que se acumulan en montones. Hoy todos los animales parecen en suspenso, esperando con la tranquilidad de la genética que la borrasca arrecie, momento en el que desaparecerán rumbo a sus refugios a esperar que escampe.

Las aves reconocen el temporal sin necesidad de avisos del meteosat. Los patos, las gaviotas, los mirlos, las lavanderas, los cisnes, los cuervos, las golondrinas, los pequeños gorriones ateridos, buscan refugio cuando el viento empieza en serio a soplar las trompetas de la tormenta.

Temporal en el tercio norte, vientos de 100 km. por hora, olas de cuatro metros en la costa, alerta naranja. Qué pequeños somos ante los elementos. Qué grande es la naturaleza de los animalitos. Qué ínfima es la nuestra. Qué triste.

Pero más tarde volverá a lucir el Sol, a darnos un pequeño respiro, a la vez que el invierno acumula fuerzas para el próximo embate, mientras no llega la primavera, que muestra su lado femenino haciéndose esperar. Ya tarda. Pero vendrá.

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