lunes, 8 de marzo de 2010

Transporte escolar

El autobús se detuvo con un chirrido de frenos frente a la parada, con la brusquedad acostumbrada por Quico mi amor, que siempre estaba más atento a las mujeres que pasaban por la calle que a conducir el Scania. Con mi chaleco amarillo fosforito, bajé dispuesta a ayudar a subir a los más pequeños, antes de distribuir a la jauría de chavales en sus asientos y comprobar que todos llevaran puesto el cinturón de seguridad.

Las normas de la empresa me obligaban a hacerlo, pero además las muy enfermizas instrucciones de los colegios para los que trabajábamos me forzaban a distribuir la chavalada por sexos, no pudiendo permitir que se sentaran juntos chicos y chicas a partir de los 5 años, salvo si eran hermanos. El incesto al parecer no preocupaba tanto en los colegios religiosos que eran nuestros clientes, por más que las leyes de la Consellería de Educación para los colegios concertados les hubieran obligado a admitir a regañadientes la educación mixta.

En esta parada subía Perlita, la preferida de mis niñas, que era un ráfaga de frescura en el aburrido trabajo de carretear críos de acá para allá. Perlita siempre tenía una sonrisa en los labios y enseguida que la dejaba aposentada en uno de los asientos delanteros, donde aparcaba a los más pequeños para tenerlos al alcance de la vista, se ponía a contarme las cosas que hacían sus hermanos mayores, que ya se habían sentado en las plazas traseras con el resto de la tribu. Sus hermanos la adoraban, ya que era la menor, pero en público la trataban con la suficiencia de sus cinco y seis años más que ella, lo que siempre hacía que la niñita tuviera quejas de ellos.

Hoy venía toda llorosa porque le habían escondido su muñeca preferida, una pepona de trapo que pretendía a toda costa llevar siempre consigo. La muñeca era la fuente de la mayor parte de sus disputas fraternales, porque sus padres le mandaban dejarla en casa y sus hermanos se cuidaban de que lo hiciera. Aunque mi obligación era sentarme en el asiento del acompañante, al lado del conductor, me senté junto a ella para consolarla un poco. Ya antes de llegar a la siguiente parada a la niña se le había olvidado la muñeca y me contaba la fiesta que le iban a dar sus padres con motivo de su próximo cumpleaños.

.-Pili Pilar, tienes que venir a mi fiesta, van a traerme muchas cosas y habrá globos y tarta, me dijo relamiéndose por anticipado, porque era una tragona de mucho cuidado.

.-No puedo, Perlita, pero te haré un regalo, repuse riéndome del nombre que siempre me daba.

El nombre me lo había adjudicado un día, según me contó su abuela, que le habían preguntado cómo llamaban a la acompañante del autobús, si Pili o Pilar.

.-Abuela, pareces tonta, se llama Pili y se apellida Pilar, le contestó con el desparpajo de sus cinco años.

La anécdota había corrido por su familia, en nada parecida a las demás estiradísimas parentelas del resto de los alumnos, y había traspasado el ámbito familiar haciendo que en la empresa ya todos me conocieran por ese nombre compuesto.

Hoy, en cuanto deje a las fieras en el colegio, bajaré a comprar un regalo para mi niña. Si no dejo este trabajo miserablemente mal pagado, es solo por ella.

.-Arranca, Quico.

.-Vamos allá, mi amor.

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