miércoles, 7 de abril de 2010

Bel canto

Cantábamos en el Teatro Rosalía. No es que fuera la Scala de Milán, pero a nuestros ojos se parecía mucho. La verdad es que no eramos novatos, ya teníamos tablas, pero todas ellas bajo los ojos benevolentes de nuestras familias, ante las cuales ya podíamos desafinar lo que quisiéramos que les iba a dar igual. Ciertamente, tampoco se daban cuenta si lo hacíamos. Arar campos, coser redes, filetear pescado o pescarlo directamente no ayudan a desarrollar un oído muy fino. Pero en esta ocasión era distinto, aunque igual en el fondo. En vez de cantar delante de nuestros padres, lo íbamos a hacer ante los de las otras escuelas de canto que actuaban en el mismo espectáculo. Que eran de la ciudad, no del pueblo, como nosotros.

Pero el principal espectáculo estaba en las butacas. Todas las madres de los presuntos carusos y caballés competían en modelitos, fingiendo de manera artificial que les interesaba más la música que cotillear de sus vecinas de asiento. Y digo la madres, porque la mayor parte de los padres de los ejecutantes solían escaparse a las primeras de cambio. «A fumar un pitillo», decían antes de dirigir sus pasos al bar más cercano. Con lo que el público solía quedar conformado por las señoras, que por mucho que fumaran preferían dedicarse al cotilleo. Y a estar seguras que sus tiernos infantes salieran bien guapos, volviendo locos a los sufridos directores con sus entradas extemporáneas al escenario. Una de ellas había llegado al extremo de subir en plena actuación coral para arreglarle un lazo del pelo a su muy repipi hija, con el globo que se puede suponer entre los demás padres y el suspiro de resignación del director.

Nos llegó el momento de salir a escena y nos colocamos en filas, según lo ensayado. El director nos dio el tono cuando acabamos de darnos patadas y empujones y con todos los sitios bien establecidos, dirigimos la mirada expectante a nuestra directora, a la espera de comenzar con el primer tema.

En el momento en que se hacía el silencio en la sala, se oyó el grito destemplado de una madre:

.-Mariquilla, ¡ponte derecha!

La directora, volviendo a medias la cabeza, fulminó con la mirada a la espontánea, mientra que la mentada Mariquilla, roja como un anuncio de la coca cola, procuraba estirarse lo más posible. Las risitas de las marujas capitalinas se extendieron por el patio de butacas, totalmente olvidadas de otros casos parecidos que acababan de protagonizar.

.-¡Que te pongas derecha, digo!

La segunda vez ya no fueron risitas, sino una franca carcajada de todo el público, mezcladas con los chisss de algunas y las exclamaciones de enojo de otras. La extrovertida madre de la criatura, lejos de amilanarse, se puso en pie para que se la escuchara mejor.

.-¡Mariquilla ¿subo a ponerte derecha?!

La directora se volvió despacio y le espeto con su dulce voz:

.-Manola, como no te calles ya, a quién van a tener que poner derecha es a ti.

En medio de las risas de la concurrencia, Manola se sentó rumiando el despecho, maquinando venganzas pobres y pudo por fin empezar la actuación.

Pero durante ésta, Mariquilla estuvo más atenta a permanecer recta, que a cantar ni una nota.

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