lunes, 5 de abril de 2010

Crítica literaria: La montaña mágica.

He dirigido mis pasos hacia la biblioteca del pueblo y le he devuelto a la amable bibliotecaria los dos tomos de La montaña mágica del escritor alemán Thomas Mann. Pero mi espíritu impregnado de las emociones intensas de esta obra me impelen a trasladaros mis apreciaciones. No se si estaré a la altura.

Pues no es pequeña la empresa, ya que voy a comentar un clásico, una joya de la literatura, escrita por un premio Nobel, además. Éstas son grandes palabras. Archivado. Es su obra maestra, dicen. Manejo una edición (quizás esto pueda ser calificado de esotérico, aunque me resisto a dar valor a esta palabra), publicada por el periódico español «El Mundo», ¿que extraños designios habrán llevado al anónimo donante a depositarlo en la biblioteca municipal? Puesto que esto podría ser así considerado como el resultado de los planes (un poco modificados, concedo), del escultor austríaco mencionado de pasada al final de la obra en, quizás, la única idea inteligible de la novela.

El autor comenzó a escribir esta magna obra en los albores de la primera guerra mundial y la terminó casi en mitad de los felices años veinte. Nos traslada graciosamente a los Alpes suizos, lugar de reposo de ricos tuberculosos en espera de la milagrosa cura del aire puro de las alturas. Es pavoroso seguir, aunque sea desde el entendimiento recto de los años transcurridos, la catastrófica practica médica, casi siempre inútil, cuando no totalmente contraproducente. Allí va a reunirse Hans con su primo Joachim por una corta temporada. Corta, casi soñada, pero que al final tiende al infinito, como los decimales de pi. El tiempo es, según propia declaración del autor, el tema de la novela. Bueno, concedámoslo. Aunque el que parece preocupar más es el tiempo atmosférico. Las nubes, la niebla, la tormenta, la nieve, el frío intenso que a la vez cura y mata tienen posiblemente más importancia que el lento caer de las hojas del calendario. Esto no importa, ya no se cuenta, gira encadenado a un sinfín de motivos, palabras, situaciones que se repiten sin cesar. Pero en los sueños que alguna vez nos son narrados es donde se concentra la fuerza de la obra. Extraños sueños, sueños arquetípicos. Incluso tienen artículo propio en la wikipedia, honor reservado a unos pocos. Temo que sea la vena Joyce, demasiadas interpretaciones posibles ¿deberíamos tal vez usar la navaja de Occam?

Cierto, los sueños. Ahí es donde está la fuerza del relato, su quid, su alma inmortal. Porque los personajes, a pesar de sus ampulosas palabras, son estereotipos de la época, casi calcados con serigrafía. El francmasón Settembrinni, en su pobreza franciscana, el jesuita Naphta, envuelto en las riquezas de la orden, son las dos partes principales del discurso. Las preferencias del autor se deducen confortablemente del espacio concedido a uno y otro. Cierto que las ideas de ambos son meros esbozos de los ideales que agitaron al mundo en aquella época no tan lejana, el humanismo del italiano, la defensa del papel de la iglesia como guía de la humanidad por parte del judío converso, son meros traspuntes de la realidad complejísima que desembocó en la Gran Guerra, aquella que iba a terminar con todas las guerras.

Nuestro antihéroe Hans, siempre presto a dejarse influir por el último que llega, se mueve por las páginas dejándose querer por todos y queriendo querer a todos, complicada empresa en el ambiente pesado y monacal del sanatorio. Monacal, si, a pesar de las costumbres disipadas de sus residentes. Monacal en sus reglas estrictas, que hasta para ser violadas exigen que se haga conforme a las reglas. Es quizás, tal vez, sin duda, lo más conseguido de la obra. Este ambiente cosmopolita y clasista es perfecta y milimetricamente retratado, fruto de la observación directa y de las historias que le relataba su mujer, ingresada en uno de los sanatorios que en aquellas épocas florecían en la alturas suizas.

Ah, los Alpes, hogar de ninfas y faunos que danzan al sonido de las pastoriles flautas. ¿Que podría decir de ellos que estuviera a su altura? No, mejor les comentaré la mujer. Es imprescindible, inevitable, casi es decreto divino, que nos ocupemos de ella. La de esta narración responde al nombre de Clawdia, no se si esa w de su nombre pueda ser también registrada dentro de las grandes casualidades o de una nueva premonición. Podría serlo perfectamente, nuestro buen Thomas deja sentir por toda la historia su afición por las tecnologías y su entendimiento de las últimas teorías, tanto médicas como psicológicas, Freud campa por toda ella. Pero su idea de la mujer en el mundo haría que actualmente fuese linchado por hordas de feministas enfurecidas, dispuestas a enterrarlo debajo de las montañas de la corrección política. Y además es oriental, la mujer, de ella seguimos hablando, quizá esto también sea premonitorio, como el momento en que intenta relacionar lo pequeño del átomo con lo majestuoso de cosmos infinito. La mujer que se enreda en los sueños de nuestro civil antihéroe. Siempre ella, el espíritu libre por gracia de la enfermedad. Cherchéz la femme. Ésta recibe una declaración de amor a la altura de la grandeza de los personajes. Sublime.

No se. Es una obra maestra. En vaya papel me encuentro, desacostumbrado. Clasificado.

No, no, cien veces no. No haré tal cosa. ¿Como podría atreverme a criticarla? Además ¿que podría decir? Posiblemente, si me atreviese a ello, diría que la novela es oscura, espesa, larga, pueril en alguno de sus planteamientos. Que ha envejecido mal, que sus teorías han sido superadas y sus profecías incumplidas, que sus personajes son apenas creíbles y, por mucho romanticismo que le echemos, sus diálogos increíbles.

Cielos, que osadía. No me atreveré. Podría decir para salvarla que es la muestra más pulida de su época, convulsa, ciertamente.

No se, he de pensarlo. Me tumbaré en la excelente chaisse longue para reflexionar sobre ello. En francés. He de devolver este lápiz.

2 comentarios:

Fujur dijo...

Mi incultura me priva escribir con propiedad, pues aún no me la he leído, sin embargo, poca duda cabe que tu reseña puede ser considerado como un texto referencia en lo que a blogger se refiere. Enhorabuena! ;-)

Ensada dijo...

Todo un elogio por venir de quien viene. Ahora que en incultura, seguro que gano. Léela, merece la pena, sigue siendo una obra maestra.

Su más humilde servidor.