sábado, 10 de abril de 2010

Crítica literaria: Rojo y negro.

Vuelvo con pesar a la biblioteca aún bajo la humillación de que mi pobre condición suscite las burlas de quienes están por encima de mi. Voy a devolver el pesado tomo de Rojo y negro, que firmó Henri Beyle en esta ocasión con el seudónimo de Stendhal. Con pesar, puesto que la excelente historia leída hace a mi espíritu volverse sediento de continuidad.

Esta novela, de un romanticismo apasionado, narra la ascensión y caída de Julián Sorel, pobre hijo de un carpintero, pero sin ningún otro parecido con Jesucristo. Si no fuera una afrenta, podría perfectamente haberse subtitulado orgullo y honor, aunque el honor se suponía que en su más alto grado solo existía entre la nobleza, a la que nuestro héroe odia y desprecia, siguiendo sus simpatías bonapartistas. Este sentimiento se exacerba cada vez más al verse forzado a defender la causa de los legitimistas católicos, a cuyo servicio es contratado.

Es además una crónica política francesa posterior a la caída del muy admirado (por Sorel) Napoleón, aunque somera, porque el autor escribe suponiendo a los lectores enterados de los detalles. Por ella desfilan todo tipo de personajes de la restauración borbónica, alcaldes, curas, propietarios y, según va ascendiendo nuestro carpinterillo, obispos, ministros y nobles. Las corrupciones, componendas, tráfico de influencias, cohechos y otras hierbas políticas, tan abundantes antaño como ahora, rodean la fría ambición del protagonista, inteligente, orgulloso, plenamente consciente de su inferioridad de nacimiento y de su superioridad mental. Esto se traduce en una forma de ser distante y orgullosa, muy susceptible en cuanto a sufrir humillaciones. Su complejo de inferioridad y su férrea determinación a salir de ese estado lo hacen buscar en primer lugar la vía religiosa, apoyado por el cura de su parroquia. Éste le avala en su ingreso en casa de Monsieur de Rênal, alcalde de la localidad y cacique pretencioso del lugar, como mentor de sus hijos.

En ella conoce al primero de sus amores, la propia madame de Rênal, el primero asimismo en que su mezcla de orgullo, altivez y desprecio por las clases superiores le sirve de palanca para una conquista amorosa. Planteada inicialmente como una empresa militar (conquista y posterior ocupación), queda al fin enamorado de ella y es el motivo de su salto a París, donde conoce a la segunda, mademoiselle de La Mole, hija del marqués de la Mole, la cual...

Pero basta, ya hemos dicho bastante, no podría sufrir que esto se supiera aquí, sería hipócrita y la hipocresía es la norma de conducta en toda la narración, tanto en nuestro protagonista como en su entorno.

Pero, sin animo de molestar a nuestro buen Julián, podremos añadir que la novela es magnífica, clara, precisa, fiel al retrato de las gentes y de sus intenciones. Una crítica a la burguesía, a la nobleza y al clero, de las que solo se salva el ejercito, deseo oculto del protagonista, tal vez porque el autor fuera en su juventud teniente de dragones.

No podría menos que recomendarla, sino fuera porque temo que se me tome a broma, al considerar mis taras de nacimiento y educación. No sería capaz de sufrir tamaña afrenta. Mi cólera sería terrible y mi venganza, apasionada.

Pero no por ello dejéis de leerla.

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