lunes, 26 de abril de 2010

La abuela

La abuela siempre contaba la misma historia y los nietos la oíamos de fondo mientras correteábamos por el enorme caserón.

.-Vinieron a buscarlo, aunque ya sabían que no estaba aquí. Podía haber estado, en la alacena de la cocina aun sigue el hueco donde puede esconderse un hombre si hace falta, pero él nunca lo necesitó. El estaba en Monteduro, donde el partido lo había enviado y donde había llegado a alcalde, ¿sabías, niños?

.-Si, Yaya, contestábamos a coro mis hermanos y yo, dándole el apelativo por el que cariñosamente la conocíamos todos.

.-La guerra es muy mala, pero peores son los hombres. Aquí casi no hubo tiros, pero los fascistas seguían viniendo a buscarlo, solo por molestar a las familias de los vencidos. Eran unos miserables desharrapados que aprovecharon la ignorancia supina de los vencedores para ponerse camisas azules y fachandear por las calles con sus mosquetones y sus pistolas, gozando con el temor de la pobre gente. Gentuza que no le llegaban a la suela de los zapatos. Mucho pavonearse pero nunca fueron capaces de cogerlo, él era un hombre muy valiente, ¿sabíais, nenos?

.-Si, abuela.

.-Ya quisieron cogerlo allá, pero los vecinos lo querían y se negaron a entregarlo, aún ahora lo recuerdan con cariño y mira que no están los tiempos para eso. Él quiso defender el pueblo, pero los verdaderamente conscientes de lo que se avecinaba eran pocos y cuando a pesar de sus infructuosos intentos la Guardia Civil tomó la ciudad, la mayor parte optó por escapar. Los falangistas prendían los montes para achicharrar a los que se escondían entre los matorrales y se reían al escuchar sus gritos desesperados al quemarse. Eran basura, escoria, gentuza, lo peor y más bajo de todos los pueblos y villas, que se unieron al levantamiento a toro pasado para satisfacer sus bajos instintos. Miserables borrachos que no habían trabajado ni un día en sus vidas y que ahora habían encontrado una manera de hacerse respetar, cuando antes no les dirigía la palabra ninguna persona decente. Pero con él no pudieron, vuestro abuelo era muy listo, no solo era político, escribía teatro y poesía, ¿sabías, rapaces?

.-No, Yaya.

.-Mirad, ahí hay uno de sus libros. Si que escribía, si. Mientras estaba escondido en el monte, enseñaba a leer a los cativos de las aldeas donde se refugiaba, mientras pudo. Luego tuvo que seguir bosque adentro, porque los falangistas se vengaban de los pueblos que ayudaban a los fuxidos y él no quería perjudicarlos. No bastaban las dos magníficas Smith & Wesson que llevaba para acabar con todos, no. Si así fuera, ahora no quedaría ninguno, bueno era vuestro abuelo, nunca soportó ninguna injusticia, por eso la gente lo quería, ¿sabíais, meus reis?

.-¿De verdad, abuela?

.-Claro que lo querían, claro. Al final logró pasar a Portugal, le fueron ayudando de pueblo en pueblo las buenas gentes y unos contrabandistas lo hicieron cruzar la raía, Tuvieron que llevarlo en brazos, ya no podía andar después de los meses pasados en el monte sin apenas comida. Solo se alimentaba de los piñones de los pinos y alguna vez de uvas robadas de las parras que encontraba en su camino. No hay que robar, niños.

.-No, abuela.

.-Pero era un caso de necesidad, hubo veces que las viñas tenían vigilantes y él los convencía de que la propiedad es un robo, hablaba muy bien vuestro abuelo. Eran muy bonitas las cartas que me mandaba desde Portugal, siempre se acordaba de vuestra madre. Las tenía que firmar con mi nombre para que los censores no se dieran cuenta, pero nunca fueron muy listos. Mario siempre le ayudó, tenía muchos amigos allá. Aunque en Portugal están más o menos como aquí, la internacional tiene contactos en todo el mundo. El no quiso marcharse a México, como tantos de sus amigos, los que habían logrado sobrevivir a la guerra, se entiende. Se quedo en Portugal ayudando a los ingleses a terminar con el fascismo, pero esto no se puede contar, trabajaba para el servicio secreto. Al final, tampoco entonces se consiguió acabar con el generalucho ese de Ferrol, aún está ahí, mala chispa lo coma...

La abuela se quedaba callada, mientras nosotros seguíamos entregados a nuestros juegos infantiles. En silencio miraba la lluvia a través de los cristales de la galería, mientras recordaba a su marido, al que no había vuelto a ver nunca más desde antes que los militares dieran el golpe de estado. El abuelo se había quedado para siempre en Oporto, la salud minada por las privaciones y sus nietos nunca le habíamos conocido. Pero la abuela se encargaba de que aún así, no le olvidáramos.

2 comentarios:

Santi dijo...

Lo que es la costumbre: estaba buscando el botón de "Me gusta", como en el facebook... Pero como no hay botón, lo tengo que escribir:

Me gusta.

Ensada dijo...

El Feisbuc ese me está matando XD

Y hagan el favor de escribir, que me gusta que lo hagáis, quienquiera que seáis.