martes, 13 de abril de 2010

La playa, la bandera y el invierno.

Observo el mástil donde ondea la bandera de advertencias de la playa.

Está vacío, solo con la cuerda atada, a la que mece el viento produciendo un sonido metálico que recuerda, o más bien que es igual, al que producen en el puerto deportivo los cabos de las innumerables jarcias de los veleros allí atracados a la espera del buen tiempo.

Durante estos años, la bandera ha sido mi veleta particular, la que miraba para ver si soplaba el nordeste arrepiante que confunde las mentes o si era el cálido sur el que templaba el lugar.

La bandera de advertencias es una de las condecoraciones que luce cualquier playa que se precie. En los arenales despliega sus colores de aviso durante los veranos, enrojeciendo con la ira del océano, poniéndose amarilla con el mar de fondo traidor o reverdeciendo ante las aguas en calma.

Sin embargo, en esta playa del fondo de la ría, siempre es verde. No hay motivo para otra cosa, hay que esperar a los más duros temporales del invierno para que la olas rompan con fuerza en la playa y las más atrevidas intenten superar el muro del paseo. Los socorristas cuelgan una nueva al principio de la temporada estival y cuando se acaban sus contratos la dejan allí, para que se vaya deshilachando en compañía de los jirones de niebla. Y se queda hasta el siguiente año, sirviendo de guía de mis ojos y perdiendo cada día un poco de verdor, anunciando así la llegada del frío.

Pero este año el primer temporal se la llevo con él, de recuerdo de su paso por la ría, trofeo que acompañó con la habitual cosecha de tejados, árboles y macetas.

Durante este invierno, he sentido que me faltaba algo. Mis ojos acostumbrados a su presencia se han levantado por si mismos en más de una ocasión para buscarla al final del tubo de metal. Algo me arañaba por dentro cuando no la encontraba.

Estoy impaciente por volverla a ver, como a una vieja amiga.

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