martes, 6 de abril de 2010

Resaca

Conseguí salir por la ventana, después de mil contorsiones. Porque llamarla ventana era darle honores inmerecidos al miserable ventanuco a ras de tierra. Pero fuera como fuera, logré arrastrarme al exterior del semisótano donde estaba atrapado. No tenía ni idea de como había llegado hasta allí, ni de quien podía haberme encerrado en aquel cuchitril. Lo único que me surgía en la cabeza, que parecía a punto de estallarme, era el pub donde empezó una serie ininterrumpida de copas y rayas con aquella chica tan maja, ¿como se llamaba? Ni idea, pero la movida debió ser grandiosa.

Me puse de pie, sacudiéndome el polvo de la ropa. Tenía una pinta asquerosa. A toda la mierda que había barrido del suelo al salir, se unían lo que parecían restos de vómito seco. Noches alegres, mañanas tristes. Ésta debió ser muy alegre, a juzgar por los resultados. Miré a mi alrededor con ojos doloridos por la luz solar, después de la penumbra de donde había salido. Estaba en una gasolinera con toda la pinta de estar abandonada. Ante ella se extendía una carretera secundaria cuyo estado hacía juego con el de la estación de servicio, en donde la basura amontonada por el viento se acumulaba contra las paredes. Sentía la cara sucia y me pasé la mano por ella. Al hacerlo un dolor recorrió mi frente y al mirarme la mano la descubrí manchada de rojo. Sangre. Me palpe con cuidado y encontré la brecha en una ceja, que me latía al tocarla. Bufff, la cosa empezaba a ser preocupante.

En mi maltrecho cerebro comenzaba a penetrar lentamente la idea de que algo malo pasaba. O había pasado. O pasaría si me quedaba quieto. No estaba para muchas cavilaciones, pero el instinto de supervivencia me hizo alejarme de allí, caminando por el borde de la desierta carretera. Iba andando como un zombi, intentando aclarar mis ideas, aunque en vez de mías parecían las de otro, de lo mal que me sentía. Una confusa maraña de imágenes me iban asaltando mientra caminaba sin dirección por el arcén de la desierta vía. En la barra apoyado, la copa cerca de la mano, la chica a mi lado, muy cerca de mi, mi mano apoyada en su cadera y la sonrisa de sus labios. Sus ojos brillando en los servicios de mujeres, su melena hacía atrás al levantar la cabeza después de meterse un tiro. Sus manos recorriendo mi cuerpo entre el olor de los retretes inundados. Todo muy romántico, como se podía esperar de una relación con una comebolsas. Por lo demás, una escena repetida en mi vida en infinidad de ocasiones. Era fácil tirarse a una de estas niñas en busca de emociones fuertes.

Así y todo, algo debía haber sido diferente para que hubiera aparecido tirado en aquella gasolinera perdida. Pero no lograba recordar que pudo haber sido. O a lo mejor no tenía nada que ver con su situación actual. Pero entonces ¿que había pasado? Nada, seguía sin acordarme. Busqué en los bolsillos tabaco y descubrí un paquete arrugado. No era de la marca que yo fumaba, pero en el momento no lo pensé. Fue al abrirlo cuando me di cuenta de que no era mío. Algo iba mal. Rematadamente mal. Dos pitillos, un mechero de los pequeños y una nota. «Son los últimos», decía. Sin firma. Sin otra explicación. En una letra extraña. No contribuyó a tranquilizarme, precisamente.

Un coche se acercaba a lo lejos por la carretera. De repente, me entró miedo y me oculté entre los matorrales del borde del camino. Espiando entre la hojas, pude ver como al pasar a mi altura comenzaba a reducir la velocidad, hasta detenerse en la gasolinera que había dejado atrás. Justo a tiempo. Del coche bajaron dos personas, no las podía distinguir bien. Se dirigieron a la trasera y abrieron el maletero. Con dificultad, los vi sacar un bulto de su interior. Me invadió un sudor frío cuando a pesar de la distancia, vi un brazo salir exánime de su interior. Joer, esto se estaba poniendo feo. Mejor salir de allí por pies y monte adentro. Pero ya.

De repente, comenzaron a llegar coches a toda velocidad, sin marcas exteriores, pero con luces azules destellando por todas partes, que comenzaron a vomitar de su interior gente armada. En apenas unos segundos cortaron el intento de fuga de los dos maromos y los tenían tirados en el suelo, con las manos esposadas a la espalda ante de que pudiera darme cuenta de que iba esto.

Mas tarde, en el cuartelillo de la Guardia Civil, un sargento con cara de sorna me explicó lo cerca que la había tenido. Al parecer, no se me había ocurrido otra cosa que tirarme a la querida de un capo de la mafia del este. Aunque yo no me acordaba de nada, reconstruyeron para mi las horas precedentes a mi amanecer en la gasolinera.

.-Ya puedes comprar lotería, chaval. Seguíamos hace tiempo a estos angelitos y fue gracias a eso que te encontramos. Un soplo nos dijo que había fiesta con la pobre chica y con esto y los 10 kilos de heroína que hallamos en la gasolinera, tenemos suficiente para empapelarlos para una larga temporada. Pero no dudes que tu destino era similar al de la joven, solo te salvó que el capo quiso encargarse primero de ella. Tu estabas tan ciego que ni enteraste cuando te noquearon y te llevaron al sótano. Pero yo en tu lugar desaparecía durante una temporada, aunque los metamos en la cárcel siguen dirigiendo las operaciones desde dentro y me temo que no deben estar muy contentos contigo, les has hecho perder un montón de pasta. La mujer en el fondo les importaba poco. Así que yo de ti me tomaría unas largas vacaciones.

Tan largas que nunca volví a la ciudad.

No hay comentarios: