viernes, 16 de abril de 2010

Revolución en la calle de los vinos

La entrada a la calle de la Franja estaba flanqueada por dos «lecheras», así que dimos la vuelta para entrar por el callejón. No era extraño que la policía merodeara por la zona, ya que era el punto habitual de concentración de todo el rojerío de la ciudad. Ninguno de nosotros se preocupaba de esconderse mucho, ya era el final de la dictadura y empezábamos a respirar un aire de libertad que todavía no se correspondía con los hechos.

Era la ventaja y el inconveniente de vivir en La Coruña, que por muchas ínfulas de ciudad que nos diéramos, capital provincial y regional, sede de la Capitanía y de la Audiencia, no pasaba de ser un pueblo grande en donde todos nos conocíamos. Y nos conocían. Los inspectores de la Social, con nombre y apellidos. El que más y el que menos ya había dormido alguna noche en los calabozos de comisaría y algunos, a los que mirábamos como a auténticos héroes, pasado por los juzgados de peligrosidad social, bonita figura que utilizaba el régimen para sacarse del medio una temporada a quién incordiara demasiado.

Caminamos por la calle con la insolencia de nuestros años adolescentes, mientras hablábamos de política. Era nuestra pasión y la de todos los que por allí rondábamos, excepto los viejos habituales de la calle, que nos contemplaban desde detrás de las tazas con ojos antiguos y de vez en cuando nos aconsejaban que nos buscáramos trabajo y abandonáramos la política, que eso nunca llevaba a nada bueno, ellos lo sabían bien, supervivientes del hambre y de 40 años de dictadura.

Los bajos de la calle de la Estrella estaban copados por una infinita serie de bares, tascas y restaurantes más o menos pretenciosos. En realidad, la Estrella es la primera de una serie de calles que empiezan en el centro y acaban desembocando en la ciudad vieja. Locales acogedores, de ambiente familiar; vamos, que había borrachos de todas las edades, sexo y condición. Nos movíamos como pez en el agua entre la multitud que se agolpaba en sus barras, aprendiendo en nuestras pobres meninges los efectos de las primeras resacas de pretendido ribeiro, servido en blancas cuncas de porcelana.

Nos sentamos en las mesas, más bien los barriles, de nuestra tasca preferida, donde hacíamos una de las primeras paradas antes de continuar el recorrido que nos llevaría a los antros nocturnos de la ciudad vieja. El tema del día era la inminente subida del precio de las tazas, que en ese momento nos preocupaba más que la futura amnistía y la caída de la dictadura. La asociación de hostelería, que en ese momento ni existía al estar aun prohibidas la asociaciones de cualquier tipo, había decidido aumentar los precios, en una suerte de confabulación judeo-masonica-tasquil y eso nos tenía más que rebotados, ya que lo habitual es que no tuviéramos un duro y la subida de una peseta nos destrozaba las previsiones macroeconómicas a todos.

.-Estos se quieren hacer ricos a nuestra costa, dijo Cholo.
.-Es un ejemplo de capitalismo salvaje, retrucó Suso, el más concienciado de todos.
.-Lo que teníamos que hacer es montar un boicot y no entrarles en ningún bar en un par de meses, ya veríais como reculaban.

Un coro de afirmaciones se levantó de la mesa, bastante hipócrita, porqué todos sabíamos que no aguantaríamos un par de meses sin ir por allí, un par de días ya serían suficiente tortura para todos.

.-O si no, podíamos montar una manifestación, dijo Melenas, que siempre se apuntaba a todas con los bolsillos llenos de piedras y el firme propósito de romperle la crisma a uno de los grises.
.-O una sentada.
.-Esa ya la estamos haciendo, cortó Chelo entre las risas de todos.
.-Los de la Liga están preparando algo, ayer los oí en el Seis Ventanas.
.-¿Qué?
.-Dicen de comprar vino y venderlo en la calle para que nadie entre en los bares.
.-¿Y cuando lo van a hacer?
.-Este sábado.
.-Pues todos allí en bloque.

El sábado anunciado, los trostkos de la Liga Comunista Revolucionaria, apoyados por parte de la ORT, montaron unas mesas con caballetes y, en vez de la costumbrada exhibición de textos y posters, de estos que había que esconder a toda pastilla si venían los grises, plantaron dos barriles de ribeiro que vendían por la voluntad a la amplia concurrencia que se arremolinó en torno a ellos. Aun estaba en la memoria de todos el último conflicto universitario, que con su habitual despliegue de manifestaciones, pintadas y cargas policiales, había sacudido el campus al movilizarse los estudiantes en contra de la subida de la tasas académicas, a lo que el colectivo estudiantil se oponía violentamente.

Esta agitación había sido estatal y había tenido por lema «No a la subida de las tasas», en un alarde de originalidad de los partidos y sindicatos convocantes. Ligeramente modificado y traducido, campaba suspendido en las rejas que protegían las ventanas traseras de un banco que daba a los Cantones, habitual atril donde se colgaban las pancartas reivindicativas. «Non a suba das tazas», rezaba la nueva consigna, que los miembros de la cofradía del Ribeiro coreábamos a la mínima, influidos por la continua ingesta del sospechoso líquido amarillo que nos servían en vasos de papel. Los organizadores utilizaban el dinero recaudado para comprar más vino en una de la bodegas de la calle, con lo que el pretendido boicot quedaba en muy poco, ya que solo una continuó haciendo negocio, mientras las demás pasaban lambendo. Claro que la cuantía cada vez menor de los donativos recaudados hizo que al final los datos bursátiles declaran la bancarrota del chiringuito.

Así que con una melopea más que considerable, el distinguido público desfiló camino de los mismos bares que hacía un segundo estaban presuntamente boicoteando, con la incongruencia juvenil por bandera. La revolución quedaba aplazada para otro día.

No hay comentarios: