jueves, 20 de mayo de 2010

Aniversario

Salí a la calle cargado con unas ojeras tamaño familiar, fruto de una noche de fiesta de la que no era capaz de acordarme de nada. En la cabeza tenía un ejercito de enanos, empeñadísimos en taladrarme las meninges con lo que muy bien podía ser un martillo pilón o en su defecto, una tuneladora industrial. Medio zombie, la costumbre me empujó hacia la cafetería donde solía desayunar un croissant todas las mañanas. Todas las mañanas en las que conseguía acordarme de mi nombre, que ultimamente no eran muchas. Aunque el día ya iba avanzado, me senté en uno de los taburetes de la barra y pedí un café triple, con extra de cafeína. La camarera me lo sirvió acompañado de una sonrisa irónica y una dosis de ácido acetilsalicílico, que me dejó en un platillo a mi lado sin que se la hubiera pedido. La verdad es que me hubiera sentado mejor un pelotazo whisky, por aquello de igualar el equilibrio alcohólico, pero mi hígado estaba entonando la cabalgata de la Walkirias a todo volumen, así que lo dejé correr.

Mientras lograba tragar las pastillas con un esfuerzo de voluntad y medio litro de cafeína concentrada, me rondaba por lo que me quedaba de cabeza la idea de que tenía que hacer algo. No con mi preocupante adicción al mol, que ya me había costado un divorcio y un par de trabajos, sino con otra cosa que no lograba centrar en mis deterioradas neuronas. La verdad es que comenzaba a ser habitual que se me fuera la olla, pero después de una vida de molicie y desenfreno, era algo que me tenía sin cuidado. Mi padres tuvieron la excelente idea de morirse en un accidente de tráfico, dejándome desconsolado y en posesión de una jugosa indemnización, un piso en la ciudad y una casa en la aldea, con su acompañamiento de leiras variadas que había ido vendiendo poco a poco.

La vida es así de dura, aunque a mi poco me importaba, sumido en un nube de 12 years old que mitigaba mi dolor. Lo hacía de tal forma que la mayor parte de las veces no me acordaba de ellos en absoluto, ni me molestaba en llevarles unas flores, ni en pagarles unas misas, ni nada de nada. Por estas asociaciones de ideas, al final consiguió penetrar en mi gastado cerebro la noción de que era una fecha lo que se me pasaba. Claro, claro, era el aniversario de su fallecimiento. Me quedé sorprendido de mi mismo, porque nunca me había molestado en conmemorarlo de ninguna forma, pero esta vez, atento a los misteriosos designios que lo habían traído a mi memoria, me dispuse a remediar algo la situación. A fin de cuentas, me costaba muy poco acercarme a la floristería y encargar un ramo. Ni siquiera tendría que hacer nada más, los de las flores ya se encargarían de llevarlas al nicho y todas esas cosas. Ninguna molestia. Y la conciencia tranquila, en vez de anestesiada, que era su estado normal.

Así que una vez tomada la decisión y aprovechando que el café comenzaba a hacerme efecto, me traslade penosamente hacía la tienda de flores que estaba en la misma acera, un poco más allá. Aflojé los euros necesarios al ceñudo dependiente, que no debía saber que las flores son alegría, y me dispuse a comenzar otra jornada de duro desenfreno.

Cuando desperté al día siguiente, totalmente a la deriva, flotando en la resaca aunque no hubiera ninguna playa cerca, la factura del florista, tirada de cualquier manera encima de la mesilla, me volvió a traer el recuerdo de los difuntos. Esto empezaba a ser preocupante, dos días seguidos, tendría que hacérmelo mirar. Después de darme una ducha sentado, porque no podía tenerme en pie, mandé callar a mi hígado y me aticé un lingotazo de whisky puro que tuvo el efecto de devolverme al mundo de los vivos. Reconfortado con el trago, tuve tiempo de preocuparme de los muertos, pensando supersticiosamente que acordarme de quién nunca lo hacía debía ser fruto de alguna conjura sideral que se me escapaba, por lo que dejar de atenderla me podría acarrear alguna desgracia. Además, no tenía nada que hacer, ya hacía unos años que no intentaba buscar trabajo, en realidad no tenía necesidad de él, mis excesos no habían llegado al extremo de liquidar la fortuna familiar.

Decidido, salí a la calle dispuesto a parar un taxi y marchar hacia el cementerio, ya que mi carnet me había volado en cuanto se pusieron de moda los controles de alcoholemia y nunca me había molestado en recuperarlo, por lo que mi coche dormía el sueño de los justos en el garaje.

«Al cementerio de Feans», le ordené al taxista, mientras me repantigaba en el asiento trasero. La hora punta había pasado y el tráfico era un poco menos espeso de lo habitual, aunque aun muy lento, retenido por la circulación del polígono de Pocomaco, de los centros comerciales y de la Universidad, que en un alarde de previsión convergían unos con otros en menos de un kilómetro. Para mayor INRI, las obras de la tercera ronda, que supuestamente sería el alivio del desaguisado, contribuían a liar más lo que ya de por sí era una casa de locos. A pesar de todo, enfilamos la carretera de Uxes, pasando por el centro de la aldea original de Mesoiro y llegamos en poco tiempo a las puertas del nuevo cementerio de la ciudad, construido para desahogar el muy abarrotado de San Amaro.

Las frías filas de nichos me recibieron en lo que era una exposición de mal gusto organizado, con ese estilo insufrible de lápidas de negro granito, grabadas al diamante con promesas de recuerdo incumplidas. Erré sin rumbo por las filas de adosados, incapaz de recordar el sitio exacto, pero con una vaga idea de donde estaba situado el último domicilio conocido de mis padres. Iba fijándome en los más horteras, donde una colección de afligidos deudos dejaban constancia de su amor por el difunto con flores de plástico y epitafios sacados del libro de condolencias de la funeraria, en donde nada hacía sospechar las peleas por la herencia. De tanto subir y bajar por las calles de nichos enmarcados, tapiados, llenos,vacíos, altos, bajos, con flores y sin ellas, un enorme panal de celdas cuadradas que se mezclaban en mi cabeza, conseguí una sed tremenda y un no menor dolor de pies. Así que estaba a punto de dirigirme a la salida, dispuesto a tomarme una cerveza helada y a olvidar el asunto, cuando un gran ramo de flores naturales llamó mi atención. Al acercarme para verlo más de cerca, descubrí que era el que estaba buscando desde el principio. Por lo menos, el cetrino florista había cumplido su cometido.

Allí estaban los dos, compartiendo nicho como antes habían compartido cama, ilusiones, alegría, todo cercenado de golpe por el tractor que se había cruzado en su camino y que no pudieron esquivar. «Nunca te olvidaremos» rezaba igual de hipocritamente que las demás la lápida negra, disimulada por el estallido de color de las flores. Una muestra más de la injusticia de la existencia, que había hecho que mis padres, trabajadores y honrados a carta cabal, reposaran para siempre en sus cajas mientras que yo me pulía el dinero que habían ganado en fiestas desenfrenadas. Ellos no tuvieron la culpa de que el tractorista estuviera borracho, ni de que yo no tuviera más familia, ni de que mi pobre fuerza de voluntad me hiciera escorar imperceptible pero decididamente hacia la pereza.

Las nubes empezaron a cubrir el cielo a la par que mi cabeza y las apesadumbradas calles del camposanto se volvieron aún más tristes, pesándome en el alma con una fría inquietud, que me obligó a buscar precipitadamente la salida, empujado por el remordimiento que se iba acumulando en mi interior. Me sentía mal y una parte de mí me iba reprochando el olvido al que los tenía condenados, mientras que otra lo que me reprochaba era el viaje al cementerio y me empujaba con fuerza hacía el bar situado fuera de las tapias. La segunda y el mono eran dos contra uno, así que me encontré empujando la puerta del minúsculo café y pidiendo una cervecita fría, que logró devolverme al mundo de los vivos, al que ya estaba echando de menos después del rato sumergido entre las hileras de cadáveres estibados en estanterías de obra, en una suerte de macabro almacén. Los escasos parroquianos continuaron sus conversaciones, detenidas al verme entrar por la puerta, sin ninguna preocupación consciente por sus tranquilos vecinos, que nunca les daban motivo de queja. El intercambio de chascarrillos sin objeto aparente, de noticias del pueblo y de la ciudad, de la que hablaban como si estuviera lejanísima en vez de a la vuelta de la esquina, me fue revolviendo la conciencia, rumor al que contribuían la media docena de «Estrellas» que me fui bajando casi sin darme cuenta.

Al salir, después de pagar una cuenta que resolvió la vida al tabernero por una semana, mis ojos se posaron una vez más en las puertas de los mustios collados, que nunca habían sido Itálica famosa. A mi pesar, o al pesar de la parte de mi que no estaba obnubilada por el alcohol, volví a entrar y a dirigirme hacia el nicho familiar, esta vez con mayor precisión. Ante las flores que lo adornaban y que en teoría honraban a sus ocupantes, se desplegó ante mi la inutilidad de mi vida, en un golpe de clarividencia que me hizo comprender a Santa Teresa, llenándome de un remordimiento surgido de quién sabe donde y ante el que me sentía como un miserable. Allí mismo, ante los restos de mis progenitores, tome la firme decisión de cambiar el sentido de mis pasos por la tierra. Veríamos si duraba más que la resaca.

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