lunes, 24 de mayo de 2010

Autobús

Saqué el autobús del garaje, después de haberle comprobado el aceite, la presión de las ruedas y todas esas cosas. El enorme Scania de tres ejes ronroneaba con un satisfactorio sonido en mis oídos, dispuesto a comenzar la jornada tragándose un kilómetro tras otro, que esta vez nos había de llevar a Puri y a mi camino de Zurich, con nuestro cargamento de obreros retornando de sus vacaciones en la aldea. Turnándonos en el volante lo llevaríamos hasta Lyon, donde nuestros compañeros Pascal y Jean Paul se encargarían de terminar el viaje, dejándonos a nosotros con 24 horas de asueto por delante, a la espera de que regresaran con el cargamento habitual de emigrantes retornados.

La ruta estaba decidida de antemano, con paradas en Logroño y Bilbao para acabar de completar el pasaje. Llevaba un año en el mismo recorrido y mi compañera aun más, las mujeres se estaban haciendo un hueco en el manejo de autobuses y la ruta larga no era una excepción. Aunque en ésta abundaban menos que en las lineas discrecionales, siempre encontrabas alguna. Puri era soltera, alegre y divertida y nadie la esperaba en casa, aparte de sus padres, por lo que no daba cuenta a nadie de sus horarios ni tenía que soportar los reproches de ningún novio celoso. Más de una vez le tomaba el pelo por su ausencia de compañía, para recibir siempre la misma contestación: «más vale vestir santos, que desnudar borrachos».

Camino de la estación de autobuses, hice una parada técnica para llenar el depósito y recogerla, ya que era en la gasolinera donde quedábamos habitualmente. Mientras esperaba a que se llenara el tanque, la vi venir arrastrando su maleta, con la cola de caballo de sus morenos cabellos saltando alegremente al compás de sus pasos. La sonrisa en su rostro me hizo desear tener veinte años menos y a ella como compañera, pero en vez de en el asiento de copiloto en la cama de las frías habitaciones de los hoteles de ruta. Solo era un deseo, compartido a la vez por la mayor parte del personal masculino que la conocía y aunque nunca expresado, no por ello menos real. Porque Puri era un encanto, guapa, divertida y dicharachera, nunca quieta ni callada, la mismísima alegría de la huerta.

Si, he de confesarlo, llevaba un año en ruta con ella y llevaba un año enamorado como un colegial. Siempre me había guardado de dejarle vislumbrar mis sentimientos, en parte porque soy un hombre «felizmente» casado y en parte por la total seguridad de verme rechazado. Le llevaba quince años, que quizás no fuera motivo suficiente para cortarme las alas, pero como a mi si que me lo parecía, bastaban para que nunca le planteara la cuestión. Además, siempre había sido tímido en mis tratos con las mujeres, fruto del ambiente estricto de la casa de mis padres y de la educación recibida en un colegio exclusivamente masculino. Así que me limitaba a suspirar al verla de lejos y a tomarle el pelo cariñosamente cuando la tenía cerca. Hay cosas peores.

Charlando de mil cosas, como en ella era habitual, introduje el vehículo en la dársena de la estación y le cedí a ella el asiento del conductor, en este viaje le tocaba llevar el bus el primer tramo de cuatro horas. Mientras los viajeros se iban acomodando lo mejor posible para el largo viaje, yo me dedicaba a estibar las maletas cargadas de lacón y chorizos que llevaban camino de Suiza. La mayor parte de los ocupantes eran viajeros avezados en estas lides, por lo que las botellas de agua y los bocadillos para el viaje no quedaban guardados en los baúles, sino que subían con ellos al interior y los iban depositando en las estanterías superiores, junto con las revistas y los libros para amenizar el viaje. Ultimamente también se veían muchas consolas portátiles, con los que los más jóvenes entretenían el viaje entre pitidos y destellos luminosos.

Puri fue cubriendo el disco del tacómetro y el parte de viaje de la empresa, para dejar todo listo para la partida. Una vez todo el pasaje a bordo, nos acomodamos en nuestros asientos y esperamos que los altavoces nos dieran la salida, mientra Puri hacía rugir los 300 caballos del motor, impaciente por salir a la carretera.

«El autobús con destino Logroño, Bilbao, Zurich , efectuará la salida dentro de breves minutos», cantó con el soniquete profesional de las locutoras la susodicha de la estación. Puri hizo aumentar un tono el rugido del bus, engranó la velocidad y, en cuanto los altavoces comenzaron a desgranar la lista de vehículos que salían a esa hora, lo hizo retroceder con habilidad entre la marea rodada para situarse en la fila que esperaba la apertura del semáforo.

Comenzaba la dulce tortura de los miles de kilómetros con ella, pero sin ella.

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