domingo, 30 de mayo de 2010

Comando

Le disparé el dardo, haciendo que el afilado doberman emitiera un chillido ahogado. Yo era el número dos y me encargaba de la cobertura y de las armas. Envuelto en su mono negro, el número tres esperó a que el tranquilizante le hiciera efecto mientras preparaba las herramientas para inutilizar las alarmas. El número uno no había estado de acuerdo en dormir al perro, hubiera preferido matarlo directamente, pero yo siempre le había tenido cariño a los animales y preferí darle una oportunidad, aunque lo más probable es que la dosis que le había inyectado lo matara con la misma facilidad que una bala. Tampoco era cosa de arriesgarse a que el mal bicho se despertara, así que llevaba anestesia suficiente para tumbar a un elefante. El animal se giró para arrancarse de una dentellada el penacho de su anca, pero en ese mismo momento le sacudió un escalofrío y cayó desplomado, todavía intentando morder, pero totalmente dormido.

Al verlo, número uno dio la orden y saltamos con facilidad el muro, todos estábamos muy entrenados, comenzando el asalto al aislado chalet. La operación no parecía ofrecer dificultades, se trataba de entrar y robar una pequeña caja fuerte, solo el número uno sabía porqué. Aunque se suponía que la casa estaba vacía, cubrí la operación con el Kaláshnikov, arma quizás demasiado aparatosa para la ocasión, cuando mis compañeros iban armados con simples pistolas; pero a mi no me gustaba dejar nada al azar y el fusil de asalto, una de las armas más confiables del mundo en cualquier circunstancia, barrería en décimas de segundo cualquier oposición que apareciera, por muchos chalecos antibalas que llevaran.

Número uno se dirigió a la linea telefónica, para cortarla con unos alicates aislados, en previsión de la descarga eléctrica que número tres le iba a soltar al sistema, que freiría cualquier circuito. Esto podía funcionar o no, pero en realidad nos daba igual. Si la alarma saltaba en la central de seguridad, para cuando quisiera salir la primera patrulla, nosotros estaríamos lejos, toda la operación nos podría llevar tres minutos. La ruta de escape estaba archivada en el GPS del coche, donde esperaba el número cuatro, vigilando la operación y dispuesto a sacarnos de allí con tranquilidad, pero preparado para sacar de la carretera cualquier obstáculo. Y cualquier cámara que no hubiera quedado inutilizada, solo grabaría a tres soldados vestidos de negro, con las caras tapadas por las capuchas y los dispositivos de visión nocturna, sin nada que permitiera la identificación.

No nos anduvimos con rodeos y un segundo después de quemar la alarma, número tres adosaba a la puerta una pequeña carga de Semtex, introduciéndole el detonador que número uno le pasaba ya conectado al hilo. Retrocedimos unos metros y un leve roce de los terminales en la pila bastó para provocar la sorda explosión que hizo volar la cerradura. De una patada hice saltar la astillada puerta y precedí al comando en el interior. Teníamos memorizados los planos de la casa, que el número uno había aportado a la operación, sacados de vaya usted a saber donde. Giré a la derecha en el pasillo, abrí la primera puerta sin oposición y accedí a un despacho en cuya pared estaba la caja empotrada, totalmente a la vista. Una vez comprobada la zona, cedí el paso a mis compañeros, que se dispusieron a darle a la caja el mismo tratamiento que a la puerta, pero corregido y aumentado.

Una inquietud se fue formando dentro de mí mientra volvía a la esquina del pasillo para cubrir la entrada, el sexto sentido del combate me araño la espalda con la punta de una daga. Demasiada operación para algo tan sencillo. Una puerta blindada estandar, que cualquier chorizo de barrio sería capaz de abrir en poco tiempo. Una alarma de esas de empresa de vigilancia, nada profesional ni minimamente sofisticado. Una caja de mierda, que posiblemente no resistiría dos golpes de maza, aunque no fuéramos a comprobarlo, el Semtex se encargaría del trabajo. Algo que se podía hacer con mucho más sigilo y probablemente un solo hombre sería suficiente. Algo fácil. Algo no cuadraba.

Número uno salió de la habitación y me tocó el hombro para avisarme de la explosión, cuando lo detuve con un gesto. Había movimientos en la oscuridad del jardín. Sombras tan negras como nosotros mismos tomaban posiciones silenciosamente, posiblemente esperando la segunda explosión y nuestra salida para detenernos más facilmente. O para eliminarnos. Lo más seguro para eliminarnos. El objetivo eramos nosotros, ya me parecía demasiado fácil el asunto. No había tiempo para planes complicados, ya debían estar impacientándose al no oír la voladura de la caja fuerte, así que nos reunimos fuera de la vista de las ventanas, agachándonos y hablando en susurros.

.-Estamos jodidos, esos vienen por nosotros, dijo número uno.
.-¿Quién coño te encargó esta operación?, preguntó sacando la pistola el número tres.
.-Alguien que no nos debe tener mucho cariño, ya habrá tiempo para eso. Escuchad, hay que dar por perdido al número cuatro y por quemado el piso franco. Saldremos por la puerta trasera en el mismo momento de la explosión, deben esperar que salgamos confiados por delante y que no contemos con ellos, así que posiblemente la oposición será menor por detrás. Número dos nos cubrirá y hay que procurar eliminar a todos los efectivos posibles, ha de ser un comando completo lo que nos viene encima. En cuanto lleguemos al bosque nos separamos y nos reuniremos dentro de tres días en la plaza mayor de Valladolid.
.-Los que salgamos vivos de esta.

Desenrollamos cable mientras nos dirigíamos a la puerta trasera, que se habría con un simple cerrojo interior y nos preparamos para salir en cuanto número tres hiciera saltar la caja.

.-¿Listos?, pregunto número uno mientras amartillaba con un sonido metálico la 9 mm. parabellum.

Asentí a la vez que número tres, mientras deslizaba el selector a ráfaga.

.-Vamos allá. ¡Fuego!

Una tremenda explosión, que nos hubiera matado sin duda de haber estado más cerca, sacudió la casa, haciendo saltar puertas y ventanas y dando lugar a una lluvia de cascotes que me mandaron al limbo antes de que me pudiera dar cuenta. La caja debía de estar llena de explosivos, fue lo último que pensé antes de sumergirme en la inconsciencia.

Cuando desperté, el lugar olía fuertemente a pentrita y yo estaba medio cubierto por los destrozos. Por lo menos debían ser cinco los kilos de explosivo que había contenido la caja fuerte y que nuestra pequeña carga había hecho estallar por simpatía o tal vez habrían tomado la precaución de ponerles detonadores de presión. Desde luego, alguien quería vernos muertos y se había tomado muchas molestias para conseguirlo. Me sacudí los restos de encima y trate de ponerme en pie, suponiendo que solo había estado inconsciente unos segundos y que debía prepararme para rechazar el ataque que sin duda vendría a continuación. Me dolía todo el cuerpo y tenía el rostro cubierto de sangre y polvo, minucias que ya resolvería después, ahora lo más urgente era evitar que me mataran. Busqué con la vista el fusil y tuve que apoyarme en una pared para evitar caerme, cuando toda la casa se puso de acuerdo para ponerse a dar vueltas. Cuando se detuvo, conseguí localizar el arma contra una esquina. No me hizo falta acercarme para descubrir que estaba inutilizado, hay cosas que ni un Kaláshnikov resiste. Por fortuna, la automática que llevaba atada a la pierna seguía en su sitio. La saqué y me fui deslizando apoyándome en las paredes, esperando el ataque que parecía no llegar. Al ir desplazándome descubrí a número uno, muerto sin lugar a dudas, es difícil sobrevivir sin piernas cuando una explosión te las arranca de cuajo. Lo toqué por si acaso y lo encontré frío. Por lo menos llevaba cinco horas muerto, en esto no podía equivocarme, ya llevaba muchos fiambres vistos. Bueno, eso liquidaba la prisa, así que me deje caer a su lado, exhausto por las heridas y la tensión.

Me debían haber dado por muerto, como al número uno. No veía al número tres, pero no era lo que más me preocupaba en ese momento. En cualquier caso, lo que se imponía era salir de allí y cuanto antes. Salté por lo que debía haber sido una ventana y me orienté hacía la parte delantera, podía hacer muy poco en caso de ataque y ya me estaba dando todo igual, aunque mantenía el arma en posición de disparo, dispuesto a llevarme por delante a uno de esos cabrones si se daba el caso. Vista desde fuera, parecía un milagro que la casa no se hubiera derrumbado, con todos los vanos destrozados y el tejado medio hundido en el que faltaban la mayor parte de las tejas. Un petardazo de marca mayor, no entendía como había podido salir vivo. Pero al avanzar un poco más, descubrí que no había sido el único, porque en mitad del jardín estaba número tres, tendido de bruces y cosido a balazos. Aunque no le había valido de mucho, la verdad, pero me demostraba la inmensa suerte que había tenido al no ser rematado dentro de la casa. Quizás al liquidar al número tres y entrar dentro, vieron el cuerpo deshecho de número uno y el mío sepultado y se marcharon, dando por concluida la misión. Tal vez.

El caso es que estaba vivo, mientras mis compañeros habían palmado, pero la situación no se me presentaba muy favorable. El único que sabía de donde podrían haber partido las ordenes de liquidarnos, o por lo menos de quien se habían servido para ello, era el número uno. Muerto él, yo no tenía la menor idea de quien nos había contratado. El camino de escape estaba evidentemente quemado, mis cuentas en clave en Luxemburgo y en cuanto la policía llegara a la casa, porque tarde o temprano lo haría, se darían cuenta de que uno había escapado con vida y en ese momento me empezarían a dar caza. Como mucho 24 horas.

El futuro se presentaba aciago. Atravesé el jardín regado de casquillos, donde el doberman continuaba en la misma postura, con el dardo enhiesto como una bandera de golf. Rodee nuestro coche, que tenía las cuatro ruedas pinchadas y el cadáver del número cuatro, con un profesional disparo entre ceja y ceja. Concienzudos, los joputas. Comencé a caminar por la carretera mientras la aurora despuntaba, cavilando como hacerme con otra ropa y algo de dinero y pensando en que guerra podría ocultarme, siguiendo el principio de esconder los árboles en el bosque.

Con suerte escaparía de esta. Tal vez para palmar en un combate de Beluchistán de abajo, pero en cualquier caso, más adelante.

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