sábado, 22 de mayo de 2010

Embargo

No puedo más.

Voy de un lado a otro recogiendo ropa, metiéndola en maletas y volviéndola a sacar, para colocar otra. Dando vueltas por las habitaciones como un alma en pena, colocando vajillas envuelta en periódicos dentro de cajas de cartón, apilando libros, llenando bolsas de basura con todas esas cosas que se acumulan en los pisos y que no tienen ninguna utilidad, pero que nunca te animas a tirar. Se me caen las lágrimas al guardar regalos tontos que te hacen los amigos, muñequitos con carteles simpáticos, rompecabezas para discurrir en las veladas tranquilas, fotos de lugares agradables que te traen recuerdos de viajes compartidos en los que la alegría era la nota habitual.

La tristeza me aplasta mientras voy ordenando las cosas que me voy a llevar, mirando los pocos muebles que quedan abandonados, tan viejos que nadie los quiso, pero que me acompañaron en mis días en éste piso que con tanta ilusión me compré y que ahora ya no es mío. Aun recuerdo la sonrisa profesional del director de la sucursal al asegurarme que no tendría ningún problema, que con mi nómina fija me bastaba para que me concedieran el hipotecario. La letanía del notario en la firma, los enormes gastos que me cargaron, pero que no importaban, ya que entraban en la financiación. Todo eso a lo que tan poca importancia dieron, pero que aumentaron la operación hasta un nivel actualmente insoportable. Seguro que hacía que el repeinado burócrata se anotara puntos delante de sus jefes y que el banco aumentara sus beneficios y los del notario, ya podrá tirar de Mercedes espectacular con la pasta que ganó por poner una firma en un papel, mientras se daba perfecta cuenta de la usura a la que me estaba abocando y el robo de los gastos, comisiones, seguros; pero que se guardaba mucho de advertir, sólo atento al porcentaje que le correspondería.

Ahora los bancos reciben ayudas del dinero de nuestros impuestos, pero a nosotros no nos llegan más que las migajas. Deslocalizada la fabrica, a pesar de las subvenciones que chuparon y que ahora no aparecen por ninguna parte, te enteras que el paro, por una de esas leyes que solo conoces cuando te la aplican, no te llega ni para comer, que los complementos no cuentan para calcular la prestación, que la base de calculo no es la que aparece al final de la nómina, sino uno de esos numeritos intermedios que eres incapaz de comprender y que todo el mundo se cuida mucho de explicarte.

Lloro mientra empaqueto mi vida, dándome cuenta, tarde, de que lo que para unos es una ilusión, para otros es un negocio. Negocio creado a base de manipular los sentimientos de las personas, basado en la escasa protección que ofrece a los ciudadanos el estado, protección que se hace enorme cuando se trata de favorecer a la banca y a los empresarios. A los grandes empresarios, los pequeños pueden hacer la romería de sucursal en sucursal, sin que les den ni un duro. No hay créditos del ICO para quien no tiene avales por una cantidad tres veces superior. Pero, sin embargo, si los hay para quien se lleva empresas con beneficios a otros países donde los obreros estén aún más explotados y los sueldos sean por tanto todavía más miserables, al objeto de aumentar sus beneficios y sin la más ínfima preocupación por los empleados que dejan atrás.

Esta es la sociedad del bienestar que nos vendieron. En cuanto a mi, arrastro mi pena por los pasillos, camino de la casa de mis padres, donde no me esperaban ni me querían, donde soportaré las borracheras de mi padre, desesperado por los años en el paro, donde veré las lágrimas de mi madre cuando llega destrozada de fregar portales, a sus años, cuando debería estar disfrutando de la jubilación. Donde comenzaré el peregrinar de cola en cola, para presentar papeles que se de sobra que no me valdrán para nada, ya que no hay trabajo para quienes han pasado de unos años, preguntándome si no sería mejor emigrar, como hicieron nuestros padres.

Que poco hemos avanzado. Que rápido nos resignamos. Con que facilidad nos abandonamos al destino, sin oponer ni tan siquiera una muestra de rebeldía. No hace tanto, el despido de un obrero provocaba manifestaciones, sentadas, encierros. Ahora, ni los sindicatos hacen nada, solo atentos al reparto de cuotas dentro de las corporaciones, a liberar miembros en los comités de empresas, a asegurar su futuro sin importarles lo más mínimo los trabajadores que dicen representar. Que país. Que vergüenza.

Cierro la puerta por última vez, pasándole la llave aunque no hay nada que merezca la pena guardar, con la costumbre de encerrar mis posesiones contra la rapiña ajena, como el postrer acto de mis esperanzas evaporadas.

3 comentarios:

laberintoquimera dijo...

Sobrecogedor relato. He de reconocer que mi alma se congeló ante la crudeza y la realidad de sus palabras. ¿Tenemos derecho a ser positivos?

Ensada dijo...

Quizás si, pero hoy no toca ;)

elmendalerenda dijo...

Duro como la vida misma,

hay que darle gracias al nuevo robin hood

Esta mujer le ha faltado 1 cosa

Hacer una fiesta en su piso, invitar a todos sus amigos y familiares con la unica condicion, que traigan un mazo, despues de la fiesta, poner un disco de JUDAS PRIEST he iniciar el juego de haber quien hace mas escombros,este proceder no es incivilizacion , es Dignidad.
Si alguno esta en la misma situacion, no lo dudes, no vais a ir a la carcel, y encima generareis unos cuantos trabajos.