lunes, 10 de mayo de 2010

Robo

Al salir, me di cuenta de que había olvidado las herramientas y volví al interior para buscarlas. En ese momento sonó el teléfono, haciendo que pegara un salto, ya que no esperaba el enorme estruendo que el timbre organizó en la vacía casa. Las paredes repetían insistentemente el sonido, en un eco forzado por el altísimo volumen del timbre. «En esta casa debe vivir un sordo», pensé, recogiendo las palancas y ganzúas de las que me había valido para forzar la caja fuerte. Había sido un despiste totalmente impropio de un profesional como yo, que me preciaba de haber reventado un centenar de viviendas sin haber sido ni tan siquiera olido por la pasma.

El teléfono detuvo su escándalo y repasé las habitaciones para ver si me había olvidado algo más, no fuera a ser que la tontería que había estado a punto de cometer tuviera sucursales en otras estancias. Una vez convencido de que esta vez no había olvidado ninguna otra cosa, me dirigí hacia la puerta para abandonar definitivamente el lugar, cuando el teléfono volvió asonar con su penetrante aullido.

El sonido que retumbaba en las habitaciones era capaz de despertar a un muerto y me empezó a dar la paranoia de que iba a atraer a alguien, así que antes de irme, descolgué el aparato para que dejará de sonar, seguro de que ninguna huella iba a encontrarse en él, ya que no me había despojado de los guantes. El silencio descendió sobre la casa como una manta que lo hubiera cubierto todo y en medio del sosiego que había adquirido la habitación al apagarse el ruido, escuche una voz que procedía del auricular.

.-¿María? ¿Está ahí, María?

Inquiría una voz en él, clara a pesar de estar apoyado boca abajo en la mesa. Miré a mi alrededor, nervioso sin saber porqué, como si la tal María fuera a aparecer de un momento a otro en una de las puertas. Comprendí que había cometido un error al descolgarlo y que lo mejor que podía hacer era marcharme antes que de verdad viniera alguien, pero el sonido suplicante de la voz me atraía hacia el aparato con una fuerza extraña. El anónimo interlocutor debió escuchar el ruido que hice al tomar de nuevo el teléfono, porque se puso a hablar como si supiera que su interlocutora estaba callada al otro lado del hilo. Parecía que se trataba de un modo de operar habitual, ya que sin esperar respuesta, la voz comenzó a desgranar una letanía de reproches, sazonados con promesas de cambio y reconciliación.

.-María, perdóname, no volverá a suceder. Sabes que yo te quiero, pero no puedo soportar que te miren otros hombres. Sabes que no me gusta que salgas con tus amigas, son todas unas golfas que no hacen más que ponerles los cuernos a sus maridos y yo no soportaría eso, antes te mato que me engañes con otro. María, por favor, contéstame y dime que me perdonas, tampoco fue para tanto, solo un par de bofetadas, pero es que te lo merecías, no me haces caso a lo que te mando y yo soy el hombre y me debes respeto, María. No lo volveré a hacer, María, de verdad, te lo juro, eres la mujer de mi vida, la madre de mis hijos y tienes que estar conmigo, que para eso nos casamos y el cura dijo que hasta que la muerte nos separe, María, no puedes dejarme, hasta Dios lo prohíbe, María, ¿que pensaran los amigos, las vecinas, si lo haces? María, vuelve, María, contéstame, María, dime que me perdonas, María, retira la denuncia y volvamos a empezar. Mira que si no lo haces te mato, María, MARÍA, MARÍAAAAA...

Me quede parado en mitad de la habitación, escuchando como aquel hijo de puta mezclaba las amenazas con las palabras de amor, totalmente estupefacto de lo bajo que podían caer algunos. Aunque yo no era precisamente un modelo de virtud, me sorprendí deseando que María no se acercara más a aquel pedazo cabrón, mientras me hervía la sangre de escuchar las sandeces que soltaba aquel tipo. Así que mandé al carallo el profesionalismo y tomando el teléfono le dije:

.-Escucha, montón de mierda, has tenido suerte de no presentarte por aquí. Llevo esperando todo el día por si aparecías, porque tengo un contrato para darte una paliza que te envíe un mes al hospital. Pero después de escuchar las babosadas que sueltas, me parece que te voy a meter tres tiros en los huevos según te eche la vista encima y sin molestarme en subir la tarifa, ¿me has oído, pedazo cabrón?

Sólo me respondió el silencio, el tipo había colgado según empezó a escuchar mis amenazas. Un valiente, la joya, ni por teléfono tenía narices para ponerse chulo con nadie, seguro que era de estos notas que solo se atrevían a pegar a las mujeres. Unos héroes de mucho cuidado.

Sintiéndome estupendamente, me marche a toda pastilla, porque ya llevaba demasiado tiempo dentro y no fuera a ser que la buena acción del día me fuera a costar un arresto. Con un poco de suerte, la policía le echaría la culpa del robo al valiente ex de la dueña de la casa.

Sería justicia poética.

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