lunes, 31 de mayo de 2010

Valor

Lo había conseguido. Habían sido años de malos tratos, de golpes, de insultos, de desprecios, de humillaciones sin fin, en una espiral de violencia que solo podía tener un final. Fue cuando comprendió fehacientemente que no había salida, que el destino final que le estaba esperando era la muerte, cuando por fin logró juntar el valor suficiente para dejarlo. Fue cuando se dio cuenta de que nada iba a cambiar por muchas promesas lloriqueadas tras los golpes, por muchos propósitos de enmienda que duraban hasta la próxima borrachera. Lo había intentado una vez y la había ido a buscar a casa de sus padres y con promesas entreveradas de amenazas, convencido para que volviera con él; a pesar de la firme oposición de su padre, que lo quería matar. Fue eso lo que la convenció, no podía soportar que su padre, al que adoraba y al que creía muy capaz de realizar sus amenazas, fuera a sufrir cárcel por culpa de aquel malnacido.

Pero la vuelta fue peor, a los reproches de celos absurdos, porque nunca la dejaba salir de casa, siguieron las amenazas y los desprecios, el ninguneo más doloroso aún que los golpes, que no tardaron en volver a ser una parte de su vida, oculta detrás del maquillaje y la ropa de manga larga. Pero ningún maquillaje era capaz de disimular su abatimiento, su manera de caminar por el súper con la vista baja, dejando a su paso un rastro de miradas compasivas y creando en torno de sí una ola de silencio que solo se rompía al alejarse por los susurros con que las clientas comentaban su desgracia.

Así que esta vez lo planeó mejor, dándole vueltas durante meses de golpes previos a violaciones reiteradas por parte de aquel cerdo, que la dejaban repleta de un asco de si misma abrumador. Pero daba igual, por mucho que le repitiera que se merecía todo lo que le pasaba, esta vez sabía que no era cierto. Estaba muerta de miedo, pero sabía que no era verdad. Temblaba con solo pensar en el momento en que saldría de la casa, pero quería vivir.

Por fin se decidió. Levantó el teléfono y llamó, temblando por si se le ocurría volver a casa. Racionalmente se decía que no iba a pasar nada, que estaba en su trabajo, que no iba a entrar por la puerta, pero los años de miedo que anidaban en su interior la hacían temblar de tal forma que no podía marcar el número. Después de dos intentos fallidos, una voz del otro lado le informó que estaba allí para ayudarla, que el teléfono no saldría reflejado en su factura, que nadie se enteraría que había llamado. Pero ella no la dejó continuar, suplicando a gritos que la sacaran de allí, entre lloros y angustia, echando fuera años de humillaciones, le dijo que no aguantaba más, que la ayudaran a irse a donde fuera, que la buscaran un sitio, que por favor la acogieran.

Cuando logró calmarse un poco, siguió las instrucciones que le daban, cogió sus documentos y el poco dinero que había ido sisando y dejándolo todo atrás, bajo a saltos la escalera. Un coche ya la estaba esperando, desde donde la urgieron a subir. Dentro encontró unos brazos que la acogieron y le decían que todo había pasado, que ya no tenía por qué tener miedo, que nunca más le harían daño.

Que sólo hacía falta tener valor una vez. Con eso llegaba.

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