viernes, 4 de junio de 2010

Autopista

Cogió la autopista y aceleró el coche a fondo, sin ninguna preocupación por los radares. Iba cometiendo un holocausto de mosquitos, que morían contra el parabrisas con diminutas explosiones. Alguno dejaba un rastro de sangre que los limpias tardaban en eliminar, rechazada el agua por la velocidad. No se apartaba del carril de la izquierda, dando luces y bocinazos a cualquiera que se atreviera a interrumpir su camino. El potente motor del coche rugía monotonamente mientras los kilómetros iban pasando sin cesar. A la vez que el automovil, la vida se iba quedando rezagada, los problemas pasaban a un segundo plano, las preocupaciones se olvidaban, solo estaba el coche y él. Los camiones que subían despacio la cuesta de Herves iban quedando atrás, lentos, lentos, lentos, mientras seguía rodando sin cesar.

Nada importa cuando el coche acelera, vuelves a estar solo, no tienes que preocuparte por la familia, no tienes que preocuparte por el trabajo, no te inquieta el paro, no piensas en la crisis, no piensas en nada mientra la velocidad te va penetrando en el sistema nervioso, como una droga que insidiosamente se deslizara en la sangre haciendo que las neuronas vibren acopladas al murmullo de las ruedas contra el asfalto.

Los postes de emergencia se deslizan hacia atrás sin solución de continuidad, pasas bajo los puentes sin tiempo para que te de la sombra, el depósito lleno te permite continuar sin necesidad de parar ni un segundo, sin motivos para descansar un rato, siempre corriendo, siempre pisándole, cada vez más aprisa, cada vez más rápido, mientras ríes descontroladamente al ver cómo todos se quedan rezagados y tu eres el mejor, el que más corre, el que le pisa sin pensar en las consecuencias.

La autopista es tuya, los demás son solo una molestia, como ese camión que ahora se te cruza y que hace...

No hay comentarios: