jueves, 24 de junio de 2010

Cantarina y las manzanas

Cantarina Ramos nunca pensó en llegar a alcaldesa. Porque Cantarina Ramos odiaba la política. Pero, sin embargo, le encantaban los frutales. No es que tuvieran mucha relación, pero los caminos del Señor son inexcrutables. Del señor Paco, que la abordo un día mientras que Cantarina estaba en su frutal. Hermoso vergel, el frutal de Cantarina, de antiguos manzanos cargados de liquen y de pequeñas frutas, mayormente utilizadas como proyectiles por la chavalería del lugar, dado su tamaño y dureza. Uso que también le daba Cantarina, como pudo comprobar el señor Paco cuando, tras haber abordado a Cantarina, quiso probar de la fruta prohibida sin haber solicitado antes la pertinente autorización. Nunca lo hubiera hecho, ya que Cantarina tenía un fabuloso gancho de derecha, que el señor Paco probó en sus propias carnes al intentar palpar las ajenas. Y también probó la frutas del huerto de Cantarina, no en forma de tarta o mermelada, sino de apedreamiento, o más bien amanzanamiento, propinado por la interfecta, que en cuestión de palpamientos era muy mirada.

Después del apedreamiento, o más bien amanzanamiento, del señor Paco, Cantarina dirigió sus pasos hacía el ayuntamiento de la pedanía, donde procedió a la denuncia del caso ante el anterior alcalde, a falta de cuartelillo de Guardia Civil, del que el lugar carecía. El alcalde, fiel a la tradición española de minimizar agresiones sexuales, siempre que el género de la agredida fuera femenino, no le hizo mucho caso. Que el género fuera masculino era algo que nunca se había dado, pero era esperado por los naturales del lugar como medio para aliviar sus tediosas existencias. Pero mientra esto ocurría, tuvieron que lidiar con la furia desatada de Cantarina, que explicó su caso con profusión de detalles e indignaciones ante el prócer municipal, a pesar del nulo interés demostrado por el portador de la vara. Cuando Cantarina se fue dando cuenta de que su denuncia iba a quedar en agua de borrajas, estuvo tentada de volver a probar su afamado gancho en la mandíbula del alcalde, o en su defecto, su puntería manzanil. Pero se conformó con agarrarle por la corbata y, acercándoselo hacia si, espetarle a la cara, mientras ésta iba tomando un bonito color cárdeno, la opinión que le merecía su presencia en el ayuntamiento, junto con la que tenía de su señora madre y de gran parte de los miembros de su familia, retrocediendo en el escalafón familiar hasta un primo de Adán y Eva.

Posteriormente, dejando al alcalde en el trance de desincrustarse la corbata de la garganta, Cantarina Ramos volvió a su vergel y, aprovisionándose de una cesta, cargó de manzanas el capazo y aprovechó la cercanía de los comicios municipales para comenzar su particular campaña electoral, entre las féminas en primer lugar, las que le dieron incondicionalmente su apoyo, cansadas como estaban muchas de ellas de los intentos fugaces de palpamientos por parte del personal masculino y de los nulos resultados de sus quejas. Con el apoyo del sector femenino y el de gran parte del masculino, que habían catado las manzanas de Cantarina al intentar tomar a chacota la candidatura de la interfecta, Cantarina logró un gran éxito, convirtiéndose sus manzanas en el eslogan electoral más eficaz desde la campaña de la UCD en las primeras elecciones.

Para cuando pasó la temporada hortofrutícola, Cantarina Ramos estaba comodante instalada en el sillón municipal, gozando de mayoría absoluta en el lugar y con la cesta permanentemente a su lado, cargada de piñas piñoneras, que hacían incluso más daño que las manzanas. El señor Paco era capaz de dar un rodeo de cinco kilómetros con tal de no pasar por delante del ayuntamiento.

He aquí la historia de Cantarina Ramos, a la que su amor por la fruta encumbró a la alcaldía. Y su puntería.

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