martes, 22 de junio de 2010

Desvergüenza

He de confesar que se me ha terminado la vergüenza ajena. Y la propia. Estamos asistiendo a un espectáculo político y económico que dan ganas de resucitar a Don Emiliano Zapata, subirse al caballo, que para gasolina no hay, y restablecer la Revolución. Lo único que me detiene es que ya no estoy para esos trotes, la revolución es cosa de jóvenes y jóvenas y uno ya tiene una cierta edad.

Porque además el espectáculo es mundial, como el fútbol. Porque si fuera una cosa local podríamos obviarla como parte de la payasada a la que nos tienen acostumbrados nuestros políticos, de los que hace tiempo que no espero nada. Pero no, esto ya no es cosa nuestra, sino que forma parte de una situación generalizada a todo lo ancho de la bola ésta en la que vamos montados. Que la paren, que yo me bajo. Da igual, me bajo en marcha.

Es que es para darle la razón a las teorías conspiranóicas. Después de la sangría a los gobiernos de todo el mundo a cuenta de la gripe A (¿se acuerda alguien de ella?), que se dedicaron sin ningún rubor a gastarse una pasta en comprar vacunas, pasta que nos vendría ahora de perlas para capear el temporal económico que desataron los hermanos de sangre de las farmacéuticas griposas; ahora nos están sacando lo poco que nos queda para tapar los agujeros que ellos mismos hicieron, al grito de «el mercado se regula solo». Ya se ha visto lo que se regula. Se regula en la dirección del latrocinio descarado.

Y, por si fuera poco, nuestros queridos amigos y vecinos de Europa, en vez de formar una piña contra los ataques especulativos contra el euro, es decir, contra casi todos, y pararles los pies a los ataques del exterior, se dedican a vacilarse y vacilarnos a cuenta de lo que cada uno tiene comprado en bonos del otro. Que en el fondo es lo único que los mueve, la codicia, la pasta, el cash. Cualquier llamamiento de cualquier partido, sindicato, país, estado, organismo europeo o mundial que se oiga en el sentido de mitigar las miserias a la que están empujando a trabajadores y pequeños empresarios, o de regular el mercado para evitar ser juguete de unos cuantos multimillonarios, puede ser directamente desechado como spam. La tozuda realidad se encarga de enseñar que, como decía Miguel Ángel Aguilar en la tertulia de Hora 25 una de estas noches pasadas, no exportamos derechos en su momento y ahora estamos importando esclavitudes.

Es decir, en roman paladino, primero nos llevaron a endeudarnos hasta las cejas. Ganaron un pastón. Después quebraron los bancos donde estaban nuestras deudas. Sacaron otro pastón de los estados, más lo que nunca devolvieron. Más adelante, la bolsa se desploma. Sacaron otro pastón. De resultas, cierran infinidad de empresas, dejando un montón de gente en la calle, mientras que se saca otro pastón al estado en subvenciones de paro, de empresas y de comunidades autónomas. Otro pastón añadido, el sangrado a cuenta de subvenciones a empresas que inmediatamente se deslocalizaban, más obreros al paro. No faltó por medio quien aprovechó todos los mecanismos del marketing viral para mover el miedo colectivo y sacar otro pastón global, con la ayuda de organizaciones supraextraMarilolicomoflipo del estilo de la OMS. Y con la ayuda de que aquí todo sale gratis. Así es el mundo mundial.

Ya sé que poco se puede hacer, en realidad, pero por lo menos no nos dejemos engañar. La explotación de un obrero del sudeste asiático nos tiene que ser tan cercana como la de un trabajador de Repsol. O más cercana aún. Por que no haber defendido sus derechos es lo que hace que ahora nos quieran hacer retroceder en los nuestros. Globalicemos también los derechos sindicales, a pesar de la desvergüenza de sindicatos que sufrimos por aquí, eso es mejor que nada. Peleemos por ellos bastante más que por las flotillas de Gaza, o por lo menos, al mismo nivel. Porque un servidor, con lo mal pensado que es habitualmente, tiene la profunda sospecha de que hasta las causas más nobles de las ONGs respiran un tufillo de tapadera hacia los temas que de verdad nos afectan y por lo que deberíamos preocuparnos en primer lugar. Y el que más directamente lo hace es la merma de la capacidad de los estados para defender a sus ciudadanos, sea ésta producto de la estafa o de las imposiciones para arreglar la estafa.

Así que en vez de asistir impasibles al desmantelamiento de la sociedad del bienestar, luchemos para evitarlo, oponiéndonos a las medidas impuestas desde fuera y que sólo benefician a quienes son culpables de la situación actual y a la vez, luchemos para exportarlo a todas partes del mundo. Sólo así se evitará que «los mercados» puedan especular con las diferencias entre economías y seguir favoreciendo la explotación.

1 comentario:

Góngora dijo...

Me quito el sombrero contigo, Ensada. Tienes 100% de razón. Hay que ver cómo te expresas; esa franqueza, sinceridad y sentido de la justicia que demuestras me gustan.