jueves, 17 de junio de 2010

Mentira

La habitación se le quedaba pequeña para lo que estaba acostumbrada, después de la vida de lujo y derroche que había llevado, pero ella la prefería así. Todo había sido falso en aquella relación, menos los diamantes, lo que ya era algo. Pero por muchas joyas que le fuera regalando, no podían ocultar con su brillo la farsa en la que estaba viviendo. Todo había empezado como en un sueño dentro de otro, cuando lo había conocido en aquella fiesta. Ella ya estaba deslumbrada de antemano, poco acostumbrada, entonces, al lujo que veía desfilar ante sus ojos. Había asistido invitada por su amiga Perfe, antigua compañera de colegio a la que no había vuelto a ver desde que acabara el bachillerato. Perfe venía de una familia bien, de esas en que el dinero ya ha adquirido respetabilidad con el tiempo, aunque su abuelo había sido poco más que un pirata. Bastante distinta de la suya, en la que sus padres habían tenido que arar mucha tierra para conseguir que la niña estudiase, aunque para ellos el orgullo de verla recoger su título había sido pago suficiente para sus desvelos. Por lo menos la muerte había tenido el detalle de dejarles aguantar hasta ese momento, antes de llevárselos a los dos en un corto espacio de tiempo.

Fue en aquella fiesta donde lo había conocido. Ataviada con un modesto vestido de grandes almacenes, sabía que desentonaba entre los Guccis y los Armanis, pero no había podido resistir a la tentación de ver aquel mundillo que hasta entonces solo conocía a través de las fotos de las revistas del corazón. Perfe la había introducido con cariño en el ambiente, porque desde el colegio se habían llevado bien y debía guardar de ella un buen recuerdo, tal vez resultado de los innumerables ejercicios que le había dejado copiar. Y cuando se habían encontrado después de los años, se había empeñado en que viniera con ella a este fiestorro, donde decía aburrirse soberanamente y donde podrían aprovechar para comparar notas de sus vidas, mientras cotilleaban como locas de los asistentes a la velada. Y mientras se bebía una copa de champán francés, que probaba por vez primera, notó que no le quitaba ojo aquel morenazo de la esquina. Estaba rodeado por una colección de escotes que parecían competir por captar su atención, pero que no obtenían ningún resultado, porque él solo tenía ojos para ella.

Perfe también se dio cuenta y enseguida le puso al tanto de la vida y milagros del chulazo que se la estaba comiendo con la vista, que tenía una de esas miradas que te dejaban desnuda. Resultaba que el caballerete en cuestión era el heredero de uno de esos pazos antiguos que se enseñoreaban a la vera de un río, con sus escudos tallados en granito y sus caseros de boina en mano, mostrando respeto por el vinculeiro. Así los había visto la primera vez que fue allí para ser presentada a los padres de su futuro marido, una pareja lánguida y decadente que le pasó revista como si fuera una nueva yegua de sus cuadras, para acto seguido desentenderse de ella y continuar lo que parecía ser su juego favorito, dedicarse el uno al otro una cantidad interminable de puyas y desprecios envueltas en la más exquisita cortesía.

Cortesía que se podía extender a su novio y luego marido, que la había cortejado siguiendo el protocolo de un manual del siglo XVIII acerca de como se debía comportar un pretendiente discreto y respetuoso, inundando su casa de flores y sus habitaciones de joyas, cuyo brillo habían cegado sus ojos y sus sentidos. Lo habían hecho de tal modo que a ella no le había parecido extraño que sus efusiones amorosas fueran tan escasas durante su corto noviazgo. Ni siquiera habían llegado a acostarse juntos antes de la boda, lo que la había dejado preocupada un tiempo. Tenía miedo de que el cuento de hadas que vivía solo fuera un sueño y que se despertaría de repente, retornando a su vida de oficinista. Claro que su noviazgo había sido corto, apenas unos meses, y pensaba que ese respeto que la mostraba se debía quizás a una conveniencia de la alta sociedad que ella ignoraba.

Pero a partir de su boda, por todo lo alto, en la iglesia de más postín y con convite en el hotel de más estrellas, se dio cuenta de lo que podía esperar de su hombre. La noche de bodas había cumplido con el débito marital con pasión y ella había disfrutado mucho, abrazada a su cuerpo musculoso por las horas de gimnasio, pero los demás días de la larga luna de miel siempre había tenido una excusa para no tocarla. Después, a lo largo de las noches en su pisazo del centro, rara vez lo habían vuelto a hacer. Dormían en habitaciones separadas ya desde el primer día y el se refugiaba en la suya, mientras que ella se quedaba esperándolo desnuda en su cama, sin que nunca se abriera la puerta para calmar su deseo. Poco a poco se fue dando cuenta de que aquel pedazo de hombre era homosexual y que su matrimonio no era más que una tapadera detrás de la que se escondía ante los ojos de la sociedad. Una vez le confesó sus temores a su amiga Perfe, la única del nivel social de su marido en quién confiaba, y por ella se enteró de que ese era el sistema preferido por los homosexuales de la jet set para disimular sus aficiones. Con cinismo, le recomendó que se buscara un amante, a fin de cuentas, cuanto más la rechazaba, más la cubría de collares y pulseras y no era cuestión de abandonar esa vida por un detalle tan nimio. Los maridos de otras no eran homosexuales y tampoco hacían ningún caso a sus legítimas, bastante más interesados en jovencitas que les inflaban el ego y les desinflaban el bolsillo.

Pero ella, al principio, seguía enamorada de él y no se le pasaba por la cabeza engañarle, aunque en este caso casi no sería engaño. Más adelante cedió un par de veces a las atenciones de algún conquistador profesional, de esos que si vivieran en el Oeste harían una muesca en su colt por cada hembra abatida, pero que tenían la ventaja de que una vez conseguidas sus intenciones, nunca más los volvías a ver. Pero eso no pasaba de un vulgar remedo a sus cuitas. Por dentro, se iba ensimismando en una depresión cada día mas profunda, que los terapeutas de alto standing a los que acudía no encontraban solución. Pero ella sabía perfectamente lo que le pasaba, su educación pragmática no se avenía con el estado de su vida. Y por eso decidió abandonar la vida de lujo a la que nunca se había acostumbrado y marcharse de casa sin volver la vista atrás. Por lo menos, la vida de riqueza que había sido suya, la había revestido de un calculado cinismo que hizo que dejará atrás los vestidos de gala, pero que se llevará todas las joyas. Más adelante sus abogados se encargarían de sacarle una pasta a su ex, posiblemente le llegaría para vivir toda su vida con desahogo. Pero en el modesto pisito que había alquilado, podría volver a empezar a vivir la vida auténtica, esa que olvidara durante los años de tedio y tristeza que habían conformado su matrimonio, que solo lo era de nombre.

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