domingo, 13 de junio de 2010

Primavera

La primavera había llegado a Cullergondo de Peiró, sin necesidad de anuncios de Grandes Almacenes; aunque haberlos, habíalos, al igual que en las comarcas circundantes. La primavera había llegado, decíamos, y con ella la muchachas en flor y desfloradas, que alegraban los paseos y jardines con sus trinos despreocupados. O tal vez los trinos eran de los xílgaros que anidaban en los plátanos del paseo, o de las flores que crecían escamadas de su corto pasar. En cualquier caso, la música desprendida de las jóvenes gargantas sonaba en los oídos de los cullergondinos como toque de trompeta que anunciara los futuros goces que sus tibias mentes desbarraban, en espera de la definitiva subida térmica que estacionalmente se producía en los sistemas líbicos del personal.

Al calor de este sonido, los aborígenes se desprendían de sus ropajes de invierno y sacaban livianas prendas de la profundidades de vetustos armarios, heredados de padres a hijos desde los lejanos tiempos en que estos indestructibles muebles habían sido tallados por olvidados maestros ebanistas, miembros todos ellos de rememoradas logias que subsistían aún en el más profundo de los secretos, ya no puliendo con mimo distintos tipos de maderas nobles, sino resistiendo el paso de los siglos sin más objeto que la resistencia en si, en espera de primaveras futuras que habrían de llegar cuando el Gran Maestre de la Orden Regular tuviera a bien decretarlo.

Ataviados con las leves chaquetas y pullovers recien rescatados de su letargo, el gremio masculino se dedicaba al acecho de las aleteantes féminas con igual pasión a la que en los meses de invierno utilizaban para cazar acuáticas con espera en las márgenes de las marismas que se extendían por las tierras de Cullergondo, que en su reducida extensión ofrecía toda clase de posibilidades de tipos agrarios. Las aves acechadas en esta ocasión respondían de modo alterno al de sus congéneres de pluma natural, ya que lejos de huir dejando un reguero de plumón en su estela, acudían al sonido de los primeros disparos con idéntico alborozo con el que comentaban las vicisitudes de sus peluqueras favoritas. Es ocioso describir que los reclamos utilizados diferían según la presa que se buscara, ya que aunque los engaños sonoros atraían a las palmípedas, rechazaban con premura a las bípedas minifalderas, que escapan hacia el refugio de cafeterías y tabernas, en espera de que los vermutes y las copichuelas las ayudaran a elegir en la berrea al semental de la jornada.

Los pretendidos garañones se pavoneaban en las aceras, intentando que su estampa fuera suficiente par lograr sus pretensiones, aunque no ignorando que el dispendio en las barras sería lo que al fin atrajera a su engaño a las pretendidas engañadas, que desengañándose sin error de las intenciones de los pretendidos pretendientes, se dejaban querer en mayor cercanía según aumentaba la cercanía propia con los diversos destilados que iban ingiriendo como pago y cobro de intenciones diversas y convergentes. La reiterada repetición de estos rituales año tras año, marcaba el paso de las estaciones en Cullergondo de Peiró y ayudaba a los lugareños a distinguir los patos de las patas envueltas en medias enterizas que abundaban por los paisajes urbanos y rurales, en previsión de heladas tempraneras y como penúltimo estorbo de los arrojados cazadores en la consecución de la presa.

Helada primavera la de estos pagos, templada por la música de las esferas.

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