sábado, 5 de junio de 2010

Tipos de la humanidad: el lameculos

Comenzamos con ésta una serie que pretende describir a los distintos especímenes con los que esta jodida especie humana, a la que pertenecemos la mayor parte por imposición nascituri, se adorna o se afea; que en eso hay matices, opiniones, dimes y diretes y tema para discusiones, debates y charlas de taberna.

Sin más digresiones, pasaremos a describir a nuestro hombre, porque hombre es en su mayor parte los naturales de esta subespecie de la degenerada raza humana. Las mujeres también cuentan con «representantas» en el tipo, pero siendo varón la mayor parte de él, omitiremos por un tímido decoro la mención a las féminas que ostentan tan deleznable condición.

El lameculos, como su propio nombre indica, no creyéndose en posesión (y en esto acierta) de ninguna gracia particular, dirige sus afanes por los alrededores de quién tiene lo que a él le falta: coraje, ímpetu, gracia y desparpajo para con los demás. El objeto de su adoración y servidumbre puede ser alguien cercano, como el guapo del barrio donde mora o habita, el capataz de su trabajo o directamente el jefe, si es que se atreve a tanto. O puede ser también alguien lejano, siendo entonces mas patético aun si cabe su servilismo y adoración. El actor de cine, el político trapacero y populista, son las estrellas de su firmamento, siendo mas abyecto su peloteo cuando mas lejano esté el objeto de su deseo.

Y decimos deseo, conscientes de que la palabra, el logos que detalla su pulsión ultima, tiene algo (mucho) de sexual en su intensa adoración, ciega como el amor a los defectos de la persona amada, intensa como la atracción sexual por los congéneres de la especie y que, en fin, no se diferencia de ésta más que en la imposible descarga de los anhelos reprimidos, ya que le está vedado el orgasmo liberador de la relación corpórea con el objeto de su deseo.

Aunque a veces, si el objetivo de su lengua esta lo suficientemente cerca, puede obtener un remedo de éxtasis al recibir una sonrisa, una mirada o tal vez nada más que un desprecio por parte de su dios, que el juzga benevolente desde la altura a la que lo eleva. Difícil cura la de este amor que se alimenta de rechazo.

Y así arrastra su vida, permanentemente buscando la rivera donde amarrar el barco de sus desvelos, siempre que esté cerca del muelle donde atraca el buque de su adoración, mientras que éste se mantenga fiel al papel que le es asignado.

Porque el lameculos no perdona una caída del pedestal al que sube a su amado, si no se mantiene por encima del nivel del resto de la plebe, o si sus acciones no están a la altura de la febril imaginación de nuestro despreciable congénere, al descorrerse el velo de alabanzas que teje con paciencia infinita nuestro rastrero amigo y dejar en evidencia la verdadera cara de su adorado, el amor se transforma en odio con la proverbial velocidad y puede llegar a ser mortal en los casos más graves.

No tiene tratamiento.

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