miércoles, 11 de agosto de 2010

Un hombre de suerte

Ernesto era un hombre con suerte. En todo lo que hacía. Pero hoy la iba a necesitar. El manotazo con que apagó el despertador inauguró el día, rompiéndole un trocito de uña. Gracias a eso despertó a la primera, por suerte, ese día tenía que llegar temprano para preparar la entrevista con los japoneses. Chupándose el dedo dolorido, se dirigió a la ducha, donde no le pasó nada desagradable mientras alternaba los chorros de agua caliente con la fría, en un masoquismo mañanero de difícil explicación, pero muy extendido. Fue al salir de la ducha cuando tropezó con el canto del armarito, haciéndose polvo una espinilla. Bueno, podría ser peor, no se había roto nada. Ni siquiera sangraba.

Lavado y perfumado con una colonia varonil, que dejara a las secretarías impactadas y a los japoneses epatados, comenzó el ritual de vestirse de punta en blanco. Lo comenzó rompiendo un calcetín nada más ponérselo. Minucias, tenía siempre reserva de ''Ejecutivos'' nuevos. Ya enfundado en sus Kalvin Klein y en el impecable Armani, procedió a la delicada operación de anudarse la corbata de seda. En su esfuerzo por conseguir un nudo windsor perfecto, estuvo a punto de estrangularse, pero al final logró que quedara a la altura de la importante reunión proyectada. Los japoneses lo estaban volviendo loco. Que exigencias.

Antes de salir, revisó que estuviera conectado el contestador del pequeño despacho que tenía en su apartamento. La luz en el aparato le indicó que algo iba mal. Al acercarse vio que marcaba que no tenía comunicación. Lo comprobó con el teléfono y vio que era cierto. Le habían cortado la linea. Justo hoy, con los japoneses a las puertas. Bueno, daba igual, el móvil seguía funcionando, ya vería de mirar lo que fuera, con las operadoras de telefonía nunca se sabía lo que podía pasar. Igual le habían cargado un par de miles de euros por alguna llamado que no hubiera efectuado, como a aquel señor de no hace mucho. Si tenía un hueco libre, lo arreglaría, porque el internet tampoco iba y no podía leer el correo. Da igual, lo leería en la oficina. Además, fuera lo que fuera, tendría que esperar a la reunión con los japoneses.

Salió del piso, asegurándose de dejar la alarma conectada y la puerta bien cerrada, y se introdujo en el ascensor que lo llevaría directamente al garaje donde dormía su impecable deportivo. Antes de llegar al sótano correspondiente, la cabina se detuvo. Las luces de emergencia se encendieron inmediatamente. Vaya por Dios, con la prisa que tenía. Pulsó el botón de alarma y antes de que pasará un minuto escucho los gritos del Severino, el portero, que ignorando olímpicamente el intercomunicador que las nuevas normas habían obligado a instalar, le decía que estuviera tranquilo, que se había ido la luz, pero que enseguida le abría la puerta. Que contrariedad, con los japoneses esperando. Afortunadamente, Severino estaba a mano, en vez de en el bar de enfrente, donde habitualmente dejaba trascurrir las mañanas.

Cuando por fin consiguió salir del ascensor, además sin manchar su impecable terno, por suerte, tuvo que gritarle a Severino que volviera, ya que sin luz no funcionaba el automático de la puerta del garaje. Que hombre más lento, ahora se había dejado las llaves en la portería. Los japoneses ya estarían aterrizando. Salió por fin del aparcamiento y se introdujo en el caos matutino. Los coches parecían pegados los unos a los otros y avanzaban a paso de tortuga hasta que consiguió tomar el enlace con la autovía, que como no podía ser menos, estaba colapsada. Un choque en cadena, sin heridos, por suerte, hacia que el tráfico tuviera que ser desviado por los arcenes por unos cansados agentes. Que contrariedad, menos mal que había enviado la documentación por fax el día anterior a su secretaria, que ya tendría preparada la presentación que les iba a hacer a los japoneses.

Encontró de chiripa un estacionamiento cerca del trabajo y se dispuso a hacer una entrada a la altura del importante negocio que iba a realizar con los japoneses. Al pasar por la puerta se le quedó enganchada la cartera en la puerta automática, arruinándole la puesta en escena. Bueno, por suerte estaba cerca el pelota de García, que recogió todo en un plis plas y pudo encaminarse a su oficina, dispuesto a organizar los últimos detalles de la reunión con los japoneses. Nada más entrar, ya estaba sonando el teléfono. Su secretaría le avisaba que la limusina que habían enviado a recoger a los japoneses se había averiado a la entrada del aparcamiento de la terminal, pero que por suerte, los japoneses no habían podido tomar un enlace y no llegarían hasta la tarde. Que contrariedad. Bueno, aprovecharía para hacerle una visita a su amante, así se relajaría de cara su reunión con los japoneses.

Despachó unos papeles para ganar tiempo y se dirigió hacia el pisito de Vicky, que quedaba cerca. Iba pensando que era un hombre de suerte por estar liado con una hembra tan impresionante como Vicky cuando le atropelló el autobús al cruzar sin mirar un paso de peatones. Mientras iba en la ambulancia, camino de la UVI, pensaba que había tenido suerte, el seguro le pagaría una pasta al estar cruzando por un paso de cebra.

Ernesto era un hombre con suerte. Con mala suerte. Por eso todos los que le conocían no se extrañaron, mientras comentaban su fallecimiento, de que la ambulancia que le conducía al hospital se saliera de la carretera al cruzar un puente.

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