viernes, 24 de septiembre de 2010

Asalto

El sudor me resbalaba por la piel mientras ascendía por la tosca escala que se apoyaba en la muralla del torreón. Embutido en una cota de mallas, me agarraba desesperadamente a sus travesaños, subiendo sin parar detrás de mis compañeros. Con la vaina atada a la espalda, para poder asir rápidamente la corta espada que asomaba su cruz por encima de mi hombro, subía sin parar por medio de las azagayas que nos llovían desde sus almenas.

El olor del miedo me aturdía, las salpicaduras de sangre de los guerreros abatidos me cegaban, pero retroceder era imposible y solo quedaba subir. Subir más arriba, subir como único objetivo, subir como si nos fuera la vida en ello, que era lo que nos iba, para lo que nos pagaban nuestras mísera soldada. Embrutecido por el alcohol, iba gritando las consignas de combate que nos permitían distinguirnos entre el fragor del combate, cuando llegué hasta lo más alto y me dispuse a saltar la almenas, esquivando las piedras arrojadas por sus defensores. Al echar la mano hacía atrás para sacar la espada, una flecha me atravesó el musculo por completo, haciendo que un dolor espantoso me sacudiera todo el cuerpo. Pero no era momento de lamentaciones, la más mínima vacilación y podría darme por muerto, así que saqué la daga con la otra mano y procuré despejar un lugar en la barbacana a salvo de las continuas descargas de todo tipo de armas con las que procuraban rechazarnos. Los otros miembros de la mesnada iban consiguiendo superar a los defensores y procurando situarme a espaldas de mis camaradas de armas, me libre de un soldado caído rebanándole el pescuezo con la daga y conseguí cortar la punta de la flecha que asomaba de la carne y retirar la espiga de la herida que me cubría el brazo de sangre. Sin preocuparme más de ella, logré sacar la espada y me volví al interior del patio de armas, para unirme a los que intentaban ganar la puerta. Los defensores, al ver esta perdida, retrocedieron hasta la torre y se hicieron fuertes en ella, mientras que el resto de la tropa penetraba por el paso que habíamos abierto y se dedicaban a eliminar a los defensores que no habían podido ponerse a cubierto dentro del torreón.

Hubo un breve momento de respiro mientra que los condotieros organizaban el asalto de la torre, desde la que nos hostigaban sin cesar los castellanos. Pero sin la ventaja que proporcionaba una muralla almenada, las tentativas de estos eran estériles, ya que nos era fácil permanecer a cubierto de sus lanzas entre los despojos de la destroza poterna. Los villanos que nos acompañaban habían traído un enorme árbol recién talado para que nos sirviera de ariete, con el que nos dedicamos a intentar derribar la puerta. Contemplé la escena a cubierto, ya que mi herida no me permitía ayudar con el inmenso madero y aunque los defensores procuraban abatir a quienes la manejaban, nuestra compañía de arqueros hostigaban sin cesar las estrechas ventanas del edificio, para apartar de ellas a los enemigos. Comprendí que no podía faltar mucho para derribarla al ver como las mujeres del asediado torreón saltaban al vacío desde las alturas, prefiriendo el suicidio antes que la violación colectiva que sufrirían sin lugar a dudas las que capturáramos. Las llamas empezaron a surgir de la torre, incendiada por los defensores desesperados que nos negaban así la posibilidad de pillaje, mientras que la puerta caía y por ella surgían los escasos supervivientes, que habían decidido morir matando, como los bravos guerreros que habían demostrado ser.

Mientra el humo subía desde la destrozada torre y algunos intentaban apoderarse de lo poco que no hubiera ardido, no tuve fuerzas mas que para apoyarme en el muro e intentar vendarme lo mejor posible la herida del brazo con un trozo del vestido de una de las mujeres aplastadas contra el patio. Había sobrevivido a un torreón más en esta larga guerra, en la que nunca sabía a favor de quién estaba luchando.

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