martes, 27 de abril de 2010

La estupidez es democrática; los estúpidos, no.

Ñoras y Ñores, hay para todos.

Después de haber escuchado a Camilo Sexto descubrirnos la causa de la calvicie y de la homosexualidad, aparte de darnos unas amenas instrucciones para desatascar cañerías, ahora conseguimos rizar el rizo: que dice el ayatollah que las mujeres que no vistan como Alá manda incrementan el número de las relaciones sexuales (lo que me creo a pies juntillas) y aumentan los terremotos. Acto seguido, cortó una docena de manos y administró los latigazos de ordenanza.

La verdad, en el fondo no deja de tener razón el torquemada iraní este, se yo de alguna que provoca movimientos sísmicos con un golpe de cadera. Como no podía ser de otra forma, en la misma noticia da cuenta de la creación de un grupo en Feisbuc para juntarse a la guerra de escotes, con lo que algo bueno saldrá de esto.


Tengo la sensación de que entre la nomenclatura mundial se cruzan apuestas para ver quién se alza con el título de estupidez del año.

lunes, 26 de abril de 2010

La abuela

La abuela siempre contaba la misma historia y los nietos la oíamos de fondo mientras correteábamos por el enorme caserón.

.-Vinieron a buscarlo, aunque ya sabían que no estaba aquí. Podía haber estado, en la alacena de la cocina aun sigue el hueco donde puede esconderse un hombre si hace falta, pero él nunca lo necesitó. El estaba en Monteduro, donde el partido lo había enviado y donde había llegado a alcalde, ¿sabías, niños?

.-Si, Yaya, contestábamos a coro mis hermanos y yo, dándole el apelativo por el que cariñosamente la conocíamos todos.

.-La guerra es muy mala, pero peores son los hombres. Aquí casi no hubo tiros, pero los fascistas seguían viniendo a buscarlo, solo por molestar a las familias de los vencidos. Eran unos miserables desharrapados que aprovecharon la ignorancia supina de los vencedores para ponerse camisas azules y fachandear por las calles con sus mosquetones y sus pistolas, gozando con el temor de la pobre gente. Gentuza que no le llegaban a la suela de los zapatos. Mucho pavonearse pero nunca fueron capaces de cogerlo, él era un hombre muy valiente, ¿sabíais, nenos?

.-Si, abuela.

.-Ya quisieron cogerlo allá, pero los vecinos lo querían y se negaron a entregarlo, aún ahora lo recuerdan con cariño y mira que no están los tiempos para eso. Él quiso defender el pueblo, pero los verdaderamente conscientes de lo que se avecinaba eran pocos y cuando a pesar de sus infructuosos intentos la Guardia Civil tomó la ciudad, la mayor parte optó por escapar. Los falangistas prendían los montes para achicharrar a los que se escondían entre los matorrales y se reían al escuchar sus gritos desesperados al quemarse. Eran basura, escoria, gentuza, lo peor y más bajo de todos los pueblos y villas, que se unieron al levantamiento a toro pasado para satisfacer sus bajos instintos. Miserables borrachos que no habían trabajado ni un día en sus vidas y que ahora habían encontrado una manera de hacerse respetar, cuando antes no les dirigía la palabra ninguna persona decente. Pero con él no pudieron, vuestro abuelo era muy listo, no solo era político, escribía teatro y poesía, ¿sabías, rapaces?

.-No, Yaya.

.-Mirad, ahí hay uno de sus libros. Si que escribía, si. Mientras estaba escondido en el monte, enseñaba a leer a los cativos de las aldeas donde se refugiaba, mientras pudo. Luego tuvo que seguir bosque adentro, porque los falangistas se vengaban de los pueblos que ayudaban a los fuxidos y él no quería perjudicarlos. No bastaban las dos magníficas Smith & Wesson que llevaba para acabar con todos, no. Si así fuera, ahora no quedaría ninguno, bueno era vuestro abuelo, nunca soportó ninguna injusticia, por eso la gente lo quería, ¿sabíais, meus reis?

.-¿De verdad, abuela?

.-Claro que lo querían, claro. Al final logró pasar a Portugal, le fueron ayudando de pueblo en pueblo las buenas gentes y unos contrabandistas lo hicieron cruzar la raía, Tuvieron que llevarlo en brazos, ya no podía andar después de los meses pasados en el monte sin apenas comida. Solo se alimentaba de los piñones de los pinos y alguna vez de uvas robadas de las parras que encontraba en su camino. No hay que robar, niños.

.-No, abuela.

.-Pero era un caso de necesidad, hubo veces que las viñas tenían vigilantes y él los convencía de que la propiedad es un robo, hablaba muy bien vuestro abuelo. Eran muy bonitas las cartas que me mandaba desde Portugal, siempre se acordaba de vuestra madre. Las tenía que firmar con mi nombre para que los censores no se dieran cuenta, pero nunca fueron muy listos. Mario siempre le ayudó, tenía muchos amigos allá. Aunque en Portugal están más o menos como aquí, la internacional tiene contactos en todo el mundo. El no quiso marcharse a México, como tantos de sus amigos, los que habían logrado sobrevivir a la guerra, se entiende. Se quedo en Portugal ayudando a los ingleses a terminar con el fascismo, pero esto no se puede contar, trabajaba para el servicio secreto. Al final, tampoco entonces se consiguió acabar con el generalucho ese de Ferrol, aún está ahí, mala chispa lo coma...

La abuela se quedaba callada, mientras nosotros seguíamos entregados a nuestros juegos infantiles. En silencio miraba la lluvia a través de los cristales de la galería, mientras recordaba a su marido, al que no había vuelto a ver nunca más desde antes que los militares dieran el golpe de estado. El abuelo se había quedado para siempre en Oporto, la salud minada por las privaciones y sus nietos nunca le habíamos conocido. Pero la abuela se encargaba de que aún así, no le olvidáramos.

jueves, 22 de abril de 2010

Ley de Murphy 2

Seguramente muchos conoceréis la frase "si algo puede salir mal, saldrá mal." Hace tiempo citábamos dicha ley - curiosa, por cierto - en este blog. Hoy, meses después, me permito citarla a efectos de usarla para esta entrada.

Resulta que el fin de semana pasado estuve en Madrid. Todo parecía alentador, y en su mayoría lo fue, excepto por una serie de acontecimientos que se fueron sumando uno tras otro. Y es que las desgracias no vienen solas, dicen.

Primero, no consigo billetes para el AVE a la hora que buscaba. Tras dos horas en la terminal, cojo el AVE de las 13:03 (después dicen que el trece no da mala suerte) y sufre un desperfecto en el camino que nos obliga a detenernos a mitad de trayecto, in the middle of nowhere.

Solucionado el problema, llego a Madrid. ¿Qué me encuentro? Lluvia todos los días. Total, encerrado en el hotel (...). Para peor, asistía a un Consejo de Alumnos y nuestra secretaria, que vive en Londres, no pudo tomar el vuelo por la adorable nube de humo que desprendió un volcán cuyo nombre es imposible pronunciar sin atragantarse. Así que, ya os imaginaréis, me tocó hacer de secre: siete horas y pico tomando notas para después llegar a mi casa y pasarlas en limpio (que además se me acumulaban con otros trabajos pendientes para el día siguiente).

Pero no, no acabó ahí. La mañana de mi regreso, fui al Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde la baranda de una de las escaleras me dio una descarga eléctrica. Cuando me encontraba junto a un compañero tomando fotos del espectacular panorama céntrico madrileño, unas nubes densas y un cielo ennegrecido hacían temer lo peor. "Mal tiempo" - dijo mi compañero. A lo que mi respuesta fue, - "Al menos no está lloviendo." Y...como ya supondréis, nada más decir esto se largó el aguacero. ¡Encima no llevaba paraguas!

Luego, el metro. Una locura moverse por Madrid. La gente salía a montones, parecía que se multiplicaban como pulgas. El metro abarrotado. Al llegar a Atocha, mi colega se dio cuenta de que tenía el billete equivocado y tuvo que quedarse un día más. Yo finalmente hice espera para el AVE de las 15:30 pero, en el entretiempo, me percaté de que me había dejado ropa en el armario de mi habitación en el hotel. Eran casi las 15:00, demasiado tarde ya para remediarlo. No obstante, el que por casualidades del destino mi compañero se hubiese equivocado al sacar los billetes, me favoreció a mí a la larga porque tuvo que alojarse nuevamente en el hotel donde, por así decirlo, había dejado mis cosas.

Cuando finalmente subía al AVE, una lluvia de gente por los vuelos cancelados se empujaba para entrar al tren. Una vez dentro, había billetes revendidos, con lo cual mucha gente - por error informático, nos dijeron - tuvo que reinstalarse porque sus asientos estaban ocupados. Tras dos horas y media de viaje, puse finalmente los pies en Lleida. Un día húmedo y ventoso, bien primaveral. Ya no tenía combinaciones de autobús para volver a mi pueblo. La única opción era el coche, así que quedaron en ir a buscarme. Yo miraba mi reloj y veía que conforme pasaban los minutos, nadie se personaba. De repente recibo una llamada y, zas, era para decirme que la bomba hidráulica del coche había reventado y que estaban esperando a que llegase la grúa. De modo que, tras un plantón de casi tres horas, pude finalmente fijar rumbo al norte.

Toda una travesía, sí. Pero no me arrepiento de haberla vivido.

miércoles, 21 de abril de 2010

Yeza

Un día me puse a dar vueltas por internet, buscando amigos, familiares, pinchando enlaces de aquí y de allá y, después de un rato, que uno es lento y negado informático, me fijé que casi siempre en la lista de google salía un enlace a una página de la wikipedia.

¿Wikipedia? Algo me sonaba, algún suelto en una revista, algún comentario de un amigo, pero nada más. Pero me llevé una sorpresa cuando buscando por el nombre de un familiar, salió un artículo de la wiki. Pinché el enlace y me encontré una página con un globo de letras en una esquina y media docena de líneas de información.

Una semana más tarde, con mi proverbial velocidad, me aclaré con esto de los historiales y la libre edición. Di hablado con el autor del artículo, uno de los más respetados de la wikipedia, aun actualmente, y me animé a editar algo. Al poco tiempo ya me habían dado la bienvenida al alimón Tano y Yrithinnd, no todo el mundo tiene esta suerte.

Y antes de que acabara el mes, una usuaria catalana que se llama María y que responde (cuando quiere) al nick de Yeza me estaba ayudando a dar mis primeros pasos en esta wiki de mis amores.

Yeza es mi mamiwiki y tiene en usufructo vitalicio un trozo de mi corazón, cada día más grande. Y el de gran parte de los usuarios de la wikipedia en español. Con ella y con Macarrones editamos un montón de artículos, ayudándonos los unos a los otros mientras desentrañábamos los intríngulis de la enciclopedia. Buscamos piratas y políticos, educadores y albañiles, pintores y escritores. Nos reímos de todo y con todos mientras que escribíamos artículos, eliminábamos vandalismos, quitábamos spam y poníamos avisos a todo lo que se movía. Nos eligieron bibliotecarios uno a continuación del otro, aunque ella haya tenido que renunciar, y protegimos artículos, bloqueamos vándalos y nos metimos en mil líos sin perder la sonrisa. Se de buena tinta que muchos usuarios seguían sus contribuciones solo para sentir el soplo de aire fresco que su presencia repartía entre todos.

Últimamente no está bien de salud y casi no la vemos por los artículos. Pero eso no quita para que la eche de menos, tanto que casi duele. Una edición suya me alegra el corazón, una llamada me levanta la moral una semana.

Cuídate, miña raiña, sabes que todos te queremos.

lunes, 19 de abril de 2010

Miña Rosario

La Miña Rosario estaba subida al muelle, encajada en los caballetes donde la había depositado la grúa. Con rasquetas y cepillos de alambre los dos marineros y propietarios de la lancha se afanaban en eliminar las algas y conchas que crecían en sus bajos. De vez en cuando usaban una manguera de presión para ayudarse, que la modernidad llega ya a todas partes.

.-Buenos días.
.-Hola.
.-¿Os va a dar tiempo de tenerla acabada para hoy?
.-Ni de broma, señor Julián, aún hay que calafatearla y pintarla. Un par de días.
.-Bueno, a lo mejor da igual. Es que me han preguntado quién podía llevar a unos madrileños a pescar y pensé en vosotros.
.-Pues no nos importaría ¿verdad, Paco?, pero por mucho que quisiéramos apurar, hay que esperar que seque la pintura.
.-La verdad es que no se cuando quieren ir, ¿si es para el fin de semana, cuento con vosotros? Solo darles un par de vueltas por la ría con unos curricans o llevarlos a chivear a Las Planchas, ya sabéis. Les cobráis lo que os de la gana, que teñen ferro d'abondo.
.-Vale, siempre podemos aprovechar para calar unas nasas.
.-Si, hombre, que eso seguro que les gusta verlo.
.-Hecho entonces, ya le mandaremos unas nécoras.
.-Nada de eso, nin falar, ya sabéis lo amigo que era de vuestro padre...
.-Diga lo que quiera, que se las vamos a mandar igual.
.-Ya va para un año... ¿Como está vuestra madre?
.-Mejor, pero muy triste. Aun la encontramos más de una vez llorando al pie de la lareira. Es que si hubiera aparecido, estaría más tranquila. Por lo menos tendría un lugar para llevar flores. Así...
.-Ya, claro, el mar es muy cabrón, que os voy a contar. Bueno, darle recuerdos; si eso, ya os llamaré.

La Auxiliar Miña Rosario, un bote de fibra de apenas cuatro metros, había aparecido destrozado en una de las calas de la costa, con muestras de haber sido pasada a ojo. El padre de los dos chavalotes, marinero jubilado que la utilizaba para ir a los pulpos, no había sido encontrado, a pesar de la búsqueda por mar y tierra que Salvamento Marítimo, Protección Civil y los propios pescadores del puerto habían realizado. Ninguna de las embarcaciones habituales del puerto mostraba señales de colisión y nunca se supo quién había podido ser el responsable del accidente.

Mientras tanto, el mar seguía rompiendo indiferente contra las rocas de la escollera. Y todas las festividades del Carmen, los pescadores arrojando flores al agua.

domingo, 18 de abril de 2010

Crítica literaria: Veinte años después

Voto a brios que es fácil la empresa. Descendiendo de mi montura, dirijo mis pasos hacia el interior de la fresca biblioteca y devuelvo a la encantadora bibliotecaria el tomo de Veinte años después de Alejandro Dumas. En todo punto más conveniente que dirigir mis pasos a otros afanes, mi alma se ve guarnecida por las bravas palabras que este escrito han depositado ante mis ojos.

Poco puedo decir de esta obra que otros de mayor capacidad que la mía no hayan relatado antes. Veinte años después es, como indica su título, la continuación de las aventuras relatadas en Los tres mosqueteros, que como todo el mundo sabe, eran cuatro. Estás aventuras de capa y espada, que si no dieron nombre al género merecerían haberlo hecho, relatan las vicisitudes de los famosos D'Artagnan, del conde de la Fére, de du Vallon y del caballero de Herblay, estos tres últimos más conocidos por sus nombres de guerra de Athos, Portos y Aramis.

Novela de aventuras ambientada en la Francia del cardenal Mazarinos, que viene a sustituir en estas páginas al otro cardenal, Richelieu, temible adversario de nuestros héroes en otro tiempo y al que el actual no alcanza a la suela de sus borceguíes. No obstante, sigue siendo el principal adversario de nuestros amigos, que aunque divididos al principio de la obra, acaban esta en la mayor confraternización y con sus afanes cumplidos.

Pero calla, no desvelemos al mundo el contenido de estas páginas de prosa gloriosa, de canto a la amistad y de exaltación al honor, uno de los precedentes de algo que está actualmente muy de moda, como es la novela histórica más o menos fiel a los acontecimientos verdaderos. De hecho la Fronda, el ajusticiamiento de Carlos I de Inglaterra por Cromwell y otros hechos relatados en las páginas de los gruesos volúmenes de historia son la ambientación de la novela.

Pero como se supone que esto es una crítica, tendremos que decir que...

No, lo siento, no puedo decir nada del ilustre francés que escribió estas obras: mis sueños infantiles guardan el amor de Madame de Bonancieux y la servilleta atravesada por tres balazos; siguen batiéndose en duelo en el Palacio Real y defendiendo la plaza de la Rochele; continúan cabalgando sin otro objeto que la defensa del Rey y el honor de Francia.

¡Hola! ¡Planchet! ¡Mi caballo y mis pistolas! Avisad a mis padrinos, pues tengo un duelo con M. de Rochefort.

viernes, 16 de abril de 2010

Revolución en la calle de los vinos

La entrada a la calle de la Franja estaba flanqueada por dos «lecheras», así que dimos la vuelta para entrar por el callejón. No era extraño que la policía merodeara por la zona, ya que era el punto habitual de concentración de todo el rojerío de la ciudad. Ninguno de nosotros se preocupaba de esconderse mucho, ya era el final de la dictadura y empezábamos a respirar un aire de libertad que todavía no se correspondía con los hechos.

Era la ventaja y el inconveniente de vivir en La Coruña, que por muchas ínfulas de ciudad que nos diéramos, capital provincial y regional, sede de la Capitanía y de la Audiencia, no pasaba de ser un pueblo grande en donde todos nos conocíamos. Y nos conocían. Los inspectores de la Social, con nombre y apellidos. El que más y el que menos ya había dormido alguna noche en los calabozos de comisaría y algunos, a los que mirábamos como a auténticos héroes, pasado por los juzgados de peligrosidad social, bonita figura que utilizaba el régimen para sacarse del medio una temporada a quién incordiara demasiado.

Caminamos por la calle con la insolencia de nuestros años adolescentes, mientras hablábamos de política. Era nuestra pasión y la de todos los que por allí rondábamos, excepto los viejos habituales de la calle, que nos contemplaban desde detrás de las tazas con ojos antiguos y de vez en cuando nos aconsejaban que nos buscáramos trabajo y abandonáramos la política, que eso nunca llevaba a nada bueno, ellos lo sabían bien, supervivientes del hambre y de 40 años de dictadura.

Los bajos de la calle de la Estrella estaban copados por una infinita serie de bares, tascas y restaurantes más o menos pretenciosos. En realidad, la Estrella es la primera de una serie de calles que empiezan en el centro y acaban desembocando en la ciudad vieja. Locales acogedores, de ambiente familiar; vamos, que había borrachos de todas las edades, sexo y condición. Nos movíamos como pez en el agua entre la multitud que se agolpaba en sus barras, aprendiendo en nuestras pobres meninges los efectos de las primeras resacas de pretendido ribeiro, servido en blancas cuncas de porcelana.

Nos sentamos en las mesas, más bien los barriles, de nuestra tasca preferida, donde hacíamos una de las primeras paradas antes de continuar el recorrido que nos llevaría a los antros nocturnos de la ciudad vieja. El tema del día era la inminente subida del precio de las tazas, que en ese momento nos preocupaba más que la futura amnistía y la caída de la dictadura. La asociación de hostelería, que en ese momento ni existía al estar aun prohibidas la asociaciones de cualquier tipo, había decidido aumentar los precios, en una suerte de confabulación judeo-masonica-tasquil y eso nos tenía más que rebotados, ya que lo habitual es que no tuviéramos un duro y la subida de una peseta nos destrozaba las previsiones macroeconómicas a todos.

.-Estos se quieren hacer ricos a nuestra costa, dijo Cholo.
.-Es un ejemplo de capitalismo salvaje, retrucó Suso, el más concienciado de todos.
.-Lo que teníamos que hacer es montar un boicot y no entrarles en ningún bar en un par de meses, ya veríais como reculaban.

Un coro de afirmaciones se levantó de la mesa, bastante hipócrita, porqué todos sabíamos que no aguantaríamos un par de meses sin ir por allí, un par de días ya serían suficiente tortura para todos.

.-O si no, podíamos montar una manifestación, dijo Melenas, que siempre se apuntaba a todas con los bolsillos llenos de piedras y el firme propósito de romperle la crisma a uno de los grises.
.-O una sentada.
.-Esa ya la estamos haciendo, cortó Chelo entre las risas de todos.
.-Los de la Liga están preparando algo, ayer los oí en el Seis Ventanas.
.-¿Qué?
.-Dicen de comprar vino y venderlo en la calle para que nadie entre en los bares.
.-¿Y cuando lo van a hacer?
.-Este sábado.
.-Pues todos allí en bloque.

El sábado anunciado, los trostkos de la Liga Comunista Revolucionaria, apoyados por parte de la ORT, montaron unas mesas con caballetes y, en vez de la costumbrada exhibición de textos y posters, de estos que había que esconder a toda pastilla si venían los grises, plantaron dos barriles de ribeiro que vendían por la voluntad a la amplia concurrencia que se arremolinó en torno a ellos. Aun estaba en la memoria de todos el último conflicto universitario, que con su habitual despliegue de manifestaciones, pintadas y cargas policiales, había sacudido el campus al movilizarse los estudiantes en contra de la subida de la tasas académicas, a lo que el colectivo estudiantil se oponía violentamente.

Esta agitación había sido estatal y había tenido por lema «No a la subida de las tasas», en un alarde de originalidad de los partidos y sindicatos convocantes. Ligeramente modificado y traducido, campaba suspendido en las rejas que protegían las ventanas traseras de un banco que daba a los Cantones, habitual atril donde se colgaban las pancartas reivindicativas. «Non a suba das tazas», rezaba la nueva consigna, que los miembros de la cofradía del Ribeiro coreábamos a la mínima, influidos por la continua ingesta del sospechoso líquido amarillo que nos servían en vasos de papel. Los organizadores utilizaban el dinero recaudado para comprar más vino en una de la bodegas de la calle, con lo que el pretendido boicot quedaba en muy poco, ya que solo una continuó haciendo negocio, mientras las demás pasaban lambendo. Claro que la cuantía cada vez menor de los donativos recaudados hizo que al final los datos bursátiles declaran la bancarrota del chiringuito.

Así que con una melopea más que considerable, el distinguido público desfiló camino de los mismos bares que hacía un segundo estaban presuntamente boicoteando, con la incongruencia juvenil por bandera. La revolución quedaba aplazada para otro día.

jueves, 15 de abril de 2010

Crítica literaria: El Juego del Ángel

Las cosas siempre vuelven, como yo vuelvo a depositar en manos de la amable bibliotecaria El Juego del Ángel de Carlos Ruiz Zafón. Me siento perdido en la ciudad cuando hago estás cosas que el destino me envía. No se decir lo que esperaba encontrarme, pero no era esto.

Ya había oído hablar del autor, había leído un par de entrevistas, pero os he de confesar que cogí el libro por su tamaño, ya que tiene más de 650 páginas en la edición que manejo, un tocho de la Editorial Planeta con copyright del 2008. Es una primera edición y había tres ejemplares iguales, lo que aquí es un record absoluto, debe ser una donación de la editorial o parte de un legado de algún ser misterioso.

Misterio que envuelve la novela, la trama y la acción, tan misterioso que el autor tampoco lo entiende. O si lo entiende, no lo explica. O no quería explicarlo. O es más fácil dejarlo a medias que pensar en una explicación impactante. Me temo que es esto último.

Como dar una sucinta idea del alcance de la trama sería tanto como revelarla, me limitaré a decir que nuestro confuso protagonista David Martín, hijo de un pistolero drogadicto de la Barcelona del pistolerismo y el somatén, es un huérfano recogido en las entrañas de un periódico de la época. Nuestro chaval crece en la empresa a la vez que intenta perfilar su carrera de escritor. Aprovechando la jugada, el autor nos pontifica acerca de como se es y se siente uno escritor, además de colocar algún truco del oficio para solaz de futura competencia.

No falta en el asunto un librero de viejo, personaje recurrente en la novela española actual. Y mujeres esparcidas por la novela, escenas de cama incluidas, la más tórrida al poco de empezar el libro, según mandan los cánones de la Santa Madre Iglesia del Best Seller. Una de estas mujeres, Isabella, es quizás el personaje más logrado. Como los vivos diálogos, que rezuman ironía y cinismo, pero que se ven cada vez más forzados a medida que transcurre la obra.

Para ser honesto, diré que el autor me cae fatal, las entrevistas que leí eran para darle una colleja, directamente. También que como no sabía nada de la obra, me encontré de golpe con una fantasía un pelín gore, tema que no me gusta nada. Y eso no es buena manera de enfrentarse a un autor por primera vez, pero es lo que hay. Así que mediatizado por ello, os diré que la novela me pareció confusa, la trama excesivamente forzada y sin definir. La ambientación es lo mejor, logra usar la ciudad como una niebla que vaya oscureciendo las páginas.

Demasiado oficio al escribir. Un best seller internacional. Pues vale.

No me veréis leyendo otra de este señor.

martes, 13 de abril de 2010

La playa, la bandera y el invierno.

Observo el mástil donde ondea la bandera de advertencias de la playa.

Está vacío, solo con la cuerda atada, a la que mece el viento produciendo un sonido metálico que recuerda, o más bien que es igual, al que producen en el puerto deportivo los cabos de las innumerables jarcias de los veleros allí atracados a la espera del buen tiempo.

Durante estos años, la bandera ha sido mi veleta particular, la que miraba para ver si soplaba el nordeste arrepiante que confunde las mentes o si era el cálido sur el que templaba el lugar.

La bandera de advertencias es una de las condecoraciones que luce cualquier playa que se precie. En los arenales despliega sus colores de aviso durante los veranos, enrojeciendo con la ira del océano, poniéndose amarilla con el mar de fondo traidor o reverdeciendo ante las aguas en calma.

Sin embargo, en esta playa del fondo de la ría, siempre es verde. No hay motivo para otra cosa, hay que esperar a los más duros temporales del invierno para que la olas rompan con fuerza en la playa y las más atrevidas intenten superar el muro del paseo. Los socorristas cuelgan una nueva al principio de la temporada estival y cuando se acaban sus contratos la dejan allí, para que se vaya deshilachando en compañía de los jirones de niebla. Y se queda hasta el siguiente año, sirviendo de guía de mis ojos y perdiendo cada día un poco de verdor, anunciando así la llegada del frío.

Pero este año el primer temporal se la llevo con él, de recuerdo de su paso por la ría, trofeo que acompañó con la habitual cosecha de tejados, árboles y macetas.

Durante este invierno, he sentido que me faltaba algo. Mis ojos acostumbrados a su presencia se han levantado por si mismos en más de una ocasión para buscarla al final del tubo de metal. Algo me arañaba por dentro cuando no la encontraba.

Estoy impaciente por volverla a ver, como a una vieja amiga.

lunes, 12 de abril de 2010

Diccioarmario 7

Alabar: vamos a tomar algo.

Antananarive
: capital vacilona.

Año: cordero que pasa a toda prisa.

Baranda: a tomar unos albariños. ¿Hoy todas las definiciones son iguales o que? O que.

Cascabel: sobrenombre de Caín.

Cenáculo: casi me voy a ahorrar la definición. Sabréis disculparme.

Ciencias políticas: ¿ciencias? ¿Políticas?

Cocodrilo: animal de marca. Un nivel.

Críptico: yo mismo. O cualquier otro.

Dictadura: sistema de gobierno donde todo lo que no está prohibido, es obligatorio.

Egipto: país cuyos antiguos dioses me vienen muy bien para estas paridas. Viva Thot.

Fantasma
: refresco de mala respiración.

Femoral: arteria religiosa.

Francia: excelente país en todos los conceptos, excepto por sus aborígenes.

Herrar: equivocarse al poner la h al horse.

Hijo
: trozo de corazón ambulante.

Hormigón armado: macho de la hormiga con pistola. Un peligro.

Iglesia católica: último refugio de los pederastas.

Lumbrera: fuego sagrado encendido ante el dios egipcio.

Ministerio: premio de consolación político.

Memoria histórica:
1ª la que tenían mis abuelas recordando a sus maridos.
2ª la que tengo yo recordando a sus asesinos.

Montera: terreno indeciso entre bosque y labradío.

Mora: falta de pago de las frutas silvestres magrebíes.

Paliza: timbre del estado, genéricamente correcto, que nos meten a golpes.

Panfleto: embarque de harina cocida.

París: la ciudad de la luz... artificial, porque siempre llueve.

Parlamento: la propia palabra lo dice, hablan y mienten.

Parranda: vid viajera.

Porra: hembra del porro de peor uso.

Porro: macho de la porra que siempre está ciego.

Protesto: a favor del cabezo.

Ramón: simbiosis de dioses egipcios.

Reposo: estado imposible de la materia. Pero eso si, muy tranquilo.

Resistencia francesa: grupos de soldados republicanos españoles, bajo mando inglés, que hicieron guerra de guerrillas en la Francia ocupada. Curiosamente, en Francia nadie se acuerda de ellos.

Santiago de Compostela
: ciudad gallega que si en algo se parece a París es en que siempre llueve.

Silbido: dos notas en el mismo afluente.

Silenció: verdaderamente el hilo remó hacia atrás.

Simio: de verdad que es de mi propiedad. Con pareado y todo.

Teléfono: instrumento creado para tenernos permanentemente controlados.

Trabajo: inútil esperanza de los españoles.

Tremolina: Antonio, Ángela y Miguel.

Turbante: en primer lugar la masa desmadrada.

Voltio: unidad de medida de la corriente eléctrica que siempre está de parranda.

sábado, 10 de abril de 2010

Crítica literaria: Rojo y negro.

Vuelvo con pesar a la biblioteca aún bajo la humillación de que mi pobre condición suscite las burlas de quienes están por encima de mi. Voy a devolver el pesado tomo de Rojo y negro, que firmó Henri Beyle en esta ocasión con el seudónimo de Stendhal. Con pesar, puesto que la excelente historia leída hace a mi espíritu volverse sediento de continuidad.

Esta novela, de un romanticismo apasionado, narra la ascensión y caída de Julián Sorel, pobre hijo de un carpintero, pero sin ningún otro parecido con Jesucristo. Si no fuera una afrenta, podría perfectamente haberse subtitulado orgullo y honor, aunque el honor se suponía que en su más alto grado solo existía entre la nobleza, a la que nuestro héroe odia y desprecia, siguiendo sus simpatías bonapartistas. Este sentimiento se exacerba cada vez más al verse forzado a defender la causa de los legitimistas católicos, a cuyo servicio es contratado.

Es además una crónica política francesa posterior a la caída del muy admirado (por Sorel) Napoleón, aunque somera, porque el autor escribe suponiendo a los lectores enterados de los detalles. Por ella desfilan todo tipo de personajes de la restauración borbónica, alcaldes, curas, propietarios y, según va ascendiendo nuestro carpinterillo, obispos, ministros y nobles. Las corrupciones, componendas, tráfico de influencias, cohechos y otras hierbas políticas, tan abundantes antaño como ahora, rodean la fría ambición del protagonista, inteligente, orgulloso, plenamente consciente de su inferioridad de nacimiento y de su superioridad mental. Esto se traduce en una forma de ser distante y orgullosa, muy susceptible en cuanto a sufrir humillaciones. Su complejo de inferioridad y su férrea determinación a salir de ese estado lo hacen buscar en primer lugar la vía religiosa, apoyado por el cura de su parroquia. Éste le avala en su ingreso en casa de Monsieur de Rênal, alcalde de la localidad y cacique pretencioso del lugar, como mentor de sus hijos.

En ella conoce al primero de sus amores, la propia madame de Rênal, el primero asimismo en que su mezcla de orgullo, altivez y desprecio por las clases superiores le sirve de palanca para una conquista amorosa. Planteada inicialmente como una empresa militar (conquista y posterior ocupación), queda al fin enamorado de ella y es el motivo de su salto a París, donde conoce a la segunda, mademoiselle de La Mole, hija del marqués de la Mole, la cual...

Pero basta, ya hemos dicho bastante, no podría sufrir que esto se supiera aquí, sería hipócrita y la hipocresía es la norma de conducta en toda la narración, tanto en nuestro protagonista como en su entorno.

Pero, sin animo de molestar a nuestro buen Julián, podremos añadir que la novela es magnífica, clara, precisa, fiel al retrato de las gentes y de sus intenciones. Una crítica a la burguesía, a la nobleza y al clero, de las que solo se salva el ejercito, deseo oculto del protagonista, tal vez porque el autor fuera en su juventud teniente de dragones.

No podría menos que recomendarla, sino fuera porque temo que se me tome a broma, al considerar mis taras de nacimiento y educación. No sería capaz de sufrir tamaña afrenta. Mi cólera sería terrible y mi venganza, apasionada.

Pero no por ello dejéis de leerla.

jueves, 8 de abril de 2010

Garzón, la justicia y los jueces.

En este país vivimos bajo las leyes que nosotros mismos nos hemos dado. Una de ellas dice que cuando se tiene noticia de que hay un (uno solo llega) cuerpo enterrado clandestinamente, ante la denuncia del hecho o de oficio si llega la información al juez o a la fiscalía, estos están obligados a efectuar las diligencias necesarias para levantar el cadaver, investigar su filiación y ponerlo a disposición de sus familiares. Y, evidentemente, investigar, procesar y condenar a los responsables del delito, si lo hubiera o hubiese.

Otra ley, esta internacional, declara radicalmente nulas todas estas leyes de punto final, obediencia debida, o como se le quiera llamar, que las dictaduras se suelen dar a si mismas para lavar los crímenes por ellas cometidas. En todos los países se anulan y, mal que bien, se lleva a los delincuentes ante la justicia.

En España tenemos una ley preconstitucional conocida como la Ley de Amnistía, que dió como no realizados una serie de delitos «políticos» perpetrados durante el franquismo. Se nos vendió como la justa reparación a los que habíamos cometido delitos buscando la caída del dictador y de sus mariachis. Lo que no se nos dijo, mira que cosas, es que a la vez que nos liberaba de responsabilidades penales a todos los luchadores por la democracia, libraba también a todos los fascistas asesinos, ladrones y prevaricadores que tan alegremente nos mataron y se enriquecieron en aras de de acabar con la conspiración judeomasónica que siempre utilizaron como escusa.

Ahora llega un juez, Garzón, más que discutido por todos, izquierda y derecha y, sobre todo, extrema derecha, que pretende investigar los crímenes franquistas en este país. Tamaña desvergüenza, abrase visto, ¿quien se cree ese que es? Inmediatamente, los palmeros de la dictadura, con Falange y esa asociacioncilla fascista que se llaman Manos Libres a la cabeza, lo denuncian y sus queridísimos compañeros en la carrera judicial pierden el culo para procesarlo. Los gritos por esto se están oyendo por todo el mundo y no es una metáfora. Juristas franceses, americanos, argentinos, chilenos, etc., etc., han puesto el grito en el cielo quejándose justamente de esta cafrada que la justicia española, rectifico, que algunos jueces españoles intentan hacer con el juez estrella.

Garzón tiene muchos defectos, no es santo de mi devoción, pero en este caso se merece el apoyo de todos los que luchamos por la democracia y de todos los que tienen la suerte de no haber conocido la opresión, pero que deben asistir alucinados a estás cosas.

La justicia española es el último reducto de la dictadura, con todos los resabios adquiridos durante cuarenta años de mangonear, debemos terminar con este estado de cosas. Durante la Transición, que nos alabaron desde todo el mundo, una de las principales equivocaciones que se cometieron fue no haber depurado responsabilidades en la judicatura. El miedo que todos teníamos a los militares nos hizo olvidar a los jueces. El ejercito, sin embargo, dio a todos una lección de democracia, de fidelidad constitucional y de lealtad, convirtiéndose sin apenas más que unos pocos miembros que seguían añorando el fascismo, en una de las instituciones más democráticas, más serias y profesionales y en uno de los garantes de la democracia.

Sin embargo, los jueces y fiscales, directamente responsables de condenar y perseguir a los demócratas que intentaban cambiar el modelo político, pasaron de puntillas por la transición sin pagar los crímenes de los que habían sido cómplices y de aquellos polvos vinieron estos lodos. Es un grave error que ahora estamos pagando, con estas fascistadas que repugnan a la razón.

Al igual que denunciamos las leyes de punto final de otros países, denunciemos la nuestra. La Ley de Amnistía es preconstitucional y nula de pleno derecho a la luz de la Constitución, debe por tanto ser anulada. Los asesinos y ladrones, (es vergonzoso ver a los herederos del dictador lucrándose descaradamente de los productos de los robos del generalucho ferrolano y mirando por encima del hombro al común de los mortales, mientras disfrutan de los terrenos y del dinero empapado de sangre), deben pagar sus responsabilidades, aunque lleven muertos 20 años, por lo menos servirá como compensación moral a las víctimas y a sus familiares.

Y si esto lleva a que también se juzguen a los demócratas que luchamos por la libertad, sea. Estoy más que dispuesto a que se me juzgue a mi y a mis compañeros y que se vea las responsabilidades que aún subsistan. Así separaríamos las cabras de la ovejas. Y con un poco de suerte, esto llevaría al levantamiento de la numerosas fosas comunes que cavaron los fascistas para esconder sus asesinatos y dejaríamos de pasar esta vergüenza.

No hace tanto caminábamos por las calles pidiendo libertad, entre las balas de goma y los botes de humo. No me gustaría pensar que no ha valido para nada. Pero que quede claro que lo hice y que estoy dispuesto a volverlo a hacer. Ni los jueces de antes fueron capaces de impedírmelo ni lo harán los de ahora.

miércoles, 7 de abril de 2010

Bel canto

Cantábamos en el Teatro Rosalía. No es que fuera la Scala de Milán, pero a nuestros ojos se parecía mucho. La verdad es que no eramos novatos, ya teníamos tablas, pero todas ellas bajo los ojos benevolentes de nuestras familias, ante las cuales ya podíamos desafinar lo que quisiéramos que les iba a dar igual. Ciertamente, tampoco se daban cuenta si lo hacíamos. Arar campos, coser redes, filetear pescado o pescarlo directamente no ayudan a desarrollar un oído muy fino. Pero en esta ocasión era distinto, aunque igual en el fondo. En vez de cantar delante de nuestros padres, lo íbamos a hacer ante los de las otras escuelas de canto que actuaban en el mismo espectáculo. Que eran de la ciudad, no del pueblo, como nosotros.

Pero el principal espectáculo estaba en las butacas. Todas las madres de los presuntos carusos y caballés competían en modelitos, fingiendo de manera artificial que les interesaba más la música que cotillear de sus vecinas de asiento. Y digo la madres, porque la mayor parte de los padres de los ejecutantes solían escaparse a las primeras de cambio. «A fumar un pitillo», decían antes de dirigir sus pasos al bar más cercano. Con lo que el público solía quedar conformado por las señoras, que por mucho que fumaran preferían dedicarse al cotilleo. Y a estar seguras que sus tiernos infantes salieran bien guapos, volviendo locos a los sufridos directores con sus entradas extemporáneas al escenario. Una de ellas había llegado al extremo de subir en plena actuación coral para arreglarle un lazo del pelo a su muy repipi hija, con el globo que se puede suponer entre los demás padres y el suspiro de resignación del director.

Nos llegó el momento de salir a escena y nos colocamos en filas, según lo ensayado. El director nos dio el tono cuando acabamos de darnos patadas y empujones y con todos los sitios bien establecidos, dirigimos la mirada expectante a nuestra directora, a la espera de comenzar con el primer tema.

En el momento en que se hacía el silencio en la sala, se oyó el grito destemplado de una madre:

.-Mariquilla, ¡ponte derecha!

La directora, volviendo a medias la cabeza, fulminó con la mirada a la espontánea, mientra que la mentada Mariquilla, roja como un anuncio de la coca cola, procuraba estirarse lo más posible. Las risitas de las marujas capitalinas se extendieron por el patio de butacas, totalmente olvidadas de otros casos parecidos que acababan de protagonizar.

.-¡Que te pongas derecha, digo!

La segunda vez ya no fueron risitas, sino una franca carcajada de todo el público, mezcladas con los chisss de algunas y las exclamaciones de enojo de otras. La extrovertida madre de la criatura, lejos de amilanarse, se puso en pie para que se la escuchara mejor.

.-¡Mariquilla ¿subo a ponerte derecha?!

La directora se volvió despacio y le espeto con su dulce voz:

.-Manola, como no te calles ya, a quién van a tener que poner derecha es a ti.

En medio de las risas de la concurrencia, Manola se sentó rumiando el despecho, maquinando venganzas pobres y pudo por fin empezar la actuación.

Pero durante ésta, Mariquilla estuvo más atenta a permanecer recta, que a cantar ni una nota.

martes, 6 de abril de 2010

Resaca

Conseguí salir por la ventana, después de mil contorsiones. Porque llamarla ventana era darle honores inmerecidos al miserable ventanuco a ras de tierra. Pero fuera como fuera, logré arrastrarme al exterior del semisótano donde estaba atrapado. No tenía ni idea de como había llegado hasta allí, ni de quien podía haberme encerrado en aquel cuchitril. Lo único que me surgía en la cabeza, que parecía a punto de estallarme, era el pub donde empezó una serie ininterrumpida de copas y rayas con aquella chica tan maja, ¿como se llamaba? Ni idea, pero la movida debió ser grandiosa.

Me puse de pie, sacudiéndome el polvo de la ropa. Tenía una pinta asquerosa. A toda la mierda que había barrido del suelo al salir, se unían lo que parecían restos de vómito seco. Noches alegres, mañanas tristes. Ésta debió ser muy alegre, a juzgar por los resultados. Miré a mi alrededor con ojos doloridos por la luz solar, después de la penumbra de donde había salido. Estaba en una gasolinera con toda la pinta de estar abandonada. Ante ella se extendía una carretera secundaria cuyo estado hacía juego con el de la estación de servicio, en donde la basura amontonada por el viento se acumulaba contra las paredes. Sentía la cara sucia y me pasé la mano por ella. Al hacerlo un dolor recorrió mi frente y al mirarme la mano la descubrí manchada de rojo. Sangre. Me palpe con cuidado y encontré la brecha en una ceja, que me latía al tocarla. Bufff, la cosa empezaba a ser preocupante.

En mi maltrecho cerebro comenzaba a penetrar lentamente la idea de que algo malo pasaba. O había pasado. O pasaría si me quedaba quieto. No estaba para muchas cavilaciones, pero el instinto de supervivencia me hizo alejarme de allí, caminando por el borde de la desierta carretera. Iba andando como un zombi, intentando aclarar mis ideas, aunque en vez de mías parecían las de otro, de lo mal que me sentía. Una confusa maraña de imágenes me iban asaltando mientra caminaba sin dirección por el arcén de la desierta vía. En la barra apoyado, la copa cerca de la mano, la chica a mi lado, muy cerca de mi, mi mano apoyada en su cadera y la sonrisa de sus labios. Sus ojos brillando en los servicios de mujeres, su melena hacía atrás al levantar la cabeza después de meterse un tiro. Sus manos recorriendo mi cuerpo entre el olor de los retretes inundados. Todo muy romántico, como se podía esperar de una relación con una comebolsas. Por lo demás, una escena repetida en mi vida en infinidad de ocasiones. Era fácil tirarse a una de estas niñas en busca de emociones fuertes.

Así y todo, algo debía haber sido diferente para que hubiera aparecido tirado en aquella gasolinera perdida. Pero no lograba recordar que pudo haber sido. O a lo mejor no tenía nada que ver con su situación actual. Pero entonces ¿que había pasado? Nada, seguía sin acordarme. Busqué en los bolsillos tabaco y descubrí un paquete arrugado. No era de la marca que yo fumaba, pero en el momento no lo pensé. Fue al abrirlo cuando me di cuenta de que no era mío. Algo iba mal. Rematadamente mal. Dos pitillos, un mechero de los pequeños y una nota. «Son los últimos», decía. Sin firma. Sin otra explicación. En una letra extraña. No contribuyó a tranquilizarme, precisamente.

Un coche se acercaba a lo lejos por la carretera. De repente, me entró miedo y me oculté entre los matorrales del borde del camino. Espiando entre la hojas, pude ver como al pasar a mi altura comenzaba a reducir la velocidad, hasta detenerse en la gasolinera que había dejado atrás. Justo a tiempo. Del coche bajaron dos personas, no las podía distinguir bien. Se dirigieron a la trasera y abrieron el maletero. Con dificultad, los vi sacar un bulto de su interior. Me invadió un sudor frío cuando a pesar de la distancia, vi un brazo salir exánime de su interior. Joer, esto se estaba poniendo feo. Mejor salir de allí por pies y monte adentro. Pero ya.

De repente, comenzaron a llegar coches a toda velocidad, sin marcas exteriores, pero con luces azules destellando por todas partes, que comenzaron a vomitar de su interior gente armada. En apenas unos segundos cortaron el intento de fuga de los dos maromos y los tenían tirados en el suelo, con las manos esposadas a la espalda ante de que pudiera darme cuenta de que iba esto.

Mas tarde, en el cuartelillo de la Guardia Civil, un sargento con cara de sorna me explicó lo cerca que la había tenido. Al parecer, no se me había ocurrido otra cosa que tirarme a la querida de un capo de la mafia del este. Aunque yo no me acordaba de nada, reconstruyeron para mi las horas precedentes a mi amanecer en la gasolinera.

.-Ya puedes comprar lotería, chaval. Seguíamos hace tiempo a estos angelitos y fue gracias a eso que te encontramos. Un soplo nos dijo que había fiesta con la pobre chica y con esto y los 10 kilos de heroína que hallamos en la gasolinera, tenemos suficiente para empapelarlos para una larga temporada. Pero no dudes que tu destino era similar al de la joven, solo te salvó que el capo quiso encargarse primero de ella. Tu estabas tan ciego que ni enteraste cuando te noquearon y te llevaron al sótano. Pero yo en tu lugar desaparecía durante una temporada, aunque los metamos en la cárcel siguen dirigiendo las operaciones desde dentro y me temo que no deben estar muy contentos contigo, les has hecho perder un montón de pasta. La mujer en el fondo les importaba poco. Así que yo de ti me tomaría unas largas vacaciones.

Tan largas que nunca volví a la ciudad.

lunes, 5 de abril de 2010

Crítica literaria: La montaña mágica.

He dirigido mis pasos hacia la biblioteca del pueblo y le he devuelto a la amable bibliotecaria los dos tomos de La montaña mágica del escritor alemán Thomas Mann. Pero mi espíritu impregnado de las emociones intensas de esta obra me impelen a trasladaros mis apreciaciones. No se si estaré a la altura.

Pues no es pequeña la empresa, ya que voy a comentar un clásico, una joya de la literatura, escrita por un premio Nobel, además. Éstas son grandes palabras. Archivado. Es su obra maestra, dicen. Manejo una edición (quizás esto pueda ser calificado de esotérico, aunque me resisto a dar valor a esta palabra), publicada por el periódico español «El Mundo», ¿que extraños designios habrán llevado al anónimo donante a depositarlo en la biblioteca municipal? Puesto que esto podría ser así considerado como el resultado de los planes (un poco modificados, concedo), del escultor austríaco mencionado de pasada al final de la obra en, quizás, la única idea inteligible de la novela.

El autor comenzó a escribir esta magna obra en los albores de la primera guerra mundial y la terminó casi en mitad de los felices años veinte. Nos traslada graciosamente a los Alpes suizos, lugar de reposo de ricos tuberculosos en espera de la milagrosa cura del aire puro de las alturas. Es pavoroso seguir, aunque sea desde el entendimiento recto de los años transcurridos, la catastrófica practica médica, casi siempre inútil, cuando no totalmente contraproducente. Allí va a reunirse Hans con su primo Joachim por una corta temporada. Corta, casi soñada, pero que al final tiende al infinito, como los decimales de pi. El tiempo es, según propia declaración del autor, el tema de la novela. Bueno, concedámoslo. Aunque el que parece preocupar más es el tiempo atmosférico. Las nubes, la niebla, la tormenta, la nieve, el frío intenso que a la vez cura y mata tienen posiblemente más importancia que el lento caer de las hojas del calendario. Esto no importa, ya no se cuenta, gira encadenado a un sinfín de motivos, palabras, situaciones que se repiten sin cesar. Pero en los sueños que alguna vez nos son narrados es donde se concentra la fuerza de la obra. Extraños sueños, sueños arquetípicos. Incluso tienen artículo propio en la wikipedia, honor reservado a unos pocos. Temo que sea la vena Joyce, demasiadas interpretaciones posibles ¿deberíamos tal vez usar la navaja de Occam?

Cierto, los sueños. Ahí es donde está la fuerza del relato, su quid, su alma inmortal. Porque los personajes, a pesar de sus ampulosas palabras, son estereotipos de la época, casi calcados con serigrafía. El francmasón Settembrinni, en su pobreza franciscana, el jesuita Naphta, envuelto en las riquezas de la orden, son las dos partes principales del discurso. Las preferencias del autor se deducen confortablemente del espacio concedido a uno y otro. Cierto que las ideas de ambos son meros esbozos de los ideales que agitaron al mundo en aquella época no tan lejana, el humanismo del italiano, la defensa del papel de la iglesia como guía de la humanidad por parte del judío converso, son meros traspuntes de la realidad complejísima que desembocó en la Gran Guerra, aquella que iba a terminar con todas las guerras.

Nuestro antihéroe Hans, siempre presto a dejarse influir por el último que llega, se mueve por las páginas dejándose querer por todos y queriendo querer a todos, complicada empresa en el ambiente pesado y monacal del sanatorio. Monacal, si, a pesar de las costumbres disipadas de sus residentes. Monacal en sus reglas estrictas, que hasta para ser violadas exigen que se haga conforme a las reglas. Es quizás, tal vez, sin duda, lo más conseguido de la obra. Este ambiente cosmopolita y clasista es perfecta y milimetricamente retratado, fruto de la observación directa y de las historias que le relataba su mujer, ingresada en uno de los sanatorios que en aquellas épocas florecían en la alturas suizas.

Ah, los Alpes, hogar de ninfas y faunos que danzan al sonido de las pastoriles flautas. ¿Que podría decir de ellos que estuviera a su altura? No, mejor les comentaré la mujer. Es imprescindible, inevitable, casi es decreto divino, que nos ocupemos de ella. La de esta narración responde al nombre de Clawdia, no se si esa w de su nombre pueda ser también registrada dentro de las grandes casualidades o de una nueva premonición. Podría serlo perfectamente, nuestro buen Thomas deja sentir por toda la historia su afición por las tecnologías y su entendimiento de las últimas teorías, tanto médicas como psicológicas, Freud campa por toda ella. Pero su idea de la mujer en el mundo haría que actualmente fuese linchado por hordas de feministas enfurecidas, dispuestas a enterrarlo debajo de las montañas de la corrección política. Y además es oriental, la mujer, de ella seguimos hablando, quizá esto también sea premonitorio, como el momento en que intenta relacionar lo pequeño del átomo con lo majestuoso de cosmos infinito. La mujer que se enreda en los sueños de nuestro civil antihéroe. Siempre ella, el espíritu libre por gracia de la enfermedad. Cherchéz la femme. Ésta recibe una declaración de amor a la altura de la grandeza de los personajes. Sublime.

No se. Es una obra maestra. En vaya papel me encuentro, desacostumbrado. Clasificado.

No, no, cien veces no. No haré tal cosa. ¿Como podría atreverme a criticarla? Además ¿que podría decir? Posiblemente, si me atreviese a ello, diría que la novela es oscura, espesa, larga, pueril en alguno de sus planteamientos. Que ha envejecido mal, que sus teorías han sido superadas y sus profecías incumplidas, que sus personajes son apenas creíbles y, por mucho romanticismo que le echemos, sus diálogos increíbles.

Cielos, que osadía. No me atreveré. Podría decir para salvarla que es la muestra más pulida de su época, convulsa, ciertamente.

No se, he de pensarlo. Me tumbaré en la excelente chaisse longue para reflexionar sobre ello. En francés. He de devolver este lápiz.

viernes, 2 de abril de 2010

Duda III

Cosa curiosa lo de las loterías. Tienen varios aspectos dignos de considerar, conseguir que te toque es uno de ellos, el único que le interesa a la mayoría. Pero los premios de los sorteos tienen a su alrededor una suerte de mística que es facilmente apreciada por todos. Si ves el tratamiento mediático de la lotería de Navidad, tendrás la mejor muestra de ello. Antes del sorteo, entrevista a loteros que vendieron premios los años anteriores, reportaje en la cola de Doña Manolita, enviados especiales a Sort... Después, borracheras de los agraciados, visita a la administración vendedora, sentido reportaje a las costureras de un taller donde han pillado. Cámaras de televisión, micrófonos radiofónicos, plumillas tomando nota, portada en todos los periódicos, primera noticia en todos los informativos.

Y aquí va la duda de la jornada. Estos señores que tan contentos enseñan el décimo con el gordo, lo que en realidad pregonan con la posesión del papelito, es la propiedad de 300.000 euros, 50 millones de pesetas para los antiguos como yo. Una pasta, quien la pillara. Pero resulta que hay un sorteo en este país, patrocinado por unos señores que en la vida real ven poco, pero en la vida financiera lo ven todo, que coloca cada semana un premio de 9 millones de euros, 1.500 millones de pesetas. Es algo muy superior y además a una sola persona.

¿Donde están los agraciados? ¿Alguien a visto alguna noticia? ¿Todos a los que le toca son tan discretos que no se entera nadie? Y aunque fuera así ¿ni siquiera un conmovedor reportajillo con el vendedor? Fijaros que cosa mas rentable para El diario de Nutricia o similares, el ciego contando sus penas y llorándole al nuevo millonario por la tele para que le pague un tratamiento en Houston. Todas las marujas llorando y el share disparado.

La verdad, si yo fuera del departamento de Vender La Moto de la ONCE, procuraría una mayor presencia de estas noticias en los medios. Porque podría pensarse que si no salen, es por que no toca. Ya sabéis como es la gente...

Se abren los cielos y se escucha entre el sonido de trompetas y clarines una voz que clama: gallego tenía que ser.

jueves, 1 de abril de 2010

En la inopia

Siempre estaba en la nubes, ya me había acostumbrado a que gritaran mi nombre para hacerme bajar del limbo. Mi madre estaba resignada a mis rarezas y comentaba el caso con sus amigas mientras merendaban.

.-Violeta siempre está en babia, no se que hacer con ella.

.-Eso es que tiene mucha vida interior, comentaba la estirada de Manucha, a la vez que se zampaba media docena de emparedados.

El tema no solía durar mucho, ya que no se podía comparar con el nuevo maromo de la ganadora de Gran Marrano 64, una lagarta de mucho cuidado. Con lo que yo quedaba en una cierta libertad para volver a mis ensoñaciones.

Cuando reflexionaba sobre esta permanente acusación, no podía dejar de intentar averiguar que era en lo que pensaba cuando los demás me creían en tan extrañas regiones. Pero nunca conseguía acordarme. Porque me paraba y pensaba que pensaba que había una araña en la esquina. Había hecho una tela. Parece un puente colgante. Como el de Rande. ¿Cuando fue la última vez que fui a Vigo? Le había sacado una foto un astronauta a la ría. Debe ser divertido verlo todo desde arriba. ¿Dará miedo cuando se encienden los motores? Seguro que hay que estudiar mucho, un montón de matemáticas. A mi no se me dan bien, nunca llegaré a viajar a las estrellas...

Y en esto me descubría pensando en las luciérnagas del espacio, sin la mas remota idea de como había llegado allí. Por más vueltas que le daba, no conseguía hilar de nuevo la linea de pensamiento que me había llevado hasta el éter. ¿Porqué me pasaba esto? ¿Sería verdad que tenía tanta vida interior? ¿Que será eso de la vida interior? ¿Los demás no viven por dentro? ¿Porqué Manucha no paraba de comer? ¿En su casa no hay comida?

Luego iremos a comprar al super. Me gusta acompañar a mamá, aunque tenga que estar pendiente de que no me grite cuando me quedo leyendo etiquetas. ¿Quien dibujará las etiquetas? ¿Se podrá estudiar en FP? Diseño industrial de etiquetas, Técnico Especialista en Diseño Etiqueteril. El título tendría que ser grande y diseñado ad hoc. Que menos. A la graduación no invitaré a Manucha, seguro que no me deja ni un canapé...

.-¡Violeta!

.-Ya voy, mamá.