miércoles, 7 de diciembre de 2011

No es mi día

No es cierto que fuera Ofelia la que lo provocó todo. En realidad ella no fue más que un simple testigo de los acontecimientos, una persona en el sitio equivocado, una coincidencia, un azar.

El caso es que ella buscaba la moneda caída debajo del mostrador de la joyería, adonde había ido solamente a que le arreglaran el cierre de un broche. Pero dio la casualidad de estar agachada en el preciso momento en que el atracador ordenaba, con las frases de rutina en estos casos, que todo el mundo se estuviera quieto y que dejaran las manos a la vista.

Pero ella no lo hizo a propósito. En realidad, se puede decir que ni siquiera hizo nada, aunque lo hizo. ¿Y qué hizo? Levantarse, nada más, toda asustada ella, con el corazón en un puño y la cara desencajada. Aunque tuvo que volver a encajársela rápidamente cuando su movimiento derribó el expositor de gafas de sol totalmente fashion que estaba encima del mostrador. Que fue el que cayó sobre el asaltante. Que fue lo que hizo que se le disparara la pistola. Que abrió un agujero en el escaparate. Que hizo saltar la alarma. Que fue lo que atrajo a la policía. Que fue la que detuvo unas calles más allá al pistolero. Que era más novato en estas lides que la propia Ofelia.

Pero, sin embargo, Ofelia fue calurosamente felicitada por los dueños de la joyería, que tuvieron el detalle de no cobrarle el arreglo; y estrepitosamente reprendida por parte de los clientes, a los que no gustó nada que las balas volaran por la estancia. Aunque solo hubiera sido una, ya que el atracador, más asustado que los propios atracados, salió por pies sin acordarse del botín ni de la propia pistola, que había saltado de su mano con el susto y había quedado humeando en el suelo hasta que el policía de paisano la había recogido para introducirla en una bolsa. Porque, vamos a ver, ¿no se podía haber quedado quietecita Ofelia y no provocar el peligroso tiroteo? ¿Y si le llega a dar a alguien? Es decir, a mí, pensaban todos los clientes protestones, ya que a nadie le importaba un comino la vida de los otros.

Pero no fue culpa de Ofelia. Lo hubiera sido si no hubiera entrado el ladrón, ya que entonces ella se habría limitado a recoger el broche, que previamente ella misma había averiado, y familiarizada con la joyería de la visita anterior, hubiera amenazado con la pistola que llevaba en el bolso a los mismos clientes cuyo atraco había evitado.

Hay días es los que es mejor no salir de casa.

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